Colección de lecturas
 

PDF Reflexiones sobre el terrorismo

Reflexiones sobre el terrorismo
por Dionisio Byler


1. El terrorismo
puede tener muchos puntos de parecido con la religión:

  1. El fanatismo, la dedicación total, donde ninguna otra cosa importa…
  2. Es un fenómeno imposible de comprender desde fuera: sólo tiene sentido y lógica para quien está adentro.
  3. La convicción absoluta de las ideas; no cabe la duda, la certeza es total: es un planteamiento de fe respecto al futuro que se pretende.

2. Vemos en la historia bíblica algunas conductas que podrían parecer propias de la mentalidad del terrorista:

  1. Abraham dispuesto a sacrificar a Isaac (y en general el fenómeno de los sacrificios humanos/infantiles).
  2. Pero muy especialmente, el relato bíblico de la Conquista de Canaán.  Este es el caso más antiguo de que yo tenga conocimiento, de guerra puramente religiosa; y resulta una guerra extrañamente moderna, extrañamente parecida a los conflictos típicos del siglo XX.  Desde el nazismo en Alemania y el sionismo en Israel, pasando por Irlanda del Norte, Bosnia, Ruanda y Kosovo, y llegando hasta el radicalismo vasco, los planteamientos son siempre parecidos a la Conquista de Canaán en la Biblia:
  1. Alguien se siente con derecho «divino», incuestionable, sobre un territorio nacional que hasta ese momento es de otro grupo étnico, o lo más frecuente, que en ese momento comparte con otros grupos étnicos por circunstancias históricas de inmigración, conquista, conversiones religiosas, etc.
  2. Se llega a estar convencido de que la única manera de hacer justicia, ser felices, vivir vidas dignas, humanas y libres, es separarse de esa población extraña, extranjera, distinta a uno.  La presencia de ese «otro» en la tierra es una abominación, algo inaguantable, porque impide el pleno desarrollo del potencial humano de los que son como uno…

De los que son como uno en ese único factor del que se ha decidido que pende lo verdaderamente humano y digno: religión, lengua, clase social, raza, etc.  Si lo importante es la religión, la lengua, la clase social y la raza no importan; si lo importante es la raza, no importan la religión ni la lengua ni la clase social; si lo importante es la lengua, no importan ni la religión ni la clase social, etc.

Partiendo desde este punto de partida en que se han fijado, entonces…

  1. Hace falta templar el corazón y no dejarse ablandar por sentimentalismos débiles ante la necesidad histórica de la muerte, la guerra y la crueldad más absoluta.  Cuando a uno le tiembla el pulso, es necesario recordar que las víctimas son distintos a uno en ese rasgo que se ha decidido que es el más importante y fundamental, y que por tanto las víctimas quizá no sean del todo seres humanos, por lo menos no de la misma manera que uno y los suyos lo son.  Luego también hay que recordar que las víctimas, antes de ser víctimas, son la causa de la deshumanización que padece la etnia de uno.  Incluso la aparente bondad de una víctima en particular es engañosa: esa persona no es perjudicial porque sea personalmente malvada o contraria a los intereses de uno, sino porque su misma existencia perjudica los intereses de uno; y así quizá resulte incluso más perjudicial siendo bueno que siendo malo, porque siendo bueno es más difícil acabar con él.

Todo esto, como he dicho, donde primero se vio fue en la Conquista de Canaán según el relato bíblico, según la lectura más natural y superficial que se suele hacer del texto.


3. Sin embargo
, aunque las religiones se han prestado frecuentemente a fanatismos homicidas enormemente afines con el terrorismo en su talante y disposición asesina, yo estoy convencido de que Jesús de Nazaret nos quiso enseñar otro camino, muy distinto.

Yo opino que el cristianismo es pacifista en sus raíces, y no me cabe duda de que Jesús murió en la cruz porque se negó a defenderse a sí mismo recurriendo a la violencia.  Para Jesús la relación con Dios es lo primero y lo último, el todo de la existencia humana —aun­que él, como los demás judíos de su día, no podía separar el amor a Dios del amor al prójimo.  A Jesús esa manera de entender la vida le puede impulsar a dejar la vida por el prójimo, pero jamás a tomar la vida del prójimo.  Esa diferencia es fundamental, y hace que los terroristas y las fuerzas del orden, que normalmente nos resultan polos opuestos entre sí, ante Jesús parezcan iguales.

Las diferencias entre los puntos A y B son importantes cuando se contemplan desde la perspectiva de su posicionamiento en la línea A-B.  Pero desde que se postula una segunda línea AB-C, se diría que en la línea AB-C, las diferencias entre A y B son inmateriales, y ambas, A y B, se encuentran a la misma distancia de C.

terrorismo

Tanto los terroristas como las fuerzas del orden —y en principio casi todo el mundo— están dispuestos a matar a un ser humano para conseguir un objetivo que se considere suficientemente importante.  A nosotros nos resulta inmensamente superior el objetivo de la paz, la libertad, la protección de ciudadanos indefensos y desarmados, en fin, los motivos por los que las fuerzas del orden están dispuestas a matar para protegernos.  Aunque en su disposición a dar la vida propia por el prójimo se parecía tanto a las fuerzas del orden como a los terroristas, Jesús manifiesta ser el polo opuesto de ambos al negarse a recurrir a las armas y a la violencia en ninguna circunstancia y por ningún motivo.

El pensamiento de Jesús resultaba incómodo y desconcertante en su día, y sigue resultándonos incómodo y desconcertante hoy.  Jesús tenía y sigue teniendo hoy una capacidad de darles la vuelta a las cosas que todos pensamos saber.  Como en el caso que ahora tenemos entre manos: ¡Justo cuando todos teníamos perfectamente dividido el mundo entre buenos y malos, en este caso los terroristas eran los malos y nosotros los buenos, va Jesús y nos acusa a todos, terroristas y víctimas del terrorismo por igual, de ser pecadores!


4. La raíz del problema del terrorismo
, desde el punto de vista cristiano, no es meramente un problema de pecado en general, sino de un pecado en particular, que creo yo que podríamos definir como el de la idolatría.

Esto requiere explicación.  Hay un sentido general, popular, que le damos a la palabra «ídolo», donde «ídolo» viene a ser aquella persona que es especialmente admirada por su música, por su forma de jugar al futbol, etc.  Pero existe también un sentido mucho más técnico que se le da a esta palabra en la tradición judeocristiana: aquí «ídolo» sería todo aquello que se postula como Dios, pero que resulta ser un dios falso, un dios de mentira o mentiroso —da igual—, que promete la vida y la felicidad pero produce la desdicha y la muerte.  Desde que el cristianismo es monoteísta, es decir que cree que sólo existe un único Dios, todo aquel que se postula como otro dios, distinto al Dios único, es un ídolo en este sentido: es un dios falso, un dios de mentiras y de muerte.

Son ídolos en este sentido, dioses falsos, todos aquello valores y principios; todas las ideas, cosas, personas; toda cosa aparte de Dios mismo, en donde el ser humano pueda pretender hallar el sentido último de su existencia, su identidad y su felicidad.  Ninguna cosa creada puede soportar la carga emocional, las esperanzas y la profundidad del anhelo humano, como para satisfacer plenamente las aspiraciones que el ser humano legítimamente sólo puede poner en Dios.

Es todo un tópico de la literatura, esa figura de la persona que busca la felicidad en el dinero, o en la fama, o en el sexo o las drogas o lo que sea, pero que habiendo alcanzado todo aquello a que podía aspirar, se siente tan vacío como antes y más desdichado que nunca.  Lo malo es que muchas veces, en el servicio de esos ídolos, procurando esa riqueza, o fama o el placer o lo que sea, las personas empiezan a volverse egoístas, violentas, propensas a no sólo ser desdichados ellos mismos, sino a hacer desdichados a todos los que les rodean.

Como si a la humanidad nos faltaran ídolos antes, hace unos pocos siglos surgió uno nuevo, terrible y poderoso sin par, que cautiva las mentes de millones de adeptos inspirándoles amor, lealtad, y la disposición incondicional a entregarle la vida.  Es el ídolo que ha estado detrás de casi todas las guerras de los últimos dos o tres siglos: el ídolo del nacionalismo étnico.

Por amor a los que son como uno mismo, en ese aspecto de la humanidad que se ha decidido que es el fundamental (sea la religión, el color de la piel, la clase social, la lengua materna, o el mero hecho de haber nacido en un lugar y no en otro), la gente se vuelve terrible en su desprecio homicida de los que en ese particular son distintos, y nos tornamos capaces de cometer atrocidades como los campos de concentración nazis, los campos de muerte de Camboya o de Ruanda, las limpiezas étnicas de Bosnia o de Croacia o de Kosovo y sí, también, los coches bomba y los tiros en la nuca de ETA.

El legítimo amor al prójimo, en este caso a los que son como uno en ese particular que se ha decidido que es el importante, se transforma en motivo de odio, muerte, dolor y destrucción.

Existe un buen motivo y muy sencillo, por qué el terrorismo y la religión se pueden parecer tanto.  El terrorismo es en el fondo una religión: aunque una religión falsa, una religión de la muerte.  Es el culto de lo negativo y oscuro en la humanidad, aquello que nos separa unos de otros en lugar de unirnos a todos en una única humanidad gozosa, plural y diversa.  En la intensidad de los sentimientos que inspira, en la lealtad incondicional, en el fanatismo y la disposición homicida que despierta, los terroristas se manifiestan adeptos a una religión terrible y macabra, que les chupa el alma mientras les obliga a cometer sus crímenes y atrocidades.

El terrorismo es entonces, si me lo permitís, el anticristo.  Anticristo en el sentido de que es el polo opuesto, lo absolutamente contrario a Cristo.


5. Pero, ¡atención!
, al anticristo jamás se le puede vencer con sus propias armas.  La única manera de vencer será la misma hoy que cuando Jesús vivió en esta Tierra: el amor incondicional e indefenso, dispuesto a entregar la vida mansamente a favor del prójimo, incluso el enemigo.

Si se pretende acabar con la idolatría —el culto a la muerte y a la mentira—, es contraproducente recurrir también a la destrucción y la muerte.  Quien mata a los que rinden culto a la muerte, da razón a la muerte y se manifiesta tan engañado por la idolatría de la muerte, como aquel a quien pretende exterminar.

La única manera de combatir contra la mentira es con la verdad.  La única manera de luchar contra la oscuridad es encender una luz.  La única manera de acabar con la idolatría del terror es dedicar la vida al amor, y a Aquel que es amor, al Dios y Padre de Jesucristo, Padre nuestro también al fin, quien está siempre dispuesto a perdonar nuestros pecados en lugar de darnos nuestro justo castigo.


6. Permitidme todavía
una última reflexión acerca del terrorismo.  El terrorismo es una manera de actuar que procura inspirar el terror, precisamente.  Esto se consigue normalmente con un mínimo de violencia, pero que necesita ser violencia visible, mediática, que haga que la gente se sienta insegura y viva con miedo.  El terrorismo no es un fin en sí mismo sino que emplea ese miedo que provoca como chantaje, procurando conseguir así los fines políticos que desea.

Paradójicamente, entonces, las víctimas del terrorismo son siempre relativamente pocas.  Aquí en España es infinitamente más peligrosa y asesina la carretera que ETA.  Es mucho más fácil morir de un accidente laboral que morir a manos de ETA.  El SIDA ha matado a más gente en Nueva York que lo que mató el atentado del 11 de septiembre.

Con esto en mente, creo que una de las maneras de combatir el terrorismo es no dejar que el horror que nos embarga por el terrorismo resulte precisamente todo lo desproporcionado que procuran los terroristas que sea.  Es importante recordar que esta mañana, mientras he estado compartiendo estas pocas ideas sobre el terrorismo, han muerto de hambre más de 100 personas.  En estos minutos, miles de personas en África han muerto de enfermedades que aquí en España no matan porque la Seguridad Social nos da los servicios médicos necesarios para salvarnos la vida.  Es importante recordar que nosotros nos beneficiamos de un sistema económico mundial que ha conseguido endeudar a la Argentina hasta tal punto que siendo una de las grandes potencias exportadoras de alimentos, la gente se esté muriendo de hambre.

Estas cosas no son terrorismo, en el sentido de que nadie las reivindica para sembrar el miedo.  Todo lo contrario, se intenta callar y silenciar la muerte y el sufrimiento a gran escala que genera nuestra civilización cruel y egoísta.  Que no se piense en ello.  Que no afecte nuestra fiebre consumista de la que depende que la economía española siga creciendo más que las del resto de Europa.  No, esto no es terrorismo.  Sólo es pecado, perversidad, corrupción moral, muerte y crueldad asesina.

 
  Copyright © 2002 Dionisio Byler