Colección de lecturas
 

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Paz en la iglesia
por José Luis Suárez
10º Encuentro Menonita Español, octubre de 2010


Presentación del tema

Con esta charla mi pretensión es limitada: dejar herramientas de trabajo, pistas de reflexión sobre el tema para que sirva de punto de arranque para reflexionar juntos de forma más profunda en el coloquio posterior.

   El título de esta charla y la introducción al tema

La cultura de la paz en la iglesia es un apren­dizaje que debe convertirse en una manera de pensar y de vivir. Considero la cultura como un arte y el arte en toda disciplina humana se apren­de. Lleva mucho tiempo, toda una vida. El arte implica vocación, trabajo, disciplina, esfuerzo y dedicación. Cuando se deja de practicar, se des­aprende lo aprendido.

Nadie nace sabiendo. El reino animal está preparado para vivir a las pocas horas de nacer. En el reino vegetal desde que nace la planta hasta que se come la fruta, existe un proceso y largo. Pero el ser humano necesita unos cuantos años —y hay casos que ni siquiera con muchos años, está preparado para vivir. Todo crecimiento rápido tanto en el reino animal y vegetal como en el humano, es sospechoso.

Cuando hablamos de cultura de la paz, nos referimos a una manera de ser que se ha aprendi­do a través de generaciones y que se convierte en una manera de vivir, de entender la vida. Sólo hemos aprendido este arte cuando se convierte en un hábito. Perdonar setenta veces siete como propone Jesús… intuyo que lo que Jesús está intentando comunicar —más que una lectura literal— es que cuando una persona ha llegado a perdonar 490 veces, el perdón ya hace parte de su vida. Se ha convertido en una manera de ser y de vivir.

La mayoría de las traducciones de la bienaven­turanza de Mateo 5,9 nos dicen «Bienaventurados los que trabajan por la paz». El verbo trabajar indi­ca acción; es por esta razón que cuando hablamos de cultura de la paz, el pensamiento y la acción son inseparables. Porque una teoría que no se puede llevar a la práctica, sirve para muy poco.

Esta acción no es un acto puntual sino lineal. Con sus excepciones, ya que no siempre estamos a la altura de lo que debe ser, porque somos seres humanos imperfectos.


I. Paz

¿A qué nos suena la palabra paz?

1. Definición del diccionario de la Real academia española:

  1. Estado o circunstancia de no haber guerra en un país, o de no estar en guerra con otros.
  2. Estado de sosiego y de armonía entre los miembros de una comunidad. Comunión, acuer­do, entendimiento. Calma serenidad, quietud.         
  3. Estado de una persona en la que nada le altera o la preocupa. Gente tranquila y de bien.
  4. Ausencia de agitación o ruido. Muy a menu­do decimos: «Adoro la paz de este rincón, de este lugar». Aislamiento del mundo.

Todos estos términos están muy cerca del shalom [paz] hebreo, que abarca mucho más que todas las definiciones dadas hasta aquí.

2. La paz hebrea

El término hebreo shalom contiene una riqueza de significado que no es simplemente la ausencia de guerra —paz Romana— ni el estado de tran­quilidad y paz interior —paz griega. Shalom expresa una vivencia colectiva incluso de salud en el sentido amplio de la palabra, que abarca lo ma­terial, lo relacional y lo espiritual. Shalom apunta a la plenitud de la vida personal y comunitaria.

La paz bíblica podría definirse con palabras como armonía, unidad, bienestar, compartir, seguir­dad, respeto, confianza, comunión con Dios, con uno mismo y con toda la creación, en un espacio de encuentro y de diálogo con todo lo que existe.

Esta paz es una de las mayores preocupaciones y desafíos que actualmente tenemos en la iglesia y en la sociedad. Tan grande como el paro, las pensiones o el terrorismo. Esta paz que nos da la respuesta a como podemos vivir en la aldea global personas de culturas y de trasfondos diferentes (ser ciudadanos del mundo), de forma que las relaciones no sean de temores, recelos o enfrenta­mientos sino de confianza, respeto, cooperación, armonía y unidad dentro de la gran diversidad.

3. Presentación de la metáfora del cuerpo humano

Para construir un mundo de paz en la convi­vencia humana debemos encontrar elementos comunes a todos, que nos sean de ayuda para poder entendernos y saber de qué estamos hablando. Para ello quiero usar la metáfora del cuerpo humano. Enumeraré de forma rápida cinco ejes clave en este camino relacional en la iglesia, que nos dan pistas para cuando tenemos dificulta­des para caminar juntos.

Esta metáfora sencilla pero profunda es el marco donde podemos construir la paz. Este marco lo llamo prevención. Prevención es una palabra que se usa frecuentemente en nuestro mundo, mayormente en el ámbito de la salud. El dicho popular nos dice que «Más vale prevenir que curar».

En el año 2004 se celebró en Barcelona, del 7 al 13 de julio, el Parlamento de las Religiones. Su lema fue: Senderos de paz, el arte de saber escuchar y el poder del compromiso.

En varias de las actividades se pidió al Consell Evangèlic de Catalunya su participación. Yo par­ticipé en la elaboración de una ficha de trabajo previa al Parlamento, en una ponencia coloquio posterior y en varios talleres. Cuando se me pidió esta participación estaba leyendo los textos del apóstol Pablo acerca de los dones que encontra­mos en 1ª Corintios 13, Romanos 12 y Efesios 4. Durante estas lecturas, me vino la idea de que la metáfora del cuerpo humano podría servir para la ficha de trabajo a presentar a todas las comunida­des religiosas.

Desde entonces esta metáfora me ha seguido cautivando mucho más allá de lo que podía imagi­nar. He trabajado con ella en diferentes campos muy variados: seminarios con grupos pequeño, talleres de toda una mañana, retiro de las iglesias Bautistas de Cataluña con una asistencia de 260 personas, estudios bíblicos con grupos de varias confesiones religiosas. Hasta llegué a escribir un artículo sobre esta metáfora para una revista secu­lar en la ciudad de Mataró, hace algo menos de un año.

Esta metáfora que relaciono con el tema que nos ocupa es de creación propia; hasta la fecha no he escuchado a nadie una reflexión de este tema a partir de esta metáfora. Sintiéndome algo insegu­ro, he consultado y hablado con expertos en el tema. Algunos comentarios de John Paul Lederach me llevaron a cambiar algunas ideas, así como mejorar otras.

Esta metáfora además de la forma clásica que todos conocemos (los dones que Dios da a la igle­sia para su vida y misión en el mundo), sugiero que también contiene una visión cósmica sobre cómo deben funcionar las relaciones humanas. Nos sirve como modelo para vivir juntos con nuestras diferencias. Esta metáfora se puede apli­car a este «cuerpo» que podemos denominar la familia humana.

Esta metáfora del cuerpo humano, nos es común a todos y trasciende épocas culturas y religiones. Es la casa donde vivimos desde nuestro nacimiento hasta la muerte; por lo tanto todos estamos familiarizados con ella. Por eso puede aplicarse tanto a la iglesia como a la sociedad secular. Esta metáfora nos da pistas que pueden servirnos de referencia en nuestras relaciones unos con otros; pero también la podemos aplicar en la relación entre grupos y pueblos por muy diversos que sean.


II. Los cinco ejes según este modelo

1. Equilibrio de poderes.

Este primer eje será el que tomará más tiempo explicar, porque es el eje central de la vida de todo colectivo humano. Es el eje de la autoridad, el cual condiciona el funcionamiento de los demás ejes. Si este eje funciona mal o no se sabe cómo funciona, el resto de los movimientos del cuerpo no será otra cosa que caos, desorden, desequilibrio, confu­sión y guerra.

Así como en el cuerpo humano ningún miem­bro es superior ni inferior a otro y cada uno tiene su espacio de poder y de acción cuando le corres­ponde actuar, de la misma manera los desequili­brios de poderes en las relaciones entre grupos, pueblos, culturas nos impide vivir juntos en con­fianza respeto y cooperación.

¿Qué miembro manda en el cuerpo humano? Las decisiones, elemento importante en la vida de un ser humano, no las toma la cabeza como muchas veces pensamos. En la mayoría de las veces decide el corazón.

Otra fuerza poderosa que actúa cuando toma­mos decisiones es la mirada. La mirada que tene­mos hacia lo que nos llega en muchos momentos es decisiva. La mirada tiene mucha fuerza a la hora de tomar una decisión importante en la vida, aunque no seamos conscientes de ello. El pecado en Adán y Eva entró no por la cabeza sino por la mirada. La salvación vino a los discípulos de Jesús por la mirada que Jesús les hizo. Comemos antes de empezar a comer con la mirada —y no con la cabeza.

El cuerpo humano en la metáfora de San Pablo no tiene un sistema piramidal de funcionamiento de poder, porque la cabeza del cuerpo es Cristo. El cuerpo (la iglesia) no tiene ningún miembro en lo alto de la pirámide que da ordenes a los demás sobre como deben funcionar y que los demás obe­decen sin rechistar.

Una de las tareas que todo grupo humano tiene por delante es no dar nunca un poder absoluto a nadie y menos a una única persona. La historia de la humanidad es testigo de las tragedias ocurridas a causa del desequilibrio de poderes. La mayor parte de las guerras se dan cuando hay desequili­brios de poderes. Cuando hay igualdad de fuer­zas, las dos partes se lo piensan mucho antes de lanzarse a la guerra.

Con el tema del poder, si somos honestos, debemos confesar que tenemos una asignatura pendiente en la iglesia. Aquí debemos asumir la ceguera del pueblo de Dios a lo largo de la historia sobre este tema. Esto va más allá de lo que esta­mos tratando hoy, pero aun así deseo hacer algu­nos comentarios de forma rápida.

Poder y religión muy a menudo han ido de la mano; y esto a pesar de que Jesús, al que conside­ramos el Maestro, el Señor a quien seguimos y servimos, rechazó a lo largo de su vida el poder y esto también enseñó a sus seguidores.

Pablo nos habla de la encarnación de Jesús y nos dice en Filipenses 2,6: Aunque existía en forma de Dios, se despojó así mismo tomando forma de siervo. Antes de empezar su ministerio, Jesús vivió la ten­tación del diablo en el desierto. El diablo propone a Jesús tres poderes para salvar al mundo. La materia: que las piedras se conviertan en pan. El poder político: te daré todos los reinos de la tierra. Y para terminar, la promesa de la protección divina si se lanzaba desde el pináculo del templo. Jesús recha­zó estos tres poderes no sólo en ese momento, sino a lo largo de toda su vida.

Jesús dedicó mucho tiempo con los suyos hablando acerca de la tentación del poder, porque Él veía que el poder, entre sus muchos elementos destructivos, deshumaniza. Divide a los seres humanos y por eso mismo hace prácticamente imposible la convivencia en paz unos con otros. Sobre todo cuando surgen conflictos.

Jesús dejó muy claro a los discípulos como fun­ciona el Reino de Dios cuando dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el último y servidor de todos (Mar­cos 9,35). Aquí habría que matizar la diferencia entre poder y autoridad.

Aprender a construir un mundo de paz en la iglesia implica en primer lugar equilibrio de pode­res. El cuerpo humano es el testigo vivo de esta gran verdad. Juan Driver en uno de sus libros —no recuerdo cuál— comenta en cuanto al tema de la autoridad: «El maestro enseña. En ese sentido tiene autoridad. Pero es la comunidad la que discierne y decide».

2. El otro no es un enemigo sino un don, un complemento para la vida.

Cada miembro del cuerpo humano enriquece la vida de los demás. Cada miembro necesita los demás miembros para una vida plena. De esta misma manera en las relaciones humanas o entre pueblos, es necesario que se considere al otro como un ser complementario para darnos aquello que nos falta. Porque nadie tiene todo lo que nece­sita para vivir. «Nadie tiene todos los dones» es lo que afirmamos en la comunidad de fe. Aprender a construir un mundo de paz implica que nadie debe ser nuestro enemigo.

El primer monstruo legendario que tenemos que matar es aquel que nos enseñaron de peque­ños: «Ellos contra nosotros». Demonizar al otro ha sido la táctica empleada para provocar todas las guerras. Esta manera de deshumanizar al otro, no es un invento moderno. Es una táctica antiquísi­ma, fundamentada en que el otro es el enemigo. Demonizar al otro ha sido lo que hemos tenido que aprender para matar o discriminar contra el otro, pero con conciencia tranquila.

Las reglas de juego son: «Nosotros contra ellos. Ellos son malos, nosotros buenos. Tenemos que derrotarlos o nos destruirán. Nosotros tenemos la verdad y ellos la mentira. Ellos nos odian y posi­blemente siempre nos odiarán. Ellos se merecen el castigo».

Aprender a vivir la paz en la iglesia implica dejar de considera al otro un enemigo. El «Noso­tros contra ellos» debe desaparecer en toda comu­nidad de fe.

El camino hacia la paz nos enseña que nadie es nuestro enemigo. El teólogo alemán Bonhoeffer dijo: «Nadie es nuestro enemigo». Esto es un cam­bio radical en la manera de ser. El monstruo del enemigo debe desaparecer de nuestra vista. El otro tiene rostro humano. Es nuestro hermano.

3. La participación de todos.

De la misma manera que el cuerpo vive gracias a la participación de todos sus miembros, sólo podemos vivir juntos con nuestras diferencias cuando todos los miembros de la iglesia participan en la clase de iglesia que queremos que sea. Aquí se trataría de encontrar nuevas formas de partici­pación democrática; en la sociedad, en todo tipo de asociaciones… y también en la iglesia.

No podemos vivir juntos en confianza, respeto y cooperación cuando unos pocos deciden por todos. De la misma manera que la muerte se acer­ca a nuestra vida cuando empiezan a fallar los miembros de nuestro cuerpo, así ocurre también en la iglesia. Cuando la mayoría de los miembros no participan en las tomas de decisiones, la iglesia avanza hacia su muerte.

No hay ningún miembro en el cuerpo humano que no sea importante. Todos deben ser protago­nistas (1ª Corintios 12,22). Así debe ser en la iglesia. Es una realidad de la vida humana que cuando una persona siente que no se cuenta con ella, se siente discriminada y se convence que no vale para nada. La consecuencia lógica es que termina por marcharse.

4. Nadie tiene todo lo que se necesita para construir un mundo de paz.

Así como en el cuerpo humano cada miembro aporta aquello que los demás no tienen y el cuerpo lo necesita para vivir, de la misma manera en la relación unos con otros nos necesitamos. Porque nadie tiene todo lo que se necesita para vivir juntos y nadie puede decir que no necesita la reflexión y las vivencias de los demás.

Los extremismos e integrismos no tienen lugar en este modelo de relaciones que pretende con­struir juntos un mundo de paz. Los que se sienten portadores en solitario de todo lo que los demás necesitan para vivir, no pueden tolerar ninguna otra verdad que la suya. Los integrismos no tienen solamente un rostro religioso. Todos los sistemas —culturales, científicos, políticos, económicos y yo diría hasta artísticos— cuando se presentan como portadores exclusivos en las relaciones humanas y como solución única a todos los problemas, difi­cultan la confianza, el respeto y la cooperación, que son elementos fundamentales para construir un mundo de paz.

5. El cuerpo tiene como referencia para la vida la cabeza que es Cristo.

Este eje de la metáfora sería el único que no es aplicable a otros colectivos humanos que no sean cristianos.
Para que la paz pueda darse en la iglesia, cada miembro debe de forma individual y colectiva buscar constantemente la guía de Jesús que encon­tramos en la Biblia, así como la inspiración del Espíritu Santo en toda situación en la que se requiera discernimiento para actuar en situaciones difíciles en las que queremos construir la paz en la iglesia.


III. Lo que se desprende de esta metáfora

Para que la paz forme parte de nuestra vida en la iglesia, el tipo de paz que creemos y queremos vivir:
A mi entender hay cuatro modelos de paz y la opción por uno de estos modelos definirá nuestra manera de vivirla en la iglesia y en la sociedad.

A. El modelo fariseo
    Se crean normas, leyes, decretos. Lo que cuenta es la ley y las normas y por el incumplimiento de ellas se condena, se expulsa la persona de la iglesia. Hasta se llega a matar (la historia de la iglesia está llena de ejemplos) cuando no se cumplen las leyes establecidas. Las leyes y normas son consideradas más importantes que las personas.

B. El modelo esenio
    La persona se separa del mundo. La falta de santidad, la agitación, el ruido… molesta. Por eso uno se aísla para buscar la paz interior. La persona se aleja de todo aquello que la perturba. Si no es posible el alejamiento físico la persona cierra los ojos y nada le preocupa… porque tiene la paz divina consigo.

C. El modelo celote
    Ante lo injusto, ante la visión de crear un mun­do de paz auténtica, esta opción es el camino de la fuerza, de la imposición y si es necesaria la violen­cia (los medios justifican los fines). El reino de Dios se impone por la fuerza. Oscar Cullman en su libro Los revolucionarios de su tiempo, comenta que hasta nueve de los discípulos de Jesús pertenecían al movimiento Celote. El modelo celote fue la gran tentación de Jesús. Pero se resistió a usar la violen­cia para cambiar las injusticias.

D. El modelo de Jesús
    Jesús nunca afirmó que las leyes fueran malas. Dijo: «He venido para cumplirlas». Las leyes deben estar al servicio del ser humano; no al revés. El día de descanso fue hecho para el hombre. Jesús tuvo muchos enfrentamientos con los fariseos por curar enfermos el día de descanso.

En semejanza con el modelo esenio, Jesús asumió la necesidad de aislarse para orar, para recobrar fuerzas. Pero al tiempo dijo: «Padre no los quietes del mundo» (Juan 17,15).

El proyecto de Jesús para la humanidad tiene que ver con una visión nueva, que se realiza con acciones concretas que reflejaran la intención del Padre para la humanidad. Toda violencia queda excluida. La reconciliación de todas las cosas, un horizonte que es una utopía y por la cual Él dio su vida.


IV. Cuatro claves para vivir la paz

Todo tipo de encuentro emotivo —confesión, perdón, oración, deseo, sueño etc.— en la iglesia, debe después ir acompañado de la misericordia, la verdad, la justicia y la paz.

La misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado (Salmo 85,10).

Estas imágenes poderosas de relaciones han impactado a lo largo de los siglos a muchos, cre­yentes y no creyentes. Han sido usadas de formas creativas, tanto en la iglesia como fuera de ella, para crear puentes de comunicación entres seres humanos divididos por guerras, odios, deseos de venganza y malos entendidos.

1. Misericordia y verdad.

 La verdad es indispensable para que el encuentro entre dos personas o dos colectivos pueda darse. No se puede construir la paz sin verdad. Con mentiras no puede haber encuentro entre dos personas o entre dos colectivos enfren­tados. La verdad habla de honestidad, de claridad, de enseñar todas las cartas, de responsabilidad y vulnerabilidad. El mostrarnos tal como somos es indispensable para el encuentro.

Cuando hay verdad se reconoce el mal sufrido: «Te he hecho daño». La persona se da cuenta del dolor causado. Sin la verdad, la paz en la iglesia o entre personas no puede darse. No hay encuentro auténtico ni duradero sin verdad.

Pero la verdad sola mata, destruye, paraliza: «A este le canto las cuarenta». Para que la verdad pueda ser aceptada se necesita la misericordia, la compasión, el perdón, la gracia. La verdad y la misericordia, cuando se dan la mano, significan aceptación, un nuevo comienzo. Empezar de nuevo no es posible sin la misericordia, porque hay que cicatrizar heridas que deben ser curadas. Estas heridas se curan con la presencia de la ver­dad y la misericordia juntas. No una sin la otra.

2. Justicia y paz

Por justicia entendemos hacer las cosas bien, rectificar. Zaqueo (Lucas 9,1-10) reconoció su equivocación y decide rectificar y compensar su equivocación. El pasado ha pasado y ha dejado heridas que hay que curar. Aunque Dios y la persona afectada por nuestras equivocaciones nos perdonen, debemos en la mediad de lo posible compensar los daños causados. El futuro común en paz solo es posible si hay justicia. Un lugar de confianza, de encuentro y cooperación es posible cuando aparece la justicia.

La paz aparece de forma natural cuando hay justicia, no sin ella. La paz es la restauración total con la otra persona, que en este texto bíblico es simbolizado con el beso.


V. Algunas observaciones finales

El ser humano es restaurado en su relación con el Creador, con el prójimo y consigo mismo no por las fuerzas de las cruzadas ni por la fuerza de las leyes ni por el aislamiento, sino por el encuentro de unos con otros y con el Creador.

Para poder llevar a cabo esta misión, será necesario un trabajo multidisciplinario. En la comunidad de fe se cuenta con todos. Nos nega­mos al hombre orquesta. Apostamos por la sistémica, el trabajo en redes, lo holístico, el diálogo, en fin de cuentas por el liderazgo compartido.

La paz en la iglesia requiere nuevos hábitos en la manera de vivir. Se trata de mirar con nuevos lentes la vida. «Si alguno está en Cristo…» La paz se aprende viviéndola. La paz abarca toda la vida.

Paz nos habla de relaciones. Es por ello que en la iglesia necesitamos espacios de diálogo, donde podamos exponer nuestras diferencias, matices y puntos de vista diferentes.

Esta visión y su práctica tomarán mucho tiem­po. Los sociólogos nos dicen que las decisiones tomadas siete generaciones atrás nos afectan aún hoy. De la misma manera, decisiones tomadas hoy afectarán a las próximas siete generaciones. Siem­pre es importante tener una mirada a largo alcan­ce. La ley de la siembra y la cosecha debe estar presente en todo lo que hacemos. Estamos llama­dos a dejar huellas en nuestras comunidades. Esto es algo que nos tomará toda la vida.

 
  Copyright © 2010 José Luis Suárez