Colección de lecturas
 

PDF Pautas sencillas para entender el Apocalipsis

Pautas sencillas para entender el Apocalipsis
por Dionisio Byler
Retiro de IECUA, octubre de 2015


Pauta I. El libro va de Jesús de Nazaret, el hijo de María

Me gusta añadir esa coletilla, «hijo de María», para que entendamos que estoy hablando de un ser humano con la misma genética que cualquiera de nosotros, nacido biológicamente de una madre humana cuyo nombre se conoce. Hay seguramente muchas cosas excepcionales acerca de Jesús, pero una de ellas no es en absoluto el ser otra clase de ser que lo que somos nosotros.

El libro se anuncia a sí mismo como tal, como revelación de Jesucristo, en Ap 1,1.

«Una revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos las cosas que han de suceder en breve, e indicó enviar por medio de su ángel a su siervo Juan». Leído así, esta primera frase parece funcionar como título para la obra:

«Una revelación de Jesucristo».

Gramáticamente es perfectamente válido entender que son cosas sobre el futuro inmediato que Dios revela a Jesús, Jesús se lo revela a un ángel, y el ángel por fin se lo revela a Juan. Esto es lo que han entendido los traductores de la versión La Palabra.

Otra posibilidad válida es interpretar que Juan tuvo una revelación del mismísimo Jesucristo, y a continuación Dios mandó un ángel para explicarle lo que está por suceder. Esto encajaría con el propio contenido del Apocalipsis, por cuanto en los capítulos 1-3 se le aparece Jesús a Juan, efectivamente, y le dicta cartas para siete iglesias de la provincia romana de Asia Menor; y en el resto del libro, un ángel le explica a Juan lo que está pasando y cómo va a acabar.

¿Y qué viene a ser una revelación? La palabra griega, y también la castellana, indican quitar un velo, destapar algo que estaba tapado con una tela, para que se pueda ver con claridad. La idea es que lo que antes estaba escondido, ahora se ha descubierto; lo que no se veía, ahora se ve; lo que no se entendía, ahora se entiende. ¿Y en qué sentido estaba tapado o escondido Jesús? Bueno, todo el libro de Apocalipsis viene a explicar cómo es que Jesús no defraudó en absoluto a sus seguidores de Galilea y Judea que en los evangelios esperaban que él fuera el tan anhelado rey de los judíos cuyo reinado iba a ser lo mismo que reinar Dios en persona.

Jesús, a pesar de resucitar, volvió a desaparecer al cabo de poco más de un mes. Estaba muy bien eso de declarar que Jesús era el Mesías —es decir el rey divino de Israel— pero las cosas parecían no haber cambiado. Si acaso, las cosas estaban empeorando, y más que reinado de Jesús, lo que se estaba viendo era un reinado cada vez más asfixiante de los césares romanos. Lo que nos viene a descubrir o destapar el Apocalipsis, entonces, para que lo veamos con claridad, es que a pesar de la tiranía del Imperio Romano, en el cielo no hay ni inmovilismo ni pasividad, sino que se están desencadenando una serie de movimientos que conducirán en breve a un desenlace esperanzador para toda la humanidad.

El reinado de Dios se había acercado a la tierra, tal como había anunciado Jesús al iniciar su ministerio en Galilea. De momento era un gobierno invisible. Sin embargo, en breve tanto el César como Roma entera y todas las gentes de la tierra, iban a empezar a reconocer una realidad nueva: El gobierno de Dios y de Jesús se haría visible.

A lo largo del libro, la forma más habitual para referirse a Jesús, es llamarlo «el Cordero». Vamos a hablar más adelante, en la pauta IV, de la importancia esencial de que el rey del universo reine como un cordero y no como un león. Aquí solamente quiero mencionar que a lo largo de todo el libro, desde que primero aparece en el capítulo 5, hallamos una multitud de referencias al Cordero, que hacen de él con toda justicia el objeto central de las revelaciones del Apocalipsis.

En Ap 19,10, Juan afina más todavía, si cabe, el sentido de esta revelación de Jesucristo. Aquí Juan afirma que: «El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía». Esto se puede entender de diferentes maneras. La versión La Palabra pone: «Tener  espíritu profético y dar testimonio de Jesús es una misma cosa». Con todo mi respeto, pero me parece que eso no es en absoluto lo que quiere decir aquí el ángel. Me parece que está diciendo que el sentido de todo lo que ha venido enseñando proféticamente el Apocalipsis, ya venía expresado en el propio testimonio de Jesús de Nazaret, el hijo de María. El Apocalipsis, si es que entiendo correctamente este versículo, viene a explicar en sus propias palabras lo que Jesús ya había dicho en sus propias palabras, con sus actos, su compasión por los que sufren todo tipo de dificultades y dolor, y en última instancia, su disposición a dejarse matar en lugar de ser él quien mataba.

Si Jesús gobierna el universo entero en cualidad de Cordero, esto es de primerísima importancia. El testimonio de Jesús tiene que incluir sus palabras, pero también su forma de actuar y su forma de morir. Con sus palabras, pero desde luego también con sus acciones y su forma de morir, Jesús denunció la crueldad y el descrédito moral de las civilizaciones humanas y nuestras formas de gobernarnos. Ser como fue y decir y hacer las cosas que hizo —pero ni decir ni hacer las contrarias— viene a ser un rayo de esperanza de que es posible que la humanidad seamos gobernados de otras maneras que por la crueldad, la violencia y la amenaza de muerte.

Pauta II. El Apocalipsis era comprensible para sus primeros destinatarios

Manuel Lassaletta, Mensajes de luz profética [1],cree que la profecía bíblica —por consiguiente el Apocalipsis— funciona como una antorcha: Si aquello que ilumina está lejos, se ve poco y mal; pero si acercamos la antorcha, entonces se verá bien. Mucho de lo que viene a revelar el Apocalipsis estaba en un futuro lejano; por lo cual hasta ahora, que estamos por fin muy cerca de su cumplimiento, nunca se entendían con claridad estas profecías. Ahora sí, naturalmente; ahora sí podemos entender por fin el Apocalipsis, porque sus profecías ya se están cumpliendo y se acabarán de cumplir muy pronto.

Esto tiene problemas, y gordos, a varios niveles.

El más importante de destacar aquí y ahora, es el de que, por cuanto el Apocalipsis hablaría, según él, esencialmente sobre los eventos mundiales a finales del siglo XX (cuando él escribía), entonces una proporción importantísima del Apocalipsis habría resultado indescifrable para sus destinatarios originales, las iglesias de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea, en la Asia Menor romana del siglo I d.C. Pero entonces, si para ellos era un libro incomprensible, ¿por qué lo valoraron? ¿Por qué le dieron importancia? ¿Por qué lo incluyeron en su colección de escritos sagrados? ¿Cómo iban a distinguir ellos entre esta sarta de misterios incomprensibles y cualquier otro libro parecido que escribiera cualquier chiflado?

Supongo que Lassaletta argumentaría que esta gente valoraba el Apocalipsis aun sin entenderlo, porque estaba inspirado y está en el Nuevo Testamento. Pero ese es precisamente el problema: explicar cómo es que llegó a ser adoptado por los cristianos como parte de la Biblia, si es que les resultaba incomprensible.

La primera cosa que hay que decir entonces, es lo que he puesto en la descripción de este taller: A los primeros cristianos este libro no sólo les resultó comprensible sino que los entusiasmaba por la claridad con que se expresaba. Como hablaba tan claro, sin pelos en la lengua, lo recibieron como palabra de Dios y lo incluyeron en el Nuevo Testamento como broche de oro y final de la Biblia.

Esto quiere decir que cualquier interpretación que se oiga por ahí, que por su propia naturaleza solamente es comprensible siglos después de que se escribiera, es con toda seguridad una interpretación equivocada y falsa.

Así podemos eliminar un sinfín de especulaciones futuristas que han surgido en los últimos 1500 años.

Nuestra iglesia en Burgos se identifica como anabautista. Pues una secta muy peligrosa y violenta que salió del anabaptismo en el siglo XVI, se preciaba de estar viviendo en los últimos tiempos. Tenían anunciada la fecha del regreso inminente de Cristo a la ciudad alemana de Múnster en los años 1530, y para prepararse para su venida declararon que Múnster era la Nueva Jerusalén y coronaron a Juan de Leiden como un nuevo Rey David. Siguiendo el ejemplo del rey David, Juan de Leiden obligó a las mujeres a aceptar matrimonios polígamos e instauró un régimen brutal de ley marcial, hasta que la Nueva Jerusalén fue asediada y derrotada brutalmente y los cabecillas fueron ejecutados con crueldad ejemplarizante.

Ese es solamente un ejemplo de miles que podríamos ver a lo largo de la historia cristiana. Hace unas décadas una editorial evangélica publicó un libro que identificaba al líder palestino Yasir Arafat como la bestia 666 del Apocalipsis. Arafat murió en 2004, y el libro desapareció sin explicación de las librerías evangélicas.

A principios del siglo pasado, unos iluminados que se tenían por testigos de Jehová anunciaron que en 1914 empezarían a desencadenarse las profecías del Apocalipsis. Cuando ese año va y estalla la 1ª Guerra Mundial, su interpretación del Apocalipsis pareció imponerse como la única verdadera. En el siglo que ha pasado desde entonces, han cambiado varias veces la fecha del regreso de Cristo y tengo entendido que ahora ya no se atreven a ponerle fecha.

Esta segunda pauta es tal vez la más esencial, entonces:

Ninguna explicación del Apocalipsis es de fiar, si los primeros destinatarios del libro no la habrían podido entender. Fueron ellos los que entendían el Apocalipsis como evangelio tan claro y comprensible, que lo recibieron como Palabra de Dios. Es por lo popular que se hizo en las iglesias cristianas de la época como explicación del sentido del evangelio de Jesucristo, que el Apocalipsis acabó incluido en la Biblia.

Pasada aquella época el libro se fue haciendo menos comprensible, por dos motivos:

Primero, el mundo fue cambiando, la propia civilización romana evolucionó, desapareciendo de gran parte de Europa y remplazada por una amalgama de la cultura latina con las ideas y costumbre de pueblos invasores. Pasan los siglos y todo cambia. Cambian las costumbres y las formas de expresarse, cambian los regímenes de gobierno, desaparecen países enteros y aparecen otros que nunca antes habían existido. Y es natural que un libro que en el siglo II de nuestra era se leía con la misma comprensión que podemos leer un artículo de opinión en el periódico de hoy, poco a poco dejara de resultar tan comprensible.

Segundo, la propia iglesia fue cambiando. El acomodo con el imperio romano y sus valores fue creciendo, hasta que para el siglo IV el propio emperador se decía cristiano. El cristianismo pasó de secta minoritaria dentro de la tradición judía, a sustituir el culto pagano politeísta como religión estatal del Imperio. Las cosas que denunciaba el Apocalipsis, ya no parecían dignas de denunciar, sino de aprobar, por cuanto ahora se beneficiaban de ellas los cristianos. El cristianismo cayó en todas las tentaciones contra las que el Apocalipsis venía a advertir a los primeros cristianos, de manera que esas advertencias resultaban ahora incomprensibles.

Así es como el Apocalipsis pasó de entenderse claramente como una descripción clara del conflicto a la vez espiritual y terrenal en que se hallaba inmerso la iglesia, a entenderse como anuncios proféticos, misteriosos e incomprensibles, tocantes a un futuro lejano en el tiempo.

Sin embargo para quien esté dispuesto a admitir que no es lo mismo el mundo que la comunión de los discípulos de Cristo, que no es lo mismo el Estado que la Iglesia, resulta que el Apocalipsis nos sigue interpelando hoy en exactamente los mismos términos que a sus primeros lectores. Muy en particular, el Apocalipsis denuncia con absoluta franqueza la violencia, la rapiña, la violencia y los abusos de autoridad, la guerra, la crueldad, la tortura, la insolidaridad de los ricos con los pobres y todas las formas de brutalidad que son característicos de todas las civilizaciones y todas las naciones de la tierra. Porque estas cosas son inseparables de la civilización humana. Y por eso, en el Apocalipsis los reyes de la tierra combaten contra el Cordero violenta y brutalmente siempre, permanentemente, hasta el último momento de la historia humana, cuando por fin admitirán que la forma como gobierna Jesús fue siempre superior a la suya.

Pauta III. Conocer el mundo simbólico del Apocalipsis

Semiología o semiótica. Charles Sanders Peirce (EEUU, 1839-1914) en Kraybill (2016): Iconos, indicadores y símbolos. Toda esta sección depende mucho de Kraybill y contiene citas directas de Kraybill.

  1. Los iconos son signos que comunican por tener un parecido reconocible al objeto o la idea que representan.

Ejemplos: la papelera de reciclaje en la pantalla de un ordenador nos indica dónde deshacerse de documentos electrónicos, y la línea sinuosa en una señal de tráfico nos indica que habrá sinuosidad en la carretera. Los iconos se entienden porque se parecen a la función o al objeto que representan.

  1. Los indicadores son señales que comunican porque se ven afectados o cambiados por el propio fenómeno que indican.

Ejemplos: La veleta cambia materialmente de dirección según de dónde sopla el viento; las manchas de sangre en el lugar de un crimen dan evidencia de lo que sucedió. Tanto el cambio de dirección de la veleta como las manchas de sangre vienen causadas por las circunstancias sobre las que comunican.

  1. Los símbolos son señales que comunican sencillamente porque los que los usan en un grupo o una cultura determinada, han acordado que tengan ese significado arbitrario.

Ejemplos: un semáforo comunica en un cruce solamente porque los legisladores han estipulado arbitrariamente que la luz roja significa Pare y la luz verde significa Proceda. En España una gaviota estilizada azul sobre fondo blanco indica el Partido Popular, y un puño izquierdo que sostiene una rosa, en blanco y rojo, indica el Partido Socialista. Esto responde a decisiones de marketing de los partidos; que si no, nadie iba a tener por qué asociar una gaviota o una mano con una flor, con sendas ideologías políticas [2].

Los iconos y los indicadores son bastante comprensibles más allá del entorno cultural donde nacieron. Los iconos de caras con diversas expresiones, de los mensajes de Whatsapp, funcionan igual en la China que en España que en Zimbabwe. Las huellas en la arena que muestran que alguien ha pasado por ahí, son indicadores igualmente comprensibles para un camerunés que para un hondureño que para un suizo.

En general, los iconos y los indicadores que aparecen en el Apocalipsis nos van a resultar más o menos comprensibles. No vamos a tener grandes problemas con ellos.

Ap 1,13-18. Juan ve una figura humana, que en el v. 18 se identifica como quien estuvo muerto pero ahora vive y tiene las llaves del más allá. Es evidente que se trata de Jesús, pero la descripción en sí es simbólica (vv. 13-16).

Ap 5,8. El indicador de los cuatro seres vivientes y los 24 ancianos que se postran y cantan alabanzas. Su reacción de adoración nos indica con bastante claridad que el Cordero es un ser poderoso y divino.

Pero los símbolos, cuya relación con lo simbolizado es puramente arbitraria, solamente son comprensibles para quien esté enterado de su significado.

«Juan ve una gran multitud en el cielo, "todos de pie delante del trono y del Cordero; todos vestidos con túnica blanca, llevando palmas en la mano" (Ap 7,9, énfasis añadido). El símbolo del Cordero tiene antecedente extenso en la práctica del sacrificio de animales en el Antiguo Testamento. Las túnicas blancas simbolizaban la victoria en la sociedad pagana, como cuando las multitudes se vistieron de blanco en Roma para presenciar cómo Tirídates hacía una reverencia ante Nerón. Las palmas simbolizaban la victoria a lo ancho del mundo mediterráneo y figuran en la festividad judía de las tiendas, que celebraba la liberación de esclavitud en Egipto (Lv 23,39-43)» [3].

En el lenguaje del Apocalipsis, igual que en la comunicación humana en general, las distinciones entre iconos, indicadores y símbolos no suelen ser del todo claras: Hemos dicho que la aparición de una figura humana en el cielo, en Ap 1, es un icono de Jesús. Sin embargo contiene símbolos: siete estrellas en una mano, una espada de dos filos que sale de su boca. El propio texto explica que las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias de Asia Menor. La figura de una espada de dos filos es como la carta a los Hebreos había descrito la Palabra de Dios.

Hemos dicho que la adoración de los 24 ancianos en el cielo es un indicador de la divinidad del Cordero; pero el propio número 24 es simbólico. Qué es lo que simboliza admite debate. Hay quien entiende que representa los doce patriarcas de Israel, más los doce apóstoles de Jesús. Pero hay quien entiende que son los 24 astros en el cielo que gobiernan las horas del día y la noche, según enseñaba la astrología.

Lo importante aquí no es entonces tanto saber distinguir entre iconos, indicadores y símbolos, sino darnos cuenta que hay en el Apocalipsis muchos elementos simbólicos, algunos de los cuales nos resultarán más o menos comprensibles, pero otros tal vez nunca lleguemos a entender, porque nadie recuerda ya lo que simbolizaban.

Pero muchos de los símbolos sí se pueden descifrar, observando cómo funcionan en los demás textos bíblicos y también, con igual frecuencia, observando cómo funcionan en la cultura grecorromana.

Aquí es importante reconocer que el mundo judío y cristiano del siglo I d.C. participaba a partes iguales en dos mundos culturales: el israelita, del Antiguo Testamento, y el romano, de sus contemporáneos. Juan de Patmos, el autor del Apocalipsis, un cristiano judío de la provincia romana de Asia Menor, demuestra igual conocimiento del hebreo que del griego, emplea indistintamente símbolos de una cultura y de la otra.

Por ello resulta igual de interesante observar que los 24 tronos con sus 24 ancianos sentados alrededor del trono de Dios en el cielo, bien pudieran representar al pueblo judío y al cristiano, con sus 12 patriarcas y 12 apóstoles —basándonos en el conocimiento de la Biblia. Pero que también podrían estar queriendo representar los 24 astros que gobiernan las 24 horas del día, según enseñaba la astrología, queriendo así indicar que Dios y el Cordero controlan el flujo del tiempo, controlan el pasado, el presente y el futuro.

Llegar a conocer cabalmente el mundo simbólico de la cultura grecorromana del siglo I d.C. es algo que va a estar al alcance de unos pocos especialistas. Por suerte existen libros como Apocalipsis y lealtad, por Nelson Kraybill, que nos pueden ayudar a superar este obstáculo [4].

Pero conocer el mundo simbólico de la cultura judía del siglo I d.C. está al alcance de cualquiera que lea con regularidad la Biblia. Entendemos sin que nos lo expliquen el efecto purificador moral a que alude la mención de la sangre del cordero, entendemos lo que viene a ser un altar, un templo, un candelabro con siete llamas, y otros muchísimos símbolos bíblicos. Entendemos, por haber leído el libro de Daniel, que determinadas fieras, como el león, el leopardo o el oso, pueden representar imperios paganos que persiguen al pueblo de Dios, y que sus numerosos cuernos o numerosas cabezas, pueden representar diferentes reyes concretos. Entendemos, por haber leído el Génesis, que una serpiente puede representar a Satanás.

Llegamos así al acertijo que nos propone Juan de Patmos en Ap 13,18:

Sabiduría se requiere aquí. El que presuma de sabio, pruebe a descifrar el número de la bestia, que es cifra humana. El seiscientos sesenta y seis es la cifra (La Palabra).

Esto nos trae a la gematría, un sistema de numeración que empleaba las letras del alfabeto como cifras numéricas. Las primeras 9 letras del alfabeto hebreo o griego indicaban los números del 1 al 9; las siguientes 9 letras, las decenas del 10 al 90; y las siguientes 9 letras, las centenas del 100 al 900. Se comprenderá fácilmente que sumando las letras de una palabra o frase, o las letras del nombre de una persona, se podía dar con un número que se entendiera ser «el número» de esa palabra o frase o nombre personal.

En las ruinas de Pompeya, los arqueólogos han hallado un grafiti que pone: Amo a aquella cuyo número es el 545. Como se comprenderá, hay diferentes combinaciones de letras que podrían sumar ese número, de manera que es imposible saber a ciencia cierta cómo se llamaba la chica admirada por el joven grafitero.

Por ese mismo motivo, es imposible decir fuera de ninguna duda posible, quién viene a ser el 666 del Apocalipsis. Pero tenemos una idea bastante clara: Si se toman las letras griegas con que se escribe el nombre Nerón César y se escriben en las letras equivalentes del alfabeto hebreo, resulta que Nerón César, escrito así con letras hebreas, suma 666. Pero hay más: En griego es posible escribir el nombre de Nerón con y sin la «n» final, Nerón o Nero, es lo mismo. Sin esa «n» final el nombre de Nerón suma 616. Curiosamente, hay algunos manuscritos antiguos del Apocalipsis que en este versículo, no ponen el número 666, sino el número 616. No es seguro, pero sí probable, que con este acertijo Juan esté señalando al emperador Nerón.

Pauta IV. La Guerra del Cordero es un conflicto entre la vida y la muerte

El Apocalipsis describe un conflicto a muerte entre dos tipos de autoridad, dos formas de concebir de la sociedad humana. Por un lado están los reinos de este mundo, que son bestiales, monstruosos, crueles y violentos. Su mismísimo fundamento es la guerra y su capacidad de dar muerte a sus enemigos. Por otro lado está el reinado del Cordero, cuya autoridad no viene de matar sino de entregar su propia vida. Sus formas de gobierno, su forma de concebir de la autoridad y de la sociedad humana, reniegan del empleo de la muerte para sus fines. Apuestan, al contrario, por dar vida y salud y bienestar. El conflicto es, entonces, entre quien da muerte y quien promete vida. Quien promete vida hasta el colmo de hasta resucitar a todos los que han muerto.

En su sentido más básico y elemental, entonces, la Guerra del Cordero es una guerra entre la vida y la muerte, una guerra por ver cuál de las dos, si la vida o la muerte, se queda con nosotros para siempre.

En el Apocalipsis hay una cantidad exagerada de violencia. Tiende a generar en nosotros un hondo rechazo y asco cuando lo leemos, porque se multiplican uno tras otro actos terribles de crueldad, muerte y violencia ilimitada. Las torturas y la muerte son además indiscriminadas: caen sobre justos y pecadores por igual. Unos serán considerados mártires a elogiar, por aguantar hasta el final sin ceder; otros se considerará que han sido castigados en toda justicia, por su terrible maldad. Pero el caso es que la crueldad y la violencia en sí misma, en el libro de Apocalipsis, es el destino que sufre todo el mundo por igual. Justos y pecadores, santos mártires y pecadores idólatras, todos padecen los terrores espantosos del Apocalipsis. Es violencia indiscriminada, violencia promiscua, que no le importa con quién se acuesta. Violencia, crueldad y muerte como elemento ineludible de la existencia humana.

La primera impresión que nos llevamos es que todas esas torturas y padecimientos y plagas y mortandad, cosas terribles que se suceden unas a otras sin dar respiro a la humanidad, vienen dispuestas por Dios. El motivo de esa impresión es que todos estos males que asolan la tierra, llueven sobre la tierra desde el cielo. Algunos de los tormentos, además, vienen atribuidos directamente a la ira de Dios. Hay, por ejemplo siete copas de la ira de Dios, que son cada una de ellas una plaga, a cuál peor que las otras.

Para comprender esto, hay que entender que el Apocalipsis muestra dos escenarios de la Guerra del Cordero, que discurren en paralelo y son ambos la misma cosa, son dos aspectos o dos formas de ver la misma realidad. Lo que sucede en la tierra es un reflejo de lo que sucede en el cielo; y lo que sucede en el cielo explica lo que está pasando en la tierra.

Esto es algo que Juan de Patmos quiere que entendamos con claridad meridiana los lectores del Apocalipsis. La bestialidad y monstruosidad y violencia que vivimos aquí en la tierra con nuestras tiranías y guerras, nuestra crueldad xenófoba y nuestros nacionalismos excluyentes, nuestros sistemas económicos que enriquecen a unos pocos a la vez que empobrecen a las multitudes, son solamente el aspecto visible aquí abajo en la tierra, de fuerzas monstruosas de maldad en las esferas celestiales. Son espiritualmente monstruosas las fuerzas del caos que destruye la civilización humana. Pero también son espiritualmente monstruosas las fuerzas del orden sobre las que se cimienta nuestra civilización, porque nuestros sistemas de gobierno solamente existen gracias a imponerse por la guerra y por la amenaza de imponer castigos terribles a quien se subleva.

Esto es algo que volvemos a ver estos días. Es monstruoso el terrorismo de islámicos fanáticos en Paris, o en la estación de Atocha hace 12 años. Pero, tristemente, es también monstruosa la guerra desatada para acabar con ellos. Una guerra que empezó después del atentado contra las torres gemelas en Nueva York en 2001 y en la que han muerto cientos de miles de personas y se han destruido países enteros. En un caso, la violencia se nos antoja fuerzas de caos y desorden; en el otro, fuerzas de orden y autodefensa y justicia. Pero en ambos casos, nadie duda de que la inmensa mayoría de las víctimas serán personas inocentes. De donde vemos la auténtica monstruosidad e inhumanidad sobre la que se basa el proyecto de construir sociedades humanas civilizadas.

Además de esto, yo opino que la violencia espantosa que caracteriza el libro de Apocalipsis viene provocada por la violencia espantosa de la civilización romana en particular, a la que dirige sus críticas. Me parece que el Apocalipsis pretende asquearnos con su violencia y sus muertes, para que entendamos lo espantosa que es la violencia y muerte que ya estamos viviendo aquí en la tierra.

Era difícil, sin embargo, asquear al mundo romano en cuanto a la violencia. Su mundo era ya de por sí de una crueldad tan terrible, un culto a la muerte tan exagerada, que el propio autor del Apocalipsis se vio también obligado a exagerar, si es que quería generar ese efecto de rechazo.

Recuérdese que el mundo romano había elevado la muerte al rango de espectáculo para diversión de las masas. La gente iba al circo para reírse del pavor de los que morían ante sus ojos, para divertirse al ver como se hacían sus necesidades encima públicamente, de terror y dolor, mientras los destrozaban las fieras. Reían al oírlos chillar de miedo y de dolor. Los que organizaban los juegos competían por hallar formas nuevas y más espectaculares de divertir con la muerte humana. Si faltaba crueldad y morbo, si el número de víctimas resultaba insatisfactorio, los espectadores montaban en ira y podían alzarse en disturbios por toda la ciudad. Se cuenta de una ocasión cuando ante la pataleta del público inconforme con el espectáculo, el responsable hizo bajar a la arena a las primeras filas de espectadores, para ser ellos descuartizados por las bestias y asesinados brutalmente por gladiadores. El espectáculo fue un éxito sonado; pocas veces se habían divertido tanto las masas populares, que viendo a esos pobres desafortunados que pensando divertirse con la muerte ajena, estaban ahora divirtiéndolos a ellos con sus aullidos de terror, cagándose públicamente de espanto y dolor mientras morían.

Este es el mundo en el que se escribe el Apocalipsis. En ese mundo, la violencia del Apocalipsis sigue siendo escandalosa, pero sólo lo justo. Sólo lo necesario para hacernos recapacitar que con el culto a la muerte y al sufrimiento humano, no vamos a parar a nada positivo. Lo necesario para convencernos de que hace falta hallar otra manera de construir sociedades humanas.

El final, en el capítulo 19, vence el Cordero. Pero su camino a la victoria no ha sido fácil. En la batalla final de la Guerra del Cordero, todos los reyes de la tierra han reunido sus ejércitos para derrotar con la muerte a las fuerzas de la vida. Aparece ante ellos un jinete solitario, resplandeciente, el paladín que vencerá él solo a todos los ejércitos de la tierra. De su boca sale una espada de doble filo y su ropa está empapada de sangre. Entendemos que la espada de doble filo con que acabará con todos los males de la tierra es su palabra, las palabras que Jesús pronunció, enseñándonos como vivir amando a Dios y al prójimo. Entendemos que la sangre con que está empapado es la suya propia, no la de ninguna víctima que él haya matado.

No vemos la batalla, pero sí oímos la invitación a todas las aves carroñeras del cielo a venir y hartarse de la carne de cuerpos muertos. Entendemos que la carne es, precisamente, lo que Cristo vino a matar. Pero no matándonos literalmente, porque sabemos —por las cartas de Pablo— que hacer morir la carne es la santificación necesaria para que podamos tener vida eterna. Con la espada que sale de su boca, con su sola Palabra, Cristo nos lleva a la humanidad a hacer morir la carne, a despojarnos de esta carne corrupta y revestirnos del hombre nuevo, la mujer nueva. Porque el Cordero no mata; el Cordero lo que hace es dar vida eterna.

He aquí, entonces, la diferencia entre todas las bestias del Apocalipsis, y el Cordero. Las bestias y monstruos gobiernan por la muerte y por el temor a morir. El cordero gobierna invitándonos a una vida nueva, que es una nueva manera de vivir.

En el capítulo 21, las puertas de la Nueva Jerusalén están abiertas de día y de noche. No hay ningún peligro del cual las murallas de la ciudad tengan que proteger. La única función que tienen las puertas de la ciudad, es que por ellas han de pasar en procesión todos los reyes de la tierra —esos mismos que en el capítulo 19 presentaban batalla. Pero ahora vienen en procesión para presentar su adoración y su tributo al que está sentado en el trono y al Cordero. A ese Cordero que los venció con su propia muerte, al que los santificó invitándolos a dejar morir su propia carne corrupta en esa batalla final, para revestirse de santidad y justicia bajo la soberanía del Cordero.

Al que nos trajo la victoria de la vida sobre la muerte.

Porque al final, la propia muerte acaba echada al lago de fuego, donde desaparece para siempre.

Pauta V. Esto no se terminó con el Imperio Romano

El Apocalipsis estaba excepcionalmente contextualizado a las circunstancias políticas específicas de la era cuando se escribió. Pero aunque el Imperio Romano y sus formas concretas de violencia institucionalizada han desaparecido hace 1.500 años, el mundo en el que vivimos hoy no es tan diferente.

Hace solamente 70 años de la 2ª Guerra Mundial, cuando Hitler nos trajo a Europa unos niveles de crueldad, violencia y muerte que aunque tal vez no sobrepasó la perversidad del Imperio Romano, seguramente la igualó. En esa misma guerra, Estados Unidos estrenó la muerte masiva por armamentos nucleares, llevando el imperio de la muerte a nuevos niveles, antes inimaginables. Hoy las potencias nucleares almacenan armamento nuclear suficiente para acabar varias veces con toda la vida del planeta. El culto a la muerte sigue tan vivo hoy como en el Imperio Romano.

Hay muchos otros síntomas, en diferentes partes del mundo, de que la crueldad ilimitada, la tiranía y la muerte violenta son una parte inevitable de la experiencia de la mayoría de la humanidad. Bien puede ser cierto que en algunas democracias excepcionales —España entre ellas— la guerra de la muerte contra la vida no es especialmente visible. Pero los refugiados que huyen de su lugar de origen y tienen que buscar oportunidades de vida donde nadie los quiere, donde los reciben de mala gana y con miedo a la desestabilización de sus economías, se cuentan hoy en millones. Millones y millones de refugiados que en lugar de disminuir, van en aumento con cada año que pasa.

Luego tenemos la violencia institucionalizada del capitalismo mundial, que acumula riquezas cada vez más fabulosas en las manos de unos pocos privilegiados, mientras los obreros que crean esa riqueza se quedan cada vez más marginados, ven disminuir continuamente su poder adquisitivo. El hambre y la pobreza son la experiencia de una proporción cada día más alarmante de los niños de la tierra. Aquí mismo en España, es vergonzosa la proporción de niños que viven marginados por la pobreza.

No caigamos en engaño. La Guerra del Cordero no concluyó con su triunfo contra el Imperio Romano. Bien es cierto que fue escrito en tiempos del Imperio Romano y como contestación directa a la propaganda estatal del Imperio Romano. Pero el mensaje del Apocalipsis es tan necesario hoy como hace 2.000 años. Superficialmente todo ha cambiado. Pero las bases de nuestra civilización son tan perjudiciales como las de aquella.

Y hoy también, tenemos que propagar el mensaje de que la única alternativa a la muerte es la vida. Tenemos que predicar que en lugar de adorar los nacionalismos e ideologías y sistemas de producción que de suyo son violentos hasta la muerte, es necesario adorar al Cordero y confiar que él nos guiará a la vida eterna.

Sí, el Apocalipsis es tal vez el libro más importante de la Biblia para interpretar nuestro mundo moderno. Pero yerran del todo los que utilizan el Apocalipsis para imaginar que Dios va a ejercer de satanás, que Dios va a imponer un reino de terror y de muerte suyo para combatir el reino de terror y muerte que nos tiene dominados ahora. Esas fantasías triunfalistas de novelistas que se dicen cristianos pero no conocen el camino del Cordero, no se enteran de nada.

El Cordero ha vencido. Si venció, es precisamente porque renunció a la muerte como forma de combatir la muerte, porque renunció a la venganza por los agravios que Dios ha sufrido de parte de la humanidad. El Cordero ha vencido porque es el Salvador de la humanidad, lo cual significa que jamás hará de Destructor de la humanidad.

Es necesario aferrarnos a esa escena a finales del Apocalipsis, donde el último enemigo vencido es también el más antiguo y el más terrible de todos. Esa escena donde la muerte misma es arrojada al mar de fuego y desaparece para siempre. Y todos los que la muerte tenía cautivos vuelven a la vida, una vida eterna en la presencia del que está sentado en el trono y el Cordero.

Epílogo

Juicio y justicia en el Apocalipsis

Este taller fue presentado en dos ocasiones, en octubre y noviembre de 2015.

En ambas ocasiones, el diálogo posterior fue muy enriquecedor y me ha ayudado a darme cuenta de algunas cosas que quedaban incompletas en mi presentación. Concretamente, la cuestión ineludible de la ira del Cordero, el aspecto de juicio y condenación eterna que está presente en el Apocalipsis. Otra cuestión parecida sería el clamor de venganza de los mártires bajo el altar, que recuerda a la instrucción de Pablo de abandonar nosotros cualquier pensamiento de venganza, por cuanto «“Mía es la venganza”, ha dicho el Señor».

Un hermano resumió esta deficiencia a las mil maravillas, calificando mi presentación de «escatología light» (es decir ligera, de poca monta), donde parecería ser que nadie va a tener que pagar las consecuencias de su maldad y perversidad en esta vida.

Hay desde luego ira de Dios en el Apocalipsis. Sin ir más lejos, toda una serie de siete copas de la ira de Dios, que son plagas terribles que culminan otras dos series (anunciadas por sellos y trompetas) de plagas y padecimientos que sufre la humanidad.

El regreso de Cristo

Hubo también la apreciación de que una explicación tan claramente política e histórica del mensaje del Apocalipsis como esta, marginaba la expectativa del regreso de Cristo.

Bueno, esto último tal vez se explica fácil. El Apocalipsis no es lo mismo que los capítulos en los evangelios que hablan de la venida del Hijo del Hombre, ni son sencillamente una explicación detallada de los pasajes en Hechos y en las epístolas que mencionan el regreso (inminente) de Cristo. El Apocalipsis tiene su propia lógica interna y su propia forma de contar el evangelio, donde más que volver, se ve al Cordero involucrado plenamente en la batalla celestial y a la vez terrenal por el alma de la humanidad. Aunque el libro concluye con la promesa del regreso de Cristo y el clamor de que así sea, en el grueso del Apocalipsis casi se diría que Cristo no necesita volver, porque jamás se ha ausentado. Su actividad en el cielo afecta la tierra, igual que su muerte y resurrección en la tierra incide en las realidades celestiales. La culminación del Apocalipsis no es tanto su «regreso» como las bodas del Cordero y el descenso de la Jerusalén celeste a la Tierra.

Esto no niega en absoluto la esperanza cristiana en el regreso de Jesucristo, que el propio Apocalipsis reitera en sus versículos finales. Solamente aclara que el Apocalipsis tiene su propia lógica y su propia manera de contar las cosas, que no es idéntica a la de otros libros del Nuevo Testamento.

La ira del Cordero

Volveremos a los elementos de juicio y condenación en el Apocalipsis, pero primero quisiera comentar muy brevemente la cuestión de la ira del Cordero. Ésta se menciona en una escena donde los grandes y poderosos de la tierra se esconden en cuevas y piden que las montañas los cubran por el terror despavorido que sienten ante la ira del Cordero. Desde luego la escena, de rocambolesca, resulta graciosa. No estamos hablando de un cordero cualquiera, sino de uno inmolado —es decir abierto en canal, despellejado y preparado para asar al horno con patatas. El Cordero, milagrosamente, vive; pero si se privilegia esta palabra, «Cordero», para hablar de Cristo, es para que nunca caigamos en la tentación de verlo de otra manera que como lo vimos en Galilea y en Jerusalén. Es Cristo en la fragilidad y vulnerabilidad de su humanidad, renunciando a tomar ningún tipo de represalia ni adoptar ningunas medidas de defensa violenta de su persona ni de su movimiento ni de sus seguidores.

De ahí que el pavor y temblor que sufren los grandes y poderosos de la tierra nos habla —y mucho— de su conciencia intranquila y su reconocimiento de sus culpas; pero no aporta ninguna información sobre la naturaleza última de Cristo. En efecto, por mucho miedo que le tengan, Cristo sigue siendo el Cordero inmolado. Él no ha cambiado. Lo que ha cambiado es que estos grandes señores ahora reconocen su superioridad moral y su rango divino y exaltado. Y sabiéndose pecadores, sufren ahora tal miedo que se espantan hasta con el balido de un cordero.

Juicio y condenación en el Apocalipsis

Hay en el Apocalipsis una buena dosis de juicio y condenación. La maldad humana es terrible y Dios hace guerra sin cuartel contra toda maldad en el cielo y en la tierra, con la finalidad de eliminarla del todo del cosmos, hasta dejar el universo entero tan impoluto y perfecto como cuando su creación.

Dios ejerce de soberano sobre cielo y tierra a lo largo del Apocalipsis, entonces, para castigar el mal y la maldad, vengar males e injusticias, eliminar toda rebeldía y rebelión contra su autoridad. Porque la autoridad de Dios tiene que ser absoluta para que por fin reinen la paz y la armonía, la vida y la felicidad. Como ya dije oportunamente en el punto que trataba sobre ello, es una guerra sin cuartel entre la vida y la muerte. Si en el Apocalipsis vence la vida, es porque la mismísima muerte ha sido derrotada y desaparece para siempre en el fuego eterno. Y con la muerte, desaparece para siempre esa manera de entender la justicia como algo que se consigue haciendo sufrir al prójimo y en última instancia, dando muerte al prójimo.

La justicia entendida así, como la capacidad de hacer sufrir o dar muerte, no es ninguna novedad. Para entender la justicia así no hace falta ni la Biblia, ni el evangelio, ni el libro de Apocalipsis. La justicia impuesta por la fuerza es algo en lo que todo el mundo ya creía.

La justicia como la entiende Dios, sin embargo, es relacional y tiene su modelo en el amor filial en una familia sana y buena. Aquí lo justo no es hacer sufrir —ni mucho menos matar al desobediente— sino que lo justo es hallar formas de convivencia pacífica, en armonía y gozo y bienestar, donde prima nuestra identidad común compartida y donde nuestro amor unos por otros nos lleva a superar las diferencias sin traumas, y por supuesto, sin violencia.

Antonio González, en diferentes escritos, ha explicado una de las consecuencias de que Dios nos creara a imagen suya. Hemos sido creados con la capacidad real de tomar decisiones permanentes. Es real y permanente, entonces, la decisión humana irrevocable de rebelarse contra Dios y no aceptar ni su soberanía ni su plan perfecto para la humanidad.

A mi entender, entonces, —y soy consciente de que es una interpretación personal— aquí es donde entra en juego la «segunda muerte» que aparece en Apocalipsis 20, la misma donde desaparece la propia muerte:

Quienes no aman la vida ni la luz, ni la armonía ni la convivencia pacífica, ni el bienestar generalizado que desde la creación fue siempre el plan de Dios para el universo, no serán obligados a sumarse a la fiesta. Por cuanto han decidido irrevocablemente que no les interesa un mundo como el que nos tiene preparado Dios, no estarán obligados a vivir en él. No se trata de torturas eternas ni dolores espantosos que nunca disminuirán. La segunda muerte es muerte real, es muerte absoluta, es dejar de existir.

De hecho la segunda muerte, por lo que supone de no existencia eterna, borra del universo entero y hasta de la memoria de Dios, todo rastro de alguna vez haber existido. Quien tiene decidido irrevocablemente no participar del paraíso de Dios, no tiene por qué sufrirlo. Pero tampoco tiene cómo empañar el disfrute de los que hemos optado por disfrutarlo. La anomalía desaparece eternamente; y su desaparecer eterno es lo mismo, en efecto, que nunca haber existido.

Esto se deduce no sólo por este versículo del Apocalipsis. Pablo ya había dicho: «En [Dios] vivimos y nos movemos y existimos» (Hch 17,28); y «… Jesucristo, por medio de quien existen todas las cosas; y también nosotros existimos por medio de él» (1 Co 8,6). Quien renuncia expresamente a existir «en Dios» y «por medio de Jesucristo», ha renunciado con ello a la mismísima existencia —que es imposible fuera de esa condición.

Esto es lo que entiendo yo por «segunda muerte». Es, por supuesto, juicio y condenación. Es, si así se quiere ver, ira de Dios. O castigo y venganza. Pero lo que lo inspira no es odio ni rencor ni un ataque de rabia ni un arrebato de furia, ni una sed de venganza asesina que va madurando en un corazón rencoroso año tras año durante siglos y milenios enteros. Lo que lo inspira es la visión de vidas perfectas en un universo perfecto, sin mancha ni sombra de ningún tipo que empañe su luz y armonía, su convivencia respetuosa caracterizada por un hondo amor mutuo entre todos.

Esto jamás podría existir si quedase algún rincón del universo donde todavía perviven eternamente el dolor, la tortura, el sufrimiento y la muerte. Éstas también tienen que desaparecer en la «segunda muerte», para que lo que queda pueda ser perfecto.

Bibliografía:
Nelson Kraybill, Apocalipsis y lealtad (Biblioteca Menno, 2016 [en preparación]); Apocalypse and Allegiance, (Grand Rapids: Brazos, 2010).
Paul Erb, El Alfa y la Omega (Biblioteca Menno, 2014)
Dionisio Byler, La autoridad de la Palabra en la iglesia (Biblioteca Menno, 2002) Capítulo 6.
---------, Hablar sobre Dios desde la Biblia (Biblioteca Menno, 2011) Cap. 3, tema 5; Cap. 4, tema 4; Cap 10, temas 4 y 5.
---------, No violencia y Genocidios (Biblioteca Menno, 2014), Ensayo 8.

 


1. Miami: Unilit, 1989, pp. 16-18.

2. Nelson Kraybill (2016) cap. 1.

3. Ibíd.

4. Otro ejemplo, aunque sólo existe en inglés, sería Bruce J. Malina, On the Genre and Message of Revelation: Star Visions and Sky Journeys (Peabody, MA: Hendrickson, 1995).

 
  Copyright © 2015 Dionisio Byler