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El Espíritu Santo, nuestro paráclito
Predicación en Burgos, CCUUAA — 31/05/2015
Dionisio Byler

En diciembre, en el Encuentro Menonita, hablé sobre «Amigos de Jesús». Luego el domingo después del Día del Padre, os hablé sobre Dios como «El mejor de los padres». Entonces me ha parecido que hoy, Domingo de Trinidad —una semana después de Pentecostés— tocaba predicar sobre nuestra relación con el Espíritu Santo.

Y para resumir en una palabra el sentido de nuestra relación con el Espíritu Santo, he decidido fijarme en el término griego Paráclito. Paráclito es uno de los nombres como se conoce el Espíritu Santo, porque es así como lo describe Jesús en el Evangelio de Juan.

Volveremos a qué es lo que significa esa palabra y en particular, la relación con el Espíritu Santo que viene a indicar. Pero antes, quiero explicar qué es lo que venimos a describir como Espíritu Santo.

En primer lugar, hablar del Espíritu Santo es una forma más de referirnos sencillamente a Dios.

1. Dios es muchas cosas, pero entre ellas, tenemos que Dios es espíritu.

¿Y qué es lo que entendemos por «espíritu»?

En el Antiguo Testamento, escrito en hebreo, la palabra es rúaj, que podríamos traducir como aire, aliento, respiración, viento. Observaban que había un algo invisible que hacía moverse las hojas de los árboles y que los refrescaba en días de calor. Una fuerza invisible traía las nubes que regaban la mies de sus campos. Y un movimiento invisible de aire entraba y salía de los cuerpos con vida. Cuando cesa esa respiración, desaparece también la vida humana. A esa maravilla invisible, el aire en movimiento que es sinónimo con la vida, ellos lo llamaban rúaj. Y decían que Dios también es rúaj, que Dios es el origen de toda rúaj. Por consiguiente, Dios es también el origen de toda la vida y de los fenómenos del clima que hacen posible la fertilidad de la tierra.

En el Nuevo Testamento, escrito en griego, la palabra es pnévma. Y tiene más o menos ese mismo significado: aire, viento, respiración, aliento. Los filósofos griegos habían desarrollado bastante más la idea de pnévma o viento divino como esencialmente luminoso y celestial. Algunas de estas ideas aparecen en el Nuevo Testamento pero esencialmente pnévma, es decir espíritu, seguía siendo para ellos ese mismo fenómeno milagroso: El movimiento invisible del aire, sin el cual sería imposible la respiración —es decir la vida— ni tampoco los fenómenos del clima que dan fertilidad a la tierra.

2. Pero ahora esta idea de espíritu como aire milagroso en movimiento, inseparable de la vida, se califica con una segunda palabra: el adjetivo santo.

Cuando nos acostumbramos demasiado a las palabras dejamos de reparar en su significado, así que os voy a sugerir expresiones como Aliento de Santidad, o Soplo de Consagración, como sinónimos de Espíritu Santo. Viene a ser lo mismo, pero me parece que así observamos mejor ese elemento que los autores de la Biblia más querían enfatizar sobre el Soplo Divino, es decir el Espíritu de Dios: La idea de la santidad que le es característica, y a la que mueve a los que tratan con él.

Ah, pero ¿y qué es la santidad?

En pocas palabras, el concepto de santidad en la Biblia es separación. Tiene que ver con el orden. No es tanto que unas cosas sean buenas y otras malas, como que lo que es bueno y santo en un lugar, está fuera de lugar en otro y ahí constituye una profanación. La relación sexual, por ejemplo, es buena y hermosa en el matrimonio, pero vergonzosa fuera del matrimonio. Unos billetes de dinero son tuyos hasta que pagas algo con ellos. Arrebatarlos después por la fuerza sería robo.

Para que Israel comprendiera cabalmente la importancia de separación —es decir santidad— para Dios, los mandamientos del Antiguo Testamento instituyen otras separaciones que han de cumplirse rigurosamente en Israel. Hay por ejemplo animales cuya carne se puede comer —es apropiada para consumo en Israel: la ganadería ovina y bovina, las aves que comen grano. Hay otros animales que no. Comer su carne sería una profanación en Israel: el cerdo, el conejo, las aves rapaces. No es que la carne porcina sea mala; otros pueblos la comemos y nos resulta sabrosa y nutritiva. Pero ha sido apartada de Israel, para ayudarles a comprender  el concepto de orden o distinciones, es decir, el concepto de santidad.

Israel ha sido consagrada para Dios. Ha de existir separadamente del resto de las familias y etnias de la humanidad, apartada para alabanza del Nombre del Señor. Pueden vivir entre las demás naciones, por supuesto, pero siempre con sus propias costumbres como señal de esa separación o santidad para Dios.

Las personas de otras familias o etnias de la humanidad también nos podemos consagrar a Dios, voluntariamente, para vivir vidas de santidad o separación para Dios. No es necesario que asumamos las mismas normas simbólicas exteriores de separación —el régimen de alimentación, por ejemplo— pero si queremos que el Señor de Israel sea también nuestro Dios, hemos de vivir apartados de las costumbres y actitudes y formas de vivir de todo el mundo a nuestro alrededor. Esta separación viene a conocerse como santidad.

En la Biblia, Dios se describe primeramente a sí mismo como santo, es decir separado, apartado de los demás. El Señor de Israel no es como los demás dioses de las demás naciones. Tiene otra manera de proceder, trata de otra manera a las personas, tiene otro proyecto muy diferente para la sociedad humana. Israel profanó el nombre del Señor siempre que sus líderes pretendieron transformar al Señor de Israel en un dios nacionalista y militarista como cualquier otro dios del montón. Concretamente, según 1 Samuel 8, cuando decidieron adoptar la monarquía como las naciones que los rodeaban, desecharon al Señor como rey y profanaron su santidad.

Pero además de ser santo Dios mismo, también pretende un pueblo santo. Dios constituye un pueblo aparte, separado para sí, así como Dios mismo es santo y diferente. Y es así como la expresión «Espíritu Santo» no describe solamente el aliento creativo de vida divina por el cual el Señor es diferente a todos los demás dioses. Describe también ese impulso hacia la separación y dedicación a Dios, que caracteriza a los que se dejan llevar por su aliento, se dejan mover por su soplo divino. Allí donde respira el Aliento Divino, impulsa a sus adoradores a no adoptar las mismas costumbres, actitudes y formas egoístas de vivir que sigue todo el mundo.

«Sed santos como yo soy santo» es uno de los mandamientos esenciales de la Biblia. Viene a querer decir: «Distinguíos entre la población humana, así como yo me distingo entre los dioses. Sed diferentes, como yo también soy diferente. Sed justos, como yo también soy justo. Sed misericordioso, como yo también soy misericordioso. Sed generosos, como yo también soy generoso. No os apresuréis a juzgar al prójimo, así como yo tampoco juzgo antes de tiempo. Perdonad a los que os maltratan e insultan, como yo también perdono a los que me desobedecen y se rebelan contra mí. No devolváis mal por mal, como yo tampoco devuelvo mal por mal. Al contrario, tratad bien a todo el mundo, así como yo hago salir el sol sobre buenos y malos, y riego con lluvia los campos de justos e injustos. En pocas palabras: Sed santos como yo soy santo» —dice el Señor.

Y este impulso a imitar a Dios en su forma diferente, inesperada y generosa de ser, es el Aliento de Santidad que Dios ha querido derramar sobre sus adoradores.

Nosotros también, como Israel en tiempos bíblicos, tenemos el privilegio y la vocación de santificar el Nombre del Señor. Santificamos el Nombre cada vez que nos dejamos influir por el Espíritu Santo o Aliento de Santidad, con el efecto de que nuestras actitudes y conductas no sean ya las usuales, basadas en egoísmo y ventajismo y provecho y rencor y venganza y privilegio de unas personas a la vez que desprecio de otras. Al contrario, allí donde sopla el Espíritu Santo, nuestras conductas y actitudes serán de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Es decir, el fruto del Espíritu (Ga 5,22-23).

Bueno, hasta aquí estas definiciones, para que entendamos qué es lo que venimos a conocer como el Espíritu Santo, o Viento Sagrado, o Aliento de Santidad, o Soplo de Consagración.

3. Ahora, unas palabras sobre nuestra relación con él como paráclito.

Paráklitos es un sustantivo griego derivado del verbo parakaléo, que tiene varios tipos de significado. En primer lugar tenemos la idea de mandar llamar, llamar en auxilio, rogar, invocar, pedir. En segundo lugar tenemos la idea de fomentar, provocar, exhortar. Y por último y en tercer lugar, tenemos la idea de consolar. Estas dos últimas ideas se aúnan, tal vez en nuestra palabra castellana animar, o infundir ánimo. Quien anima o infunde ánimo, puede estar exhortando o estimulando o provocando a la acción. Quien anima o infunde ánimo también podría estar consolando, podría estar procurando aliviar una tristeza.

Hasta ahí las ideas que comunica el verbo griego parakaléo.

Guarda relación con este verbo otro sustantivo: paráklisis, que vendría a ser un llamamiento, o bien una petición de auxilio, pero también la exhortación y por último, el consuelo.

Y así llegamos al sustantivo que nos interesa: paráklitos, que es la persona que hace este tipo de cosa: un paráclito sería alguien que intercede por uno, es decir, que da voces pidiendo auxilio por uno; o tal vez un defensor, incluso un abogado defensor; pero un paráclito podría ser también un consolador.

Cuando Jesús en los capítulos 14 a 16 de Juan describe al Espíritu Santo como el Paráclito, está aludiendo a esta configuración de relación entre el Aliento de Santidad y nosotros:

3.1. Por una parte, el Paráclito es quien cuando estamos en momentos de máxima necesidad, empieza a dar voces pidiendo auxilio por nosotros. Para algunas personas —según el don del Espíritu Santo que tienen— es más frecuente que para otros sentir que en determinado momento tienen que dejar todo lo que estaban haciendo para interceder en oración por una persona. Ese es el Espíritu Santo en su función de pedir auxilio, de poner en marcha la oración de los hijos de Dios.

En mi experiencia el caso más dramático sucedió cuando me desperté sobresaltado una noche y sin saber por qué empecé a interceder por mi hermana Margarita. Por aquella época ella viajaba por todo el mundo como una de las organizadoras internacionales de Amnistía Internacional. No serían pocos los violadores de derechos humanos que la tenían tirria. Lo más curioso es que cuando tuve oportunidad de preguntarle qué hubo en la fecha de tal y cual, ella no lo recordaba. Supongo que se podría opinar que por consiguiente, aquello había sido tonterías mías. Yo sigo convencido, sin embargo, que el Espíritu Santo me despertó para ponerme en oración y que mi oración fue eficaz. Tan eficaz, que mi hermana no se enteró de nada.

Este es el Paráclito en su papel de pedir auxilio.

3.2. Muy próxima a esta idea, está la del Paráclito como quien intercede ante el Padre por nosotros, para guardarnos de todo mal. Incluso de males que podemos provocar nosotros mismos sobre nuestras cabezas, por nuestras imprudencias. Cuando cometemos esos errores vitales, donde decidimos apartarnos de la clara instrucción divina que nos manda Dios para nuestra propia protección. Nuestras acciones tienen consecuencias, naturalmente; pero el Paráclito es quien intercede ante el Padre para que intervenga como Salvador y Rescatador de los perdidos.

3.3. Muy próximo a esto está su papel como nuestro abogado defensor. La Biblia ensaya en diversos pasajes la idea de una especie de tribunal celestial, donde Dios preside como juez y ante él presenta sus argumentos el diablo o Satanás, es decir, el fiscal de la acusación. Pero de parte nuestra intercede ante el juez nuestro abogado, nada menos que el propio Soplo de Consagración, el Aliento de Santidad, el Espíritu Santo de Dios. Ya puede presentar todas las pruebas y argumentos que quiera el fiscal —es decir el diablo o Satanás acusador— porque tenemos un abogado en el cielo, el Espíritu Santo.

Si tenemos como Paráclito —es decir como abogado defensor— nada menos que el Espíritu Santo de Dios, que presenta argumentos y pruebas a favor nuestro, entonces no tenemos nada que temer. Nada que temer del diablo, por lo menos.

Claro que se comprenderá que para que un abogado defensor pueda hacer su labor con solidez y eficacia, tiene que conocer al acusado, tiene que saber quién es. Imaginaos que el diablo aparezca ante el Juez con sus acusaciones y el Espíritu Santo tenga que admitir que no nos conoce, que nunca ha tenido ningún trato con nosotros, que no nos hemos relacionado con él. ¡Pues muy triste iba a ser su defensa!

Otra cosa muy diferente sería que diga:

—Lo que dice el diablo no se tiene en pie. Yo conozco a esta persona íntimamente. Es más, vivo dentro de él (o ella). Habla conmigo todos los días y a todas horas. Cuando yo le hablo, presta atención. Cuando le impulso a cambiar de actitud, la cambia. Cuando le impulso a perdonar, perdona. Cuando lo muevo a generosidad, es generoso. Cuando lo muevo a no clicar en una página de pornografía en internet, la evita. Él (o ella) y yo somos inseparables. No sólo vivo en su interior, sino que estoy a gusto viviendo ahí.

¡Claro, ante argumentos así, qué va a poder alegar el diablo!

3.4. Con esto ya hemos venido a mencionar otra de las formas de actuar el Espíritu Santo en tanto que Paráclito. Habíamos mencionado que el verbo parakaléo tiene entre otros sentidos, el de exhortar. Entonces el propio Espíritu Santo que vive en nuestro interior, está procurando constantemente guiarnos y exhortarnos para que nos superemos, para que seamos mejores personas. En una palabra, nos impulsa constantemente hacia la santidad. Su Viento nos sopla hacia la separación de las actitudes, conductas y manera de vivir del mundo a nuestro alrededor. Como el Espíritu también es Santo, desde nuestro interior nos impulsa a nosotros también a distinguirnos, a separarnos del montón, a consagrar nuestras vidas para Dios y para el prójimo.

Cada vez que caemos en la imitación de lo malo que vemos a nuestro alrededor, estamos profanando al Espíritu que vive en nuestro interior, profanándonos también a nosotros mismos, cuya vocación es distinguirnos. Y entonces el Viento se pone a soplar, sentimos el perfume de su aliento, oímos su respiración, para exhortarnos y conducirnos a cambios de actitud y conducta y manera de pensar. Hasta encaminarnos otra vez hacia la consagración para Dios y para el prójimo.

Este papel de exhortación que tiene en nuestras vidas el Espíritu Santo, es uno de los más maravillosos de todos. Porque encierra el secreto de poder alcanzar a conseguir la transformación a que aspiramos. Porque ninguno estamos satisfechos con lo que somos. Aspiramos a ser mejores personas, más perfectas en bondad, más pacientes con las circunstancias y con las personas, más capaces de perdonar y pasar página, más generosos con los necesitados. Y a todo esto, y mucho más, nos exhorta continuamente el Aliento Divino que vive en nuestro interior. Pero no de forma machacona, sino como invitación a subir un peldaño más.

3.5. Y por último tenemos el Paráclito como Consolador. Ojalá no tuviéramos que vivir este aspecto de cómo se relaciona con nosotros el Espíritu Santo. Pero inevitablemente, a toda vida humana llegan momentos de dolor intenso —a veces temporadas más o menos extensas de situaciones tristes o difíciles, que se pueden prolongar durante años. Pienso, por ejemplo, cómo nos afecta  el futuro limitado que puede tener un hijo severamente discapacitado. O la lenta progresión de una enfermedad que desemboca al fin en muerte, pero no sin antes haber socavado las fuerzas de sus seres queridos durante años. Alguna amiga nos ha contado lo amargo que es ver cómo se deshace paulatinamente el matrimonio de una hija, y nos confesó con lágrimas en los ojos que ni siquiera cuando se te casan los hijos puedes pensar que se acabaron los desvelos que te pueden provocar.

Para todo este tipo de situación y cuántas más, ahí está el Espíritu Santo en su condición de Paráclito o Consolador. Su aliento nos alivia aunque sólo sea por un rato la tristeza. Nos descubrimos cada madrugada capaces de afrontar otro día más con sus luchas y su dolor, porque nos sabemos acompañados. Aquí en nuestro interior respira el Aliento Divino que nos infunde aliento. Aunque no cambien las circunstancias, nos descubrimos sobrenaturalmente levantados sobre el dolor, para poder animar a otros y secar las lágrimas de otros.

Ojalá nunca te haga falta. Pero cuando llegan esos momentos o esas malas rachas, ahí está. Nunca te abandonará. Tan fiel y tan constante como los latidos de tu corazón, como el mismísimo aire que respiras, es el Aire del Santísimo que llena tus pulmones cada vez que tomas aliento, el Poder del Altísimo que circula por tus venas y renueva tus fuerzas para aguantar y hasta para sonreír.

Una prima mía, Susana Classen, escribió hace años un librito, Entre buitres y mariposas, sobre sus experiencias como enfermera cooperante en El Salvador durante la Guerra Civil de los años 80. Tal vez el relato que más me impactó fue el de una mujer que le contó cómo cuando su familia intentaba cruzar con otros un río para pasar la frontera, al grupo entero lo segaron con ráfagas de metralla desde la ribera. Solamente ella y unos pocos más sobrevivieron. Allí murió toda su familia. Ya no le quedaba nadie en esta tierra.

Mi prima, sobrecogida por lo que oía, le preguntó si cuando recordaba aquello llegaba a dudar del amor de Dios, si no llegaba a dudar hasta de la existencia de Dios. A la mujer se le llenaron de lágrimas los ojos, y le dijo, con la voz entrecortada:

—Si no fuera por Dios, yo no podría seguir viviendo.

Ese es el Paráclito, haciendo de Consolador. Que nunca nos haga falta. Pero si algún día lo necesitamos, sepamos que aquí estará en nuestro interior, y jamás nos abandonará.

 

 
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