Colección de lecturas
 

PDF Orígenes e historia anabaptista/menonita

Breve resumen de los orígenes e historia del
Movimiento anabaptista o menonita
por Dionisio Byler

1. Nociones de los tiempos transcurridos

Desde que se escribieron los últimos documentos del Nuevo Testamento hasta hoy, han pasado 19 siglos. Esto es algo menos que el doble del tiempo transcurrido entre Moisés y Cristo. Quienes conocen las historias bíblicas, pueden pensar en lo que duró la monarquía en Israel —el período abarcado entre los libros de 1 Samuel y 2 Reyes, cuando vivieron además la mayoría de los profetas bíblicos. Ese período abarcó aproximadamente 5 siglos —medio milenio—, es decir, la cuarta parte del tiempo transcurrido entre Cristo y nosotros.

La totalidad de la historia bíblica transcurre además en un mundo cuya tecnología en tiempos de Cristo no era muy diferente de la tecnología que pudieron conocer Abraham o Moisés o el rey David.

Hubo dos cambios tecnológicos importantes sucedidos aproximadamente en la época cuando Israel vivía como tribus independientes, antes de la monarquía en Israel: En primer lugar, tenemos el invento de utilizar argamasa con cal para impermeabilizar las cisternas que cavaban, canalizando a ellas el agua cuando las estaciones lluviosas, para beber durante las estaciones más secas. Así los israelitas lograron instalarse en tierras hasta entonces marginales por la escasez de agua. En el segundo lugar, empieza la edad de hierro. Sin embargo la tecnología del hierro no supuso al principio ventajas importantes sobre el bronce. El hierro en bruto es un material inferior al bronce mientras no se desarrolle la tecnología para transformar el hierro en acero templado. El hierro además tiende a deteriorarse muy fácilmente por el óxido.

Aparte de estas dos innovaciones tecnológicas entonces, Abraham, Moisés, el rey David y Jesús, con todo y haber transcurrido tal vez 1.500 años, vivían en un mismo mundo, con unas posibilidades tecnológicas prácticamente idénticas y unas formas de vida muy parecidas.

1.1. Innovaciones tecnológicas

Pero entre Cristo y el siglo XVI —un período de duración más o menos equivalente al tiempo transcurrido entre Abraham y Jesús— hubo cambios muy importantes a todos los niveles: Se consiguió, por ejemplo, crear la forma de sacar pleno rendimiento al caballo como animal de tiro, transformando la agricultura y el transporte. En la Edad Media también se difundió ampliamente la tecnología de molinos de agua y de viento, que transformaron los procesos de fabricación. Luego también en el siglo IX se inventó la pólvora en la China, la cual llegó a Europa en el siglo XIII, transformando las tácticas de guerra.

Pero con la invención de la imprenta por Gutenberg a mediados del siglo XV, se entró a una revolución de la información que acabaría dando un impulso vertiginoso a transformaciones culturales, tecnológicas, económicas, sociales y religiosas.

1.2. Cambios en el mundo de las ideas

Además de estos cambios tecnológicos, militares y económicos, entre la era del Nuevo Testamento y el siglo XVI, hubo también revoluciones importantes en el mundo de las ideas.

En la generación de Jesús y los apóstoles había fundamentalmente dos maneras de entender la existencia. La de todo el mundo y la de los judíos. Todo el mundo sabía perfectamente que la existencia está determinada por espíritus o dioses o demonios —términos más o menos intercambiables y sinónimos entre sí— que influyen sobre todo: el clima, el curso de la vida, el resultado de las batallas y las guerras, etc. Todo ser humano necesitaba un dios patrono o diosa patrona que lo apoyara en la vida; pero a la vez, los dioses vivían una incesante pugna de intereses cruzados en su propia sociedad de los dioses y espíritus, con lo que el patrono al que uno se encomendaba podía sufrir una merma notable de influencia y poder.

Estas realidades invisibles tenían su más perfecto ejemplo en la propia sociedad humana, donde para prosperar había que contar con el beneplácito y patronato de personas influyentes, que disfrutaban de alguna conexión o influencia en la corte del César. Cualquiera de estas personas nobles o importantes podían tener un efecto desastroso —o increíblemente benéfico— en la vida de uno… pero cada uno de ellos estaba también en pugna constante por no perder prestigio, influencia ni especialmente, la buena voluntad del Emperador.

El cielo y la tierra estaban en armonía entonces. Reflejaban una misma realidad, que era la de que el ser humano particular luchaba por hacerse un pequeño lugar para la felicidad y el bien, aunque siempre sometido sin embargo a incontables seres superiores, tanto humanos como invisibles, que en el mejor de los casos se fijaban en uno para proporcionarle beneficios; y si eso no era posible, uno hacía todo lo posible por pasar desapercibido y vivir en un anonimato donde por lo menos nadie se fijara en uno para desearle mal.

La otra manera de entender la realidad era la de los judíos, que no sólo eran ateos acerca de toda esa multitud de dioses, espíritus y demonios, sino que creían que el único Dios que sí existe, los había elegido a ellos —solamente a ellos de entre toda la humanidad— para protegerlos y para instruirlos con su Ley y sus profetas. En la época apostólica muchos judíos ya no sabían qué creer, sin embargo. Este ateísmo riguroso acerca de todos los dioses y espíritus menos el Dios de Israel, estaba ya bastante matizado por la creencia de muchos judíos en ángeles, espíritus inmundos y demonios. Seguían sosteniendo que su Dios de Israel era el único que merecía el tratamiento de Dios; pero vivían igual de presos que sus vecinos al temor a la influencia de los espíritus peligrosos. La secta de los mesiánicos —es decir «cristianos»— no sólo aceptaba la realidad de la actividad de demonios perjudiciales para el ser humano, sino también la de ángeles patronos, con una especial vinculación con determinados individuos. Piénsese, por ejemplo, en los ángeles de las siete iglesias de Asia Menor, a quienes Juan de Patmos escribe cartas en el libro del Apocalipsis.

Tanto los fariseos como los cristianos entendían, sin embargo, que el desorden y la injusticia y el capricho a que sus vidas parecían sometidas, era sólo un engaño pasajero. El fondo de la realidad era que Dios lo controla todo y lo va a arreglar todo para traer una nueva era de armonía y paz y alegría. Los fariseos esperaban eso para el futuro. Los mesiánicos o «cristianos» también; sólo que entendían que en cierto sentido la nueva era ya había empezado con la muerte y resurrección de Cristo.

De la secta de los judíos mesiánicos o «cristianos» nació, a principios de la Edad Media, la civilización europea como ensamblaje perfecto entre la crueldad y la tiranía de los romanos, mezclada con nociones acerca del gobierno de Cristo en el cielo. Todo el panteón de los dioses había desaparecido, sustituido ahora —a veces con las mismas estatuas— por santos patronos y santas patronas. Pero si en la tierra seguía reinando la desarmonía y la guerra, al menos en el cielo ya se había impuesto la paz de Cristo; de manera que estos ángeles y santos sólo podían influir ahora para bien. A menos que uno se entregara a sabiendas al maligno, pactando con el diablo para sacar alguna ventaja en esta vida; pero esa es otra historia. La de la caza de brujas e intolerancia asesina contra todo aquel que destacando como diferente, pudiera parecer haberse aliado con Satanás en contra de Cristo y su Iglesia.

Y del cruce de ideas judías y cristianas con antiguas supersticiones tribales de los árabes, había surgido una tercera religión monoteísta, también a principios de la Edad Media aunque más tarde. Mahoma y el Islam supieron mezclar el monoteísmo riguroso de los judíos con el espíritu guerrero de los cristianos, para crear un fenómeno nuevo que amenazó en cuestión de muy poco tiempo con conquistar todo el mundo civilizado, desde Asia central hasta el norte de África y penetrando en Europa tanto por el oriente como por la Península Ibérica.

Del Islam, la Europa cristiana aprendió el concepto de la Guerra Santa. Hasta entonces los cristianos venían estado permanentemente en guerra entre sí, pero quedaban todavía rescoldos de la enseñanza pacifista de Cristo y de los apóstoles, que hacían que las guerras fueran más o menos mal vistas. Los clérigos tenían prohibido pelear y los guerreros se veían privados de la Comunión durante un período de penitencia. Un período de penitencia que naturalmente se podía acortar sensiblemente, si uno se mostraba generoso con la Iglesia fundando un monasterio o sufragando la construcción de un templo. Los monjes y curas así favorecidos por las donaciones de los guerreros con mala conciencia, contraían el deber de estar rezando más o menos permanentemente por las almas de los señores de la guerra. Así se podía solucionar tal vez el problema personal de conciencia de algunos guerreros cristianos, pero no el problema de fondo, de que la guerra estuviera mal vista como algo muy inferior a la pura religión cristiana que vivían los monjes.

Con el auge del Islam, sin embargo, caló en la cristiandad esta nueva idea de que las guerras pudieran ser no sólo humanamente necesarias para vengar agravios al honor y para conquistar tierras, sino que pudieran también agradar a Dios. La Reconquista de la Península Ibérica es un buen ejemplo del concepto islámico de la Guerra Santa, aplicada ahora por cristianos para combatir contra el Islam.

1.3. Cristianos a contracorriente

Los grandes cambios históricos jamás se producen de una manera monolítica; siempre hay mucho diálogo y mucha oposición entre ideas muy contrarias. A la vez que la sociedad europea evolucionaba como lo venimos describiendo, había corrientes contrarias, que procuraban distanciarse de toda la crueldad y vanagloria de la cristiandad, que en muchos sentidos era sencillamente la continuidad de los valores romanos paganos y de las tribus paganas que habían conquistado a los romanos en toda Europa, añadiendo ahora el fanatismo conquistador de los musulmanes.

Cuando el Emperador declaró que todos sus súbditos tenían que ser cristianos, hubo especialmente en Egipto una espantada al desierto, de cristianos radicales que no querían tener nada que ver con la vanagloria y el poder de este mundo. Esa tendencia se consolidó durante toda la Edad Media en el movimiento monacal, donde innumerables hombres y mujeres prefirieron apartarse de este mundo tan perverso a pesar de ser cristiano, y dedicarse a vivir vidas piadosas en pequeñas comunidades de oración y trabajo.

En el siglo XII hubo dos movimientos, uno tolerado por la iglesia y el otro perseguido, pero cuyos orígenes eran exactamente iguales. Tanto Pedro Valdo como Francisco de Asís eran personas de la clase burguesa, más o menos adinerados, que renunciaron a sus bienes y se dedicaron a predicar el evangelio a los pobres, en términos sencillos y de honda identificación con los padecimientos de los campesinos, esclavos y demás oprimidos. Ambos movimientos, el de los valdenses así como el de las órdenes mendicantes como los franciscanos, influirían especialmente en la forma como la población campesina —y los pobres urbanos— entenderían el evangelio.

A San Francisco y a Santo Domingo, la Iglesia supo tenerlos controlados y así controlar también a la plebe y al campesinado a los que predicaban. Pero Pedro Valdo decidió seguir predicando porque Dios se lo mandaba aunque el Papa se lo prohibió. Y así por primera vez —en el siglo XII— se hace carne la idea de una iglesia paralela, una contra-iglesia, un grupo de seguidores de Cristo que sin embargo rechazan de cuajo la Iglesia que todo el mundo entendía haber sido instituida por el propio Cristo.

Cuando en Bohemia —hoy Chequia— durante el siglo XV los escritos de un tal Pedro Chelcicky fueron la inspiración para la creación de una pequeña secta llamada la Unitas Fratrum —o «Unión de hermanos»—, esto era seguramente posible porque seguía presente la realidad de los predicadores valdenses, que no se sometían a la autoridad de la jerarquía de la Iglesia. Chelcicky fue el primer escritor importante en lengua checa, por lo cual hasta el día de hoy se lee en las escuelas de Chequia. Pero sus ideas eran hondamente radicales con respecto a la cristiandad europea. Según Chelcicky todos los cristianos son hermanos y los apóstoles habían enseñado a tratar a todos exactamente igual, sin ninguna otra cabeza que el propio Cristo. De un plumazo, con sus escritos Chelcicky desautorizaba toda la jerarquía eclesiástica y todo el entramado de la sociedad feudal.

Entre tanto en Inglaterra, ya en el siglo XIV, la traducción que hizo John Wycliff del Nuevo Testamento a la lengua vulgar, ocasionó enormes dificultades para la corona inglesa y para el clero. Como no existía todavía la imprenta, la secta de los «lolardos» que surgió como consecuencia de esa traducción, se enseñaban unos a otros de memoria libros enteros del Nuevo Testamento; y también se aprendían de memoria algunos otros escritos más o menos radicales, con los que daban instrucción en sus celdas clandestinas. Porque naturalmente, tanto el clero como la corona se esforzaron con ahínco por exterminar el movimiento.

2. El movimiento anabaptista

De manera que cuando aparece el anabaptismo en Zúrich, Suiza, en 1525, no aparece de la nada como por concepción virginal —sin antecedentes— como ideas radicalmente novedosas que nunca antes se habían podido concebir. Los anabaptistas supieron aprovechar el desconcierto creado por la rebeldía contra Roma de una parte importante de la iglesia alemana y suiza, para propagar la idea de un cristianismo que —como habían sostenido los valdenses— no necesita autorización papal para predicarse; un cristianismo donde —como los franciscanos y demás órdenes mendicantes— se entendía que los pobres se parecen mucho más que los ricos a Cristo; un cristianismo que —como los lolardos ingleses— se basaba en un hondo conocimiento de los evangelios aprendidos de memoria en la lengua del pueblo; o que —como los hermanos checos— entendían que todo el entramado eclesial y social y político y económico de Europa era diabólicamente contrario al evangelio de Jesús y los apóstoles.

En los últimos 500 años tanto la Iglesia Católica como las iglesias protestantes han evolucionado muchísimo; seguramente más incluso que en los 1.500 años anteriores. Pero en el siglo XVI los anabaptistas fueron los únicos en sostener con firmeza y claridad que a Cristo sólo lo siguen —lo que es seguirlo de verdad— aquellos que quieren y eligen libremente seguirlo; y que los que de verdad siguen a Cristo se le parecerán —por supuesto— en conducta, santidad, humildad y no violencia. Es decir que fueron los anabaptistas los que recuperaron la idea de que es necesario convertirse para ser cristianos. Hoy día esa idea no resulta en absoluto original ni sorprendente. Hasta la Iglesia Católica habla de evangelizar y de la necesidad de conversión. Pero en el siglo XVI tanto los católicos como los protestantes seguían pensando que toda la sociedad europea era por naturaleza cristiana y que lo único que hacía falta era que la virtud del bautismo que se les había aplicado cuando nacieron, hiciera mella en las personas y los atrajese a Dios.

Los anabaptistas entendían de una manera mucho más radical el mal que está instalado en el alma humana. Si no es por el poder transformador del Espíritu de Cristo, nadie puede seguir de verdad a Jesús. Y quien dice ser cristiano pero no sigue en las pisadas de Jesús, andando como él anduvo, perdonando como él perdonó, amando como él amó, dando como el daba… pues si no vive así, puede llamarse cristiano pero no lo es. Los anabaptistas recuperaron la idea del arrepentimiento, que venía siendo parte del entramado de confesiones y penitencias con que el clero mantenía dominada a la gente. Arrancaron el arrepentimiento del confesionario y del sayo y las peregrinaciones y los avemarías y padrenuestros, para decir que el verdadero arrepentimiento produce tal transformación interior de la persona —por obra del Espíritu Santo— que la persona se descubre ahora capacitada para vivir una vida nueva, diferente de la que llevaba antes de arrepentirse. Descubrieron que de nada sirve arrepentirse de pecados —en plural— sin arrepentirse del pecado en sí, como manera habitual de vivir y existir.

¡Volver a nacer! Esto es lo que predicaron los anabaptistas que era necesario y que era posible. No era una idea nueva. Según el evangelio de Juan, la frase viene de Jesús mismo, que ya se lo había querido explicar a Nicodemo.

La idea de que los europeos, que decían ser cristianos, no lo eran en absoluto y que había que empezar a cumplir el mandamiento de Cristo de predicarles el evangelio, tampoco se la inventaron los anabaptistas de la nada. Erasmo de Rotterdam, un sabio holandés más o menos contemporáneo de Lutero y bastante mayor que los primeros anabaptistas, ya había dado esa interpretación al pasaje de Mateo 28, donde pone: Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Erasmo entendía que había que empezar a hacer eso aquí mismo en casa, en la Europa pretendidamente cristiana.

Pero los anabaptistas fueron los únicos que en el siglo XVI entendieron ese mandamiento, explicado así por Erasmo de Rotterdam, como un llamamiento de Cristo mismo a salir y evangelizar a sus vecinos. Y fueron los únicos que entendieron que si a los cristianos europeos había que predicarles el evangelio —porque nunca antes lo habían oído de verdad— también correspondía bautizarlos y a la postre, instruirles claramente a guardar —es decir cumplir, obedecer— todas las cosas que Jesús había dicho. Para ellos, entonces, el problema de Europa no se solucionaba con algunos retoques a la doctrina y unos ajustes a la jerarquía eclesiástica, como pretendían realizar los reformadores, Lutero, Zuinglio, Calvino, etc. Los Reformadores estaban convencidos de que Europa sí que era cristiana, sólo que había que reformar ese cristianismo. Los anabaptistas sabían que Europa era profundamente ignorante del poder transformador del evangelio y que nada de lo que les habían hecho creer era verdad, porque les faltaba el dato esencial sobre el que se construye todo lo demás:

¡Para ser cristiano es necesario nacer de nuevo; y habiendo nacido de nuevo, bautizarse; y al salir de las aguas del bautismo, disponerse a vivir vidas transformadas, vidas que se parecen a la del propio Jesús y que aceptan que todo lo que Jesús enseñó es para ellos, para que lo cumplan ellos personalmente!

Los anabaptistas sabían perfectamente que esto es imposible según la carne. Que no hay forma de conseguirlo con las propias fuerzas de uno. Pero entendían que por virtud del Espíritu de Cristo que consiente en vivir en nosotros, lo que humanamente es imposible, por el Espíritu es normal y natural. Sin la idea de una conversión real, de un morir a la carne y volver a nacer para el Espíritu, el anabaptismo es una quimera, una fantasía; es el mismo perfeccionismo inalcanzable que desde siempre venían persiguiendo los monjes y místicos encerrados en sus conventos para concentrarse mejor en sus esfuerzos heroicos por alcanzar la santidad. Los anabaptistas no necesitaban encerrarse para ser santos. La luz de Cristo que brillaba en su interior renacido los impulsaba, al contrario, a testificar a todo el mundo sobre la transformación que estaban experimentando.

3. Resumen de la historia menonita posterior

Sobre el movimiento anabaptista en sí y sobre el papel de Menno Simons ya he escrito en otras oportunidades y no voy a hablar hoy. La reacción de los gobernantes, tanto de la iglesia como del estado, fue rápida, durísima y bastante eficaz. Al cabo de un siglo, el anabaptismo se había refugiado en algunos pocos reductos donde eran medianamente tolerados, después de regar con la sangre de sus miles de mártires las plazas de media Europa.

Pero desde entonces han vuelto a pasar otros cinco siglos. Y han sido cinco siglos llenos de cambios como nunca antes había conocido la humanidad. Cambios que además se producen de una manera cada vez más acelerada. Cambios en tecnologías pero también en formas de entender la vida.

Durante esos cinco siglos los herederos del anabaptismo, concretamente las iglesias menonitas, hemos tenido de todo. En cierto sentido, fue más fácil ser radicales por Cristo cuando la opción se presentaba en blanco y negro, la elección del martirio o de seguir viviendo pero habiendo renegado de Cristo. Naturalmente, uno escogía a Cristo, confiando en la gloria de la resurrección que nos espera.

Pero fue más difícil saber cómo actuar cuando los descendientes de los anabaptistas, castigados por la intolerancia y la persecución, oían de la posibilidad de instalarse en algún lugar donde les darían tierras que labrar y los dejarían en paz, a cambio de que se comprometieran a dejar de evangelizar. En momentos así, cuando todos los líderes con ideas más claras ya habían muerto mártires, es quizá comprensible que por amor a los hijos, se aceptara el trato… quizá con la idea de algún día ponerlo a prueba volviendo a evangelizar. Hubo menonitas suizos que acabaron en el norte de Alemania en esas condiciones en el siglo XVII; menonitas alemanes que acabaron en Ucrania en esas condiciones en el siglo XVIII. Los menonitas tenían la reputación de ser gente que llevaban vidas rectas y austeras, gente que guardaba su palabra, que nunca creaba problemas de desorden ni robos ni criminalidad de ningún tipo. Trabajaban duro y no se metían con nadie. Eran colonos ideales allí donde había que repoblar tierras arrasadas por la guerra o poblar territorios recientemente conquistados.

Así recalaron también en América, dejando siempre atrás las persecuciones y buscando regímenes de gobierno que les prometieran paz y tolerancia a cambio de su laboriosidad, rectitud y ejemplaridad moral.

Los menonitas —especialmente aquellos grupos más marginales como los amish o los descendientes de las colonias en Ucrania, que ahora viven en colonias en Canadá, México, Paraguay, Brasil, Bolivia y Argentina— se parecen mucho a los judíos en su capacidad de medrar y prosperar en cualquier lugar donde los dejen vivir en paz, pero sin nunca acabar de integrarse del todo en la sociedad en derredor. Como pasa con los judíos, sus vecinos ven a los menonitas y a los amish con cierta curiosidad, a mitad de camino entre la fascinación y el desdén. Al mundo le cuesta imaginar que viviendo así, puedan ser felices. Pero también envidian sus tradiciones y la sencillez rústica de sus vidas.

Y así van pasando las generaciones y los siglos y un buen día descubrimos que es posible ser menonita por tradición y por familia y apellidos. Que eso de nacer de nuevo, casi como que sobra, porque desde niño te han educado de una determinada manera… y los que han vivido toda la vida como menonitas, sencillamente están socializados para ser así.

El caso es que los menonitas hemos necesitado y seguimos necesitando la influencia de otras corrientes de renovación mucho más recientes, que traen savia nueva y que nos vuelven a recordar verdades que antes proclamábamos con tanta claridad. ¡Hay que nacer de nuevo! Cualquier cristianismo que no es más que costumbrismo y bondad humana, es menos que lo que es posible vivir si estamos dispuestos a morir a la carne y nacer por el Espíritu. Así el pietismo alemán influyó mucho —para bien— en el menonitismo norteamericano en el siglo XIX. En el último medio siglo, han influido sensiblemente en la realidad menonita el movimiento pentecostal o carismático, por una parte; y las iglesias jóvenes de África, Asia y América Latina, por otra.

Estas iglesias jóvenes en otros continentes, son el resultado de las misiones realizadas por los menonitas durante todo el siglo XX. Estas iglesias jóvenes, de personas auténticamente convertidas y bautizadas y llenas del Espíritu Santo, tienen mucho que enseñar a las viejas iglesias menonitas históricas de Europa y de Norteamérica, que en algunos casos ya no saben lo que creen y prefieren dedicar sus vidas a la familia y al trabajo y a pagar la hipoteca y tomarse sus muy merecidas vacaciones en el verano —y que no les compliquen la vida con ningún tipo de radicalismo, por favor.

4. Lecciones de este testimonio histórico

Pero es importante no despreciar el testimonio de medio milenio de vivencias y de cosas aprendidas en condiciones a veces muy difíciles.

Hay muchas maneras de resumir las creencias que hemos aprendido a sostener y mantener en el transcurso de medio milenio los menonitas, a pesar de todos los cambios; cambios en la sociedad y en el mundo, pero cambios también internos en nuestras comunidades. Yo suelo sintetizar esas creencias típicas, más o menos como sigue:

  • El rasgo más característico de los menonitas es el de aceptar que Jesús no es solamente nuestro Salvador y Señor, sino también nuestro Maestro y Ejemplo a seguir. Esto significa que los menonitas típicamente van a acabar recurriendo a las palabras de Jesús que vienen en los evange­lios —y en particular, los menonitas vuelven una y otra vez, incesantemente, al Sermón de la Montaña: Mateo 5-7, para recibir la orientación esencial para sus vidas. Es verdad que hay menonitas que hacen esto de una manera mecánica, literalista y legalista, usando las palabras de Jesús para machacar al hermano. Pero otros muchos menonitas intentamos sencillamente que toda nuestra vida y conducta haya captado el Espíritu y la forma de ser que las palabras de Jesús intentan impartirnos.

Esta centralidad de Jesús como Salvador y Señor, pero también como Maestro y Ejemplo a seguir, tiene característicamente otras tres consecuencias que serían típicas de los menonitas:

  • La primera ya la hemos mencionado: es nuestra forma de leer la Biblia, donde la enseñanza y el ejemplo de Jesús es la lente que empleamos para leer todo lo demás que hay en ambos Testamentos.

  • La segunda, es que aprendemos de Jesús que sus discípulos no podemos vivir igual que los que no le siguen. Existe una separación entre la santidad y el pecado. Existe una separación entre los poderes de este mundo y el poder de la cruz y del martirio y de la no violencia. En su sentido último o más extremo, entendemos que si Cristo venció mediante la cruz, sus discípulos también debemos estar dispuestos a dejar la vida antes que quitar la vida al prójimo. Si Cristo, siendo el rey de Israel escogido por Dios, renunció a ejercer su reinado defendiendo sus ideales con las armas, nosotros también tenemos que escoger formas no violentas de defender todo aquello que nos parezca digno de defender.

  • Vemos que Jesús predicó con el ejemplo el vivir en comunidad. Entendemos que la vida cristiana no es un proyecto individualista sino comunitario. No creemos que sea posible seguir a Cristo si no es en comunidad con otros que nos corregirán, nos enseñarán con el ejemplo, nos amarán y levantarán cuando caemos, nos perdonarán cuando les desilusionamos con nuestras debilidades e imperfecciones. Sin esos apoyos, ¿quién sería capaz de plantearse seriamente vivir como vivió Jesús?

Pero si entendemos que la iglesia es antes que nada comunidad, entonces entendemos también que la autoridad de Jesús sobre la iglesia se expresa asimismo por medio de la comunidad. Los menonitas muchas veces hemos tenido líderes importantes, personas que Dios ha levantado y que han inspirado a toda una generación. Pero normalmente esos líderes menonitas han predicado con el ejemplo y la humildad y con la sencillez de sus vidas abiertas a las miradas de sus hermanos y hermanas, en lugar de emplear tácticas de mando o de manipulación de las masas. De hecho, los menonitas tenemos personas ordenadas para el ministerio, pero carecemos de clero. Entendemos que la única cabeza posible de la Iglesia es Cristo; y todos los demás —por importantes que sean— serán siempre esencialmente hermanos a los que tenemos que escuchar pero también a veces corregir con amor.


1. La presente es una revisión posterior, de una charla dada en la Iglesia Menonita de Barcelona, el 29 de marzo, 2009.

2. Hasta la Edad Media se utilizaban para el caballo yugos al estilo de los bueyes.  Por sus diferencias anatómicas respecto al buey, sin embargo, el yugo dificultaba la respiración del caballo, mermando sensiblemente su eficacia como animal de tiro.

3. Ver por ejemplo D. Byler, Identidad cristiana (en la corriente anabaptista/menonita), (POD Bubok: Biblioteca Menno, 2009).

 
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