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PDF Educar para la justicia y el perdón

Educar para la justicia y el perdón
por Dionisio Byler, Facultad de Teología SEUT, El Escorial
Conferencia para el Aula de verano del Instituto E. Mounier
Burgos, 1 de julio de 2012

No sé —ni tampoco he preguntado— qué criterios se ha tenido para la selección de los ponentes para este evento.  En cualquier caso por cuanto se me ha invitado a mí, un teólogo protestante especializado en estudios bíblicos, entiendo que se ha hecho suponiendo que hablaré de lo que sé, desde mi perspectiva particular.  El tema que se me ha encomendado es «Educar para la justicia y el perdón».  Entre tanto, esta última década mi atención se ha ido concentrando especialmente en el estudio del Antiguo Testamento.  Pensando en cómo relacionar el tema que se me ha pedido para hoy con esto que a mí me ocupa, se me ha ocurrido desde el principio que la relación es obvia y de hecho sumamente interesante.

Yo estoy convencido que el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana es una colección cuyo fin era instruir a los escribas de Israel en los valores, las actitudes y la sabiduría que el pueblo judío creía haber recibido directamente de Dios.  En particular, uno de esos valores fundamentales era la perspectiva adecuada para comprender la historia de su pueblo a lo largo de un milenio.  El Antiguo Testa­mento de la Biblia cristiana contiene, entonces, no sólo un importante compo­nente de narración histórica sino también —muy especialmente— una filosofía de la historia.  Una explicación del significado y el porqué de los desenlaces históricos.  Un significado y un porqué que son altamente éticos y morales y tienen que ver directamente con los valores de la justicia y el perdón.  Pero si resulta que el Antiguo Testamento se coleccionó y utilizó como textos para la formación de los sabios escribas de Israel, entonces una parte del cometido del Antiguo Testamento es, precisamente, educar para la justicia y el perdón.  Son textos cuyo propósito —entre otros fines— es educar para la justicia y el perdón.

Intentaré, entonces, explicar cómo funciona esto y cómo aborda el Antiguo Testamento esa labor de formar en los valores de la justicia y el perdón.  Obser­varemos que la estrategia pedagógica empleada es contar historias didácticas que invitan a la reflexión.  Y vendré a sugerir que esa estrategia, la de contar historias que invitan a la reflexión, sigue siendo eminentemente útil hoy también, miles de años después de que se escribiera el Antiguo Testamento.  Y concluiré con una historia verídica sucedida en Sudáfrica hace algunos años, como ejemplo contemporáneo de narraciones que invitan a meditar sobre la relación que existe entre la justicia y el perdón.

El mito de la violencia justiciera

Antes, sin embargo, me parece necesario observar cómo actúa sobre noso­tros desde una muy remota antigüedad otra educación, en otros valores.  Me refiero al mito de la violencia justiciera que nace a la par con la civilización humana y sin el cual tal vez la civilización —al menos tal cual la conocemos nosotros— jamás hubiera podido existir.  Tengo que hablar del mito de la violencia justiciera precisamente porque promulga su propia visión de la justicia, de lo que es justo y de cómo la justicia se obtiene.  Es una visión donde la justicia se entiende como algo diferente o contrario del perdón; una justicia que bien es cierto que sabe perdonar pero lo hace como concesión, como magnanimidad que sólo es posible cuando no peligra la justicia misma, cuya naturaleza es esencialmente retributiva o vengadora.  Por cuanto está tan honda y extensamente difundida la concepción de la retribución y la venganza como parte de la mismísima esencia de la justicia, tenemos que observar cómo se nos ha educado en ese valor —el de la venganza justiciera o justicia retributiva— para empezar a comprender cómo el Antiguo Testamento va forjando una visión alternativa de una justicia cuya esencia es el perdón y cuyo modelo a imitar es el perdón divino.

Se dice que las historias que contamos los seres humanos suelen seguir el guion de media docena de tramas y que hay pocas cosas tan raras como una trama original.  Seguramente una de estas tramas primordiales que en miríadas de mutaciones se cuentan cada día, sería el mito de la violencia justiciera.  En su forma más clásica es la historia del héroe que lo es muy a pesar suyo.  El héroe se resiste a asumir la responsabilidad —ordenada por los dioses— de defender a los indefensos y proteger a los débiles.  Pero al final la terrible perversidad de los malvados, que no respetan la vida y no les importa provocar toda suerte de sufrimientos, obliga al héroe a entrar en razón, vengar víctimas inocentes, derrotar y dar muerte a los malhechores.  Y naturalmente, cuando por fin cumple con esa sagrada responsabilidad, los dioses intervienen para enmendar todo mal y generar una nueva era de paz y prosperidad.

Se reconocerá esta trama con facilidad en la literatura clásica, en el cine y la televisión.  Se reelabora de mil maneras en los cuentos para niños, contribuyen­do a forjar nuestra visión moral desde la más tierna infancia.  Como cuento para niños, la trama brilla en su forma más clásica en la película de dibujos animados de Disney El Rey León.  Como historia para un público más maduro, probable­mente jamás se haya superado la versión que hallamos en la película Solo ante el peligro, de 1952, con Gary Cooper y Grace Kelly.  En ella, las convicciones pacifistas de una tradición minoritaria del cristianismo quedan en evidencia como irresponsabilidad e insolidaridad frente a la maldad imperante en este mundo.  Porque en este mundo, tristemente, hay que saber ensuciarse un poco las manos para luchar contra la perversidad y malignidad de quienes no tienen escrúpulos en absoluto.

El mito de la violencia justiciera se conoce desde los albores de la civiliza­ción humana.  Porque desde que existe la civilización, ha sido necesario inculcar a la gente la necesidad de obedecer a los soberanos y seguirlos hasta el campo de batalla, donde hay que sacrificar valientemente la vida, a la vez que procurar matar a cuantos enemigos sea posible.  Desde luego siempre ha habido indi­viduos excepcionales dispuestos a sacrificar la propia vida por el bien del prójimo; y siempre ha habido individuos excepcionales capaces de vencer nuestros reparos instintivos contra el acto de matar al prójimo.  Pero para que grandes multitudes de personas se presten a eso de una forma organizada y sistemática, hace falta empezar con un programa de lavado de cerebros desde la más tierna infancia.

Y el instrumento que ha servido para ese lavado de cerebros a escala masiva que acompaña todas las civilizaciones humanas, es el mito de la violencia justi­ficada.  Repetido machaconamente de mil maneras a lo largo de la vida, nos programa con su visión de la moralidad mucho antes de que sepamos discernir el bien y el mal, mucho antes de que podamos adivinar que nos están progra­mando para un fin ulterior.  Aprendemos que es moral y necesario y sagrado matar y dejarse matar como el precio a pagar para poder vivir en un mundo donde existe justicia y orden y paz, donde todos salen ganando a pesar de que algunos, tristemente, hayan tenido que ser sacrificados en el camino.

Quizá quien más claramente lo expresó en la historia de la humanidad, fue el sumo sacerdote Caifás cuando el juicio a Jesús.  Caifás dijo: «Es preferible que muera uno, antes que perezca la nación entera».  Exactamente.  Aunque quepa sospechar que ese uno es inocente, como seguramente se daba cuenta Caifás en el caso de Jesús.  Porque la injusticia —incluso la muerte— cometida contra algunos inocentes será siempre el daño colateral que hay que aceptar, el peaje indispensable que hay que sacrificar, para que la sociedad entera se beneficie.

Antes de aprender ninguna otra cosa, entonces, hemos aprendido que para que haya paz y justicia y bienestar general y orden social, tenemos que pagar el precio de vencer nuestros escrúpulos y castigar a los malhechores.  Tenemos que estar dispuestos a hacerles sufrir, privarles de la libertad y en última instan­cia, si no queda más remedio, tenemos que estar dispuestos a acabar con sus vidas.  Y como esto nos lo han inculcado desde los primeros cuentos para niños que hemos oído, no importa la religión ni la filosofía ni la ideología política que adoptemos más adelante en la vida.  Porque cualesquiera sean nuestras otras convicciones, lo que jamás seremos capaces de cuestionar es que el castigo, la venganza, el devolver mal por mal, es necesario para que haya orden y paz y justicia en este mundo.

Frente a este mito universal de las civilizaciones humanas, entonces, el Antiguo Testamento nos ofrece otra narrativa diferente, otra manera de conce­bir de la realidad.  En última instancia, será también otra manera de concebir de la justicia, ya no como retribución, castigo y devolver mal por mal sino como invitación al perdón y la reconciliación.

Diversidad y evolución de ideas en el Antiguo Testamento

Visto superficialmente, el Antiguo Testamento no parecería ser un lugar donde buscar una construcción alternativa de la justicia; una justicia basada en el perdón y la reconciliación y no en la retribución y el castigo.  El Antiguo Testamento contiene historias de violencia espantosa que se justifica por la clara culpabilidad de las víctimas.  Hay genocidios de tribus y naciones enteras, genocidios mandados por Dios para castigar el mal cometido.  Existe allí, aparentemente, una concepción de Dios como un ser iracundo, irritable, incapaz de perdonar ni tener en cuenta la debilidad humana, terrible e incapaz de misericordia siempre que sufre la afrenta de la desobediencia humana.

El Antiguo Testamento, sin embargo, no es un libro escrito por un único autor con una única perspectiva o un único punto de vista.  Al contrario, es una inmensa colección elaborada a lo largo de varios siglos por toda una secuencia de autores, revisada y perfeccionada cada vez que se copiaron esos documentos durante aquellos siglos.  Y una de las características del Antiguo Testamento es que ya empieza a ser notable en él lo que a la postre sería el aspecto que los cristianos hallamos más sorprendente en el Talmud de los judíos.  El rasgo más esencial del pensamiento teológico judío es el del diálogo y el debate, donde no se exige que todo el mundo esté de acuerdo sino que participe activamente en la conversación.  Todo estudiante del Talmud debe saber bien qué es lo que piensa, pero llega a esas conclusiones participando en un debate donde las opiniones más dispares tienen todas cabida, para ser consideradas y sopesadas en cada generación.

Este rasgo característico del pensamiento teológico judío ya aflora en el Antiguo Testamento, donde por casi cualquier cosa que ponga en una página, es posible encontrar otra afirmación en otra página que diga lo contrario —o por lo menos que matice y condicione esa afirmación inicial.  Como con ejem­plos nos entendemos mejor, vamos a ver uno que además tiene que ver con la justicia de Dios, si es de castigo y retribución o de perdón y misericordia.

En el capítulo 34 del libro de Éxodo, Moisés asciende al monte Sinaí para uno de sus encuentros con Dios.  Cuando llega a la cima, el Señor desciende desde una nube y pasa por delante de Moisés, que escucha la siguiente declara­ción sobre la naturaleza de Dios:

El Señor, el Señor, Dios amante y bondadoso, lento de rabias e inmenso de compromiso y fidelidad, que guarda compromiso para miles, quita maldad y traición y error pero en absoluto declara inocente, que por la maldad de padres pide cuenta a hijos, a nietos, a bisnietos y a tataranietos (Éx 34,6-7) [1].

Por lo singular y aparatosa que es esta aparición, esta declaración sobre la naturaleza de Dios acabará siendo emblemática, repetida en diferentes ocasio­nes a lo largo de todo el Antiguo Testamento.  Sin embargo lo interesante es que cada vez que se repite esta declaración, va variando y cambiando levemente de énfasis, según lo que los autores bíblicos estaban convencidos que venía a cuento en cada circunstancia particular cuando la citan.

  • El Señor, lento de rabias e inmenso de compromiso, que quita maldad y traición pero en absoluto declara inocente, que por la maldad de padres pide cuenta a la descendencia hasta bisnietos y tataranietos (Nu 14,18).

  • Regresad al Señor vuestro Dios, que bondadoso y amante es él, lento de rabias e inmenso de compromiso, y se tranquiliza de la maldad.  ¿Quién sabe si regresará y se tranquilizará y dejará a su paso bendición? (Joel 2,13-14a).

  • …por eso me adelanté a huir a Tarsis. ¡Porque ya sabía yo que tú eres Dios bondadoso y amante, lento de rabias e inmenso de compromiso y que se tranquiliza de la maldad! (Jonás 4,2).

  • El Señor, lento de rabias y grande de fuerza pero que en absoluto declara inocente (Nahúm 1,4).

  • Pero tú, mi Amo, eres Dios amante y bondadoso, lento de rabias e inmenso de compromiso y fidelidad. ¡Gira hacia mí y apiádate de mí! ¡Da tu protección a éste tu esclavo y rescata a este hijo de tu esclava! (Sal 86,15-16).

  • Amante y bondadoso es el Señor, lento de rabias e inmenso de compromiso. No acusará para siempre ni guardará rencor eternamente (Sal 103,10).

  • Bondadoso y amante es el Señor, lento de rabias y grande de compromiso.  Bueno es el Señor con todos, y su amor reposa sobre todas sus obras (Sal 145,8-9).

Tal vez lo más interesante aquí es cómo tiende a desaparecer el castigo de las cuatro generaciones de descendientes.  Como tiende a desaparecer también la idea de que Dios en absoluto declarará inocente (al culpable).  ¡La propia omisión de ciertos términos ya constituye, en sí misma, una interpretación y transformación del texto anterior!  No repetir que Dios es incapaz de declarar inocente al culpable, viene a ser lo mismo que afirmar que tal vez sí sepa perdonar.

Todas las veces que se cita esta declaración en los Salmos, el sentido es el contrario al de la declaración inicial.  Porque en los salmos solamente se cita esta declaración para afirmar la supremacía del amor de Dios que perdonará, protegerá y salvará a su pueblo a pesar de sus pecados.  Desde luego en el culto de Israel así como en la tradición cristiana, especialmente en los monasterios y conventos, los Salmos fueron cantados repetidamente.  Aunque aquellos otros pasajes donde se enfatizan los castigos hasta cuatro generaciones de los des­cendientes tampoco se desconocen, los Salmos —cantados un día sí y otro también— acabarán siendo determinantes para forjar nuestra idea de cómo actúa Dios.  Y allí esta declaración se cita para enfatizar el perdón y la miseri­cordia de Dios.

La justicia de Dios

Es imposible negar que la Biblia —y especialmente el Antiguo Testamento — predica la idea de que los pecados del ser humano han de hallar castigo divino, precisamente por la inflexibilidad de la justicia de Dios, que no puede dejar impunes nuestros crímenes contra el prójimo ni la maldad humana en general.  A veces, cuando parece imposible que la tiranía despiadada en el gobierno, la violencia del ejército invasor o la rapacidad de los ricos encuentren jamás quién intervenga, la única esperanza que les queda a las víctimas es la idea de que tarde a temprano —si no en esta vida en el más allá— será Dios mismo quien haga justicia.

En realidad, en el propio Antiguo Testamento la convicción típica es que no es después de esta vida sino aquí y ahora, en esta vida terrenal, cuando intervie­ne Dios siempre para hacer justicia.  No eran tontos y se daban cuenta cabal que no siempre pagan sus maldades los malhechores antes de morir.  Pero al contra­rio que las culturas occidentales modernas, que son extraordinariamente individualistas y donde el sentido de identidad propio es siempre personal a individual, ellos tenían su identidad compartida en primera instancia con su familia, luego también con su tribu y en última instancia con todo Israel.  De manera que la idea que ya hemos observado, de que los hijos, nietos y bisnietos paguen los crímenes de sus antepasados les parecía perfectamente lógica y justa.

Contiene esta idea, por cierto, un fuerte elemento de coerción contra la maldad.  Si todos pensásemos que nuestra perversidad la pagarían nuestros hijos y nietos con sufrimientos aunque nosotros mismos nos librásemos, sospe­cho que nos esforzaríamos mucho por no dejarles tan cruel legado.  Amamos a nuestros hijos y nietos y preferiríamos sufrir nosotros que verlos sufrir a ellos.  Y queremos que nos recuerden con cariño, no que nos recuerden con odio y rencor como los culpables de las desgracias que padecen.

Es decir que no hace falta —no en el Antiguo Testamento, por lo menos— recurrir a la idea del infierno y de castigos de ultratumba, para sostener la idea de una justicia divina.  No si el castigo divino puede recaer sobre nuestros descendientes aunque nosotros mismos lo esquivemos.

Y sin embargo se expresa muy frecuentemente también, la idea de que el mismo individuo malvado pagará en sus propias carnes su maldad.  La vida puede dar giros inesperados, y el que hoy prospera estafando a sus vecinos menos afortunados, mañana puede encontrarse con que otro más fuerte o más listo que él le despoje de todos sus bienes y lo deje en la ruina.  Y quien utiliza la amistad que le profesan otros para utilizarlos y después dejarlos tirados, puede muy bien acabar sus días en la más espantosa soledad, odiado y despreciado por todos.  Mientras que quien sea bondadoso y bueno y generoso, cuando lleguen días de infortunio, habrá forjado toda una red de amistades que harán lo que puedan para echarle una mano y ayudarle a superarlo.  Así observaban los sabios escribas de Israel que funcionaba típicamente la justicia divina a lo largo de la vida, de manera que lo que hoy puede parecer una injusticia, con el paso de los años se puede corregir y equilibrar notablemente.  Porque Dios observa y no olvida ni la maldad ni la bondad, para dar a cada cual según sus merecimientos —aunque tal vez no de inmediato.

El rey Saúl y la exageración hasta el absurdo de la justicia retributiva

La idea de que a cada cual le toca en esta vida más o menos lo que se merece, aunque muy popular en la antigüedad y todavía muy corriente hoy, tiene limitaciones importantes, sin embargo.  Y en su pedagogía narrativa, donde se cuentan historias para enseñarnos verdades y valores, el Antiguo Testamento explora algunas de esas limitaciones.

Lo pudo hacer en el caso de la historia del rey Saúl, por ejemplo, con el recurso de exagerar hasta el límite, hasta que el concepto de justicia retributiva divina se cae de su propio peso.

Saúl empieza bien, escogido en su juventud por el Señor y con la interven­ción del profeta Samuel, para ser el primer rey de los israelitas.  Todo va bastan­te bien con Saúl hasta que Samuel le comunica el mandamiento divino de ejecutar la venganza divina contra los amalecitas, una nación vecina que se había negado a prestar ayuda a los israelitas dos o tres siglos antes.  Los amale­citas también los habían incitado a adorar a sus dioses, que seguramente era visto como una maldad más imperdonable.  La justicia divina que ahora debe ejecutar el rey Saúl es el genocidio total y absoluto de los amalecitas, donde no podía quedar ni un solo sobreviviente.  Hombres y mujeres, niños y ancianos, bebés de pecho y fetos todavía en el vientre de sus madres, todos debían morir despiadadamente.  Y también debían morir todos sus animales domésticos.

Saúl ejecuta casi a la perfección esta justicia divina pero perdona la vida al rey y permite que sus soldados roben —en lugar de matar— lo mejor del gana­do de los amalecitas.  Volviendo Saúl victorioso de esta masacre, Samuel sale a su encuentro y le anuncia el castigo de Dios por desobediente.  Desobediente por no haber completado del todo el genocidio.  Por esta rebeldía de Saúl contra Dios —entiéndase que injusticia, por cuanto Dios era su soberano que le había escogido como rey— Saúl y todos sus hijos han de morir muertes violentas, el trono será arrebatado de su casa y entregado a la casa de David.  Y entre tanto, hasta el fatídico día de la muerte en batalla de Saúl y sus hijos, el Señor se encarga de mandarle un demonio para que lo atormente con locura e irraciona­lidad.  Un demonio que si es Dios mismo quien se lo ha metido, está claro que no hay exorcismo que valga para librarse de él.

Esta historia es hondamente didáctica, entonces, al llevar hasta su colmo, hasta el absurdo, las nociones de justicia divina como castigo sin posibilidad de perdón.  Ambos castigos, el genocidio absoluto de los amalecitas, pero también la locura de Saúl y el exterminio de su descendencia, son tan exagerados que suscitan rechazo e indignación e incredulidad.  Esa clase de justicia no es justa.  No consigue ningún fin positivo.  No soluciona nada.  Esa clase de justicia lo único que hace es empeorar las vidas de los seres humanos.

Aunque la desobediencia a Dios sea una perfidia infinita, por cuanto la dife­rencia de rango entre Dios y los hombres también es infinita, cuando el castigo también es infinito el resultado final no es que haya mayor justicia, sino que se multiplica la injusticia generando también víctimas cuyo padecimiento no es en absoluto justo.

Esta historia nos deja reclamando que tiene que haber otra justicia, otra forma de concebir la justicia.  Cobrarse la injusticia con la misma moneda no puede ser la única forma válida de justicia.  Tiene que existir alguna alternativa.

El libro de Job contra la teoría de castigos divinos

Es probablemente más conocida la historia de Job.  Una de las historias que más invitan a la reflexión de toda la Biblia, versa sobre un hombre perfectamen­te justo —y sabemos que es perfectamente justo porque Dios mismo así lo declara— que sin embargo sufre todos los dolores y padecimientos que sea posible imaginar.  Desaparecen todas sus riquezas y con ellas, su prestigio y eminencia social.  Mueren violentamente todos sus hijos e hijas.  Enferma de unas llagas asquerosas, supurantes y malolientes de las que no puede dejar de rascarse.  Todo el mundo lo critica, seguros de que es imposible que le hayan caído tantos males de golpe si no fuera que encubiertamente, a escondidas de todos los que lo creían una buena persona, haya estado cometiendo crímenes espantosos contra sus semejantes y contra Dios.

Acusado machaconamente, incluso por sus mejores amigos, de seguir queriendo encubrir sus perversidades a pesar de que sus castigos lo delatan con tantísima claridad, Job lamenta la crueldad de su destino tan injusto.  Porque Job se sabe inocente de todo lo que pudiera justificar sus padecimientos y recla­ma insistentemente una audiencia con Dios, para echarle en cara el injusto desenlace de su vida.  Pero Dios calla mientras los amigos de Job multiplican sus acusaciones y Job se cansa de defender su inocencia.

Al final de la historia Dios sí responde, pero jamás para dar explicaciones sobre la injusticia de los padecimientos infernales del hombre justo.  Las pala­bras de Dios sencillamente establecen —una vez más, como si estuviera en duda— su soberanía para hacer lo que le viene en gana con el universo que ha creado.  Y al final Job se acaba doblegando y adora fervientemente a este Dios que siempre será superior y supremo, aunque a veces sea también hondamente injusto en su forma de tratarnos.

El efecto del libro de Job es echar dudas sobre la fácil atribución de justicia a las realidades que vivimos.  No siempre se prospera por ser justo ni se padece por ser malvado.  Tal vez sea esa la regla, pero aunque lo sea, es una regla con excepciones que claman al cielo por su injusticia patente.

Walter Brueggeman y el arrepentimiento de Dios

Walter Brueggeman ha sido uno de los eruditos más destacados del estudio del Antiguo Testamento en el último tercio del siglo XX.  En 2009, ya jubilado, publicó un libro cuyo título en castellano sería algo así como Un Dios inquietan­te. El meollo de la Biblia Hebrea.  Allí explica cómo al Dios del Antiguo Testa­mento sólo se le conoce en relación; que fuera de su relacionarse con la humani­dad, no es posible saber nada sobre él.  En su capítulo sobre la relación de Dios con Israel, Brueggemann explora magistralmente las cuatro etapas o aspectos de esa relación [2]:

La primera etapa sería la declaración del amor original o inicial de Dios por Israel, declarada en sendos pactos con los patriarcas Abraham y Jacob, reiterada en su intervención por medio de Moisés para liberar al pueblo de Israel cuando se encontraba esclavizado en Egipto.  Nada hacía previsible esta elección de Dios.  Es un amor inexplicable e inexplicado.  Nada hay en Israel que sea supe­rior a ningún otro pueblo y sin embargo Dios lo ha escogido para manifestar por medio de Israel su gloria y dar a conocer su nombre.  Es amor gratuito, es elección gratuita, que no se puede explicar pero sí se puede experimentar y vivir en la práctica.  El amor de Dios por Israel es intenso e irracional y obsesi­vo, como el de cualquier enamorado.

La segunda etapa o el segundo aspecto de esta relación, sería el de las obli­gaciones de la alianza sagrada de Israel con su Dios.  Por la diferencia de rango entre Dios e Israel, Dios se compromete como soberano a proteger a Israel y a proveer para todas sus necesidades [3]; Israel, en cambio, se compromete a escu­char con atención y obedecer los mandamientos del Señor.  Pero lo que el Señor manda es que los israelitas actúen con justicia entre sus semejantes.  Que no se desentiendan de los inmigrantes, de los pobres, de las viudas y los huérfanos, de los esclavos, de cualquiera que padezca necesidad.  El Señor ordena un nuevo modelo de sociedad, una sociedad equitativa donde todos son hermanos y nadie es señor o rey o soberano, ya que Señor, Rey y Soberano solamente puede serlo Dios mismo.

Dios es celoso de su soberanía, de su monarquía absoluta sobre Israel.  Por eso mismo, para que no haya ningún competidor con el Señor, exige que la sociedad israelita sea una sociedad de iguales, sin rangos ni distinción entre las personas.  Una sociedad de redistribución, donde la riqueza acumulada por unos pocos siempre encuentre cauces por los que llegar otra vez a los más desafortunados.  Este exaltado idealismo de una sociedad de igualdad radical es uno de los aspectos más destacados del Antiguo Testamento.  No sin razón hablaban los teólogos de la liberación, hace una generación, de la opción prefe­rencial por los pobres como consecuencia natural del conocimiento del Dios de la Biblia.  No es que Dios no ame también a los ricos.  Su amor por los ricos se ve en que les ofrece la oportunidad de parecerse a Dios mismo, repartiendo sus bienes materiales para beneficio de los menos privilegiados.  Pero esto no es nunca generosidad; es sencillamente justicia divina.

Esta exigencia obligada por la alianza de Israel con su Dios, es esencialmen­te una exigencia de santidad.  La santidad —para los autores del Antiguo Testa­mento— es esa cualidad de separación o distinción con respecto a todos los demás pueblos.  Esos otros pueblos adoran dioses que promueven la monar­quía humana, es decir, promueven el privilegio institucionalizado como dere­chos de los nobles y los reyes sobre el campesinado y sobre los esclavos.  La adoración de otros dioses que el Señor de Israel es abominable porque esos otros dioses promueven sociedades injustas, sociedades de desequilibrio y de contraste entre los encumbrados y los que se hallan reducidos a la miseria.  De ahí la obligatoriedad de la santidad, de no contaminarse con ninguno de los valores de los paganos; por cuanto solamente el Señor de Israel promueve y garantiza una justicia donde el esclavo o el campesino tiene los mismos dere­chos que el noble o el rey [4].

La tercera etapa es la consecuencia de la violación de la alianza.  Israel no supo conservar esa santidad o distinción con respecto a las demás naciones.  No supo mantenerse fiel a ese Dios diferente de todos los dioses, que ordena una sociedad diferente de todas las sociedades.  A pesar de las protestas de los profetas, Israel adoptó la monarquía humana con todas sus injusticias y todos sus desequilibrios sociales.  Los ricos se hacían cada vez más ricos, mientras se multiplicaban las masas del campesinado empobrecido hasta el colmo de vender sus tierras y empeñarse en deudas que sólo podían saldar con esclavi­tud.  Hasta que al fin Dios tuvo que cumplir el lado oscuro de la alianza, ejecutar la amenaza de desentenderse de su propio pueblo si este le era infiel.

Los profetas describen este paso como hondamente traumático para ambas partes.  Traumático para Israel, desde luego, que perdió su independencia como nación y su propia existencia en su tierra, llevada cautiva al exilio para servir a sus amos babilonios en el delta del Éufrates y el Tigris.  Pero no menos traumá­tico para Dios, cuyo amor y ternura por Israel ya hemos descrito como el primer aspecto de esta relación.  El rechazo es ahora, sin embargo, tan absoluto y final como había sido aquella primera declaración de amor.

En el exilio, curiosamente, Israel no renuncia a este Dios que ha renunciado a ellos.  En primera instancia empiezan a vivir una nueva dinámica de arrepen­timiento, que se expresa como fidelidad a Dios aunque Dios ya no quiera saber nada de ellos.  Arrepentimiento que se expresa como buscar a Dios porque Dios se ha ausentado, con la esperanza de que acaso Dios pueda ser todavía hallado, aunque sea en esta dura servidumbre en tierras extranjeras.

Además del arrepentimiento, aprenden prácticas de lamentación.  La lamentación, expresada en poemas y cantos que todavía hoy, miles de años más tarde, desgarran el corazón al leerlos, mantiene vivo el recuerdo de la relación perdida.  Al mantener vivo ese recuerdo, la lamentación de Israel fomenta también la idea de que acaso sea posible recuperar la relación perdida con Dios.
Curiosamente, en su momento más desesperante, Israel no desespera sino que empieza a esperar en Dios como nunca antes.

La cuarta etapa o el cuarto aspecto de la relación entre Dios e Israel, enton­ces, es el sorprendente arrepentimiento de Dios.  El Señor descubre que no puede mantenerse frío y duro e inflexible.  El Señor descubre que eso no le satisface ni jamás podría satisfacerle.  Como cualquier madre o padre ante el llanto desconsolado de un hijo aterrado, herido e indefenso, el Señor descubre que se le derrite el corazón.  Dios se arrepiente del castigo que ha impuesto.  Se arrepiente de su propia justicia con que ha juzgado a Israel.  Bien es cierto que al condenar a Israel el Señor no había hecho nada más que cumplir con los términos de la alianza pactada y jurada por ambas partes.  La ley y la justicia le daban la razón.  Pero lo que no le daba la razón era su propio corazón divino, incapaz de aguantar más el sufrimiento de Israel.

El arrepentimiento de Dios es tal vez la parte más extraña, sorprendente e inexplicable de toda esta macrohistoria contada a lo largo del Antiguo Testa­mento.  El arrepentimiento de los humanos es natural, porque nosotros nos equivocamos constantemente y es de sabios rectificar.  Lo anormal, lo sobreco­gedor, es que Dios mismo admita haberse equivocado al ejecutar una justicia divina que se atenía a la Ley pero ignoraba los propios sentimientos de amor incondicional a los que el Señor no puede renunciar.  Porque si Dios renuncia al amor, deja ya de ser el Dios que conocemos los judíos y los cristianos, para acabar siendo algo menos.  Porque si Dios renuncia a su amor eterno para ser fiel con la justicia, resulta que tampoco está siendo fiel con la justicia.  Porque no está siendo justo consigo mismo.  ¿Y qué injusticia mayor hay que la de no ser justo con la esencia del ser de Dios?

Descubriendo, entonces, que ha sido incapaz de dejar de amar, que ha sido incapaz de olvidarse y desentenderse de su pueblo, Dios rectifica.  Restaura su relación de privilegio con Israel, los trae de vuelta a su tierra para que recons­truyan el templo de Jerusalén y recuperen su identidad nacional cuyo único signo de identidad es esa relación eternamente inviolable que tienen con Dios.
Estos cuatro estadios de la relación entre Dios e Israel —la declaración inicial de amor, la alianza con sus mandamientos, el juicio divino y el arrepenti­miento de Israel, y por último el arrepentimiento de Dios— son la trama del Antiguo Testamento.  Son a la vez, diferentes aspectos, que existen siempre simultáneamente, en la relación de Israel con Dios y por extensión, en la rela­ción de cada uno de los adoradores de Dios.  Los cristianos hemos heredado esto de Israel y también simultaneamos estos cuatro aspectos en nuestra rela­ción con Dios:  (1) Nos sabemos inexplicablemente amados por iniciativa divina, (2) nos comprometemos adorarle, escucharle y obedecerle, (3) nos descubrimos incapaces de cumplir nuestro compromiso y por tanto sufrimos el juicio y rechazo divino, pero (4) sabemos que cuando nos arrepentimos, Dios también se arrepiente y nos vuelve a abrazar como hijos.

¿Cómo hemos aprendido esto? ¿Cómo nos lo han enseñado?  ¿Cuál ha sido la pedagogía empleada para que sepamos que estos cuatro rasgos están presen­tes en la relación entre Dios y su pueblo?  No ha sido por disquisiciones filosófi­cas y teológicas.  Lo hemos aprendido de la trama de fondo que impulsa toda la narración del Antiguo Testamento.  Esta es la historia que cuenta el Antiguo Testamento; y la pedagogía del Antiguo Testamento es la de contar esta historia.

Jesús y la inexplicable gracia de Dios

Que Jesús estuvo hondamente educado con los valores de justicia y perdón que enseña el Antiguo Testamento no es un descubrimiento que vamos a hacer ahora.  Es más bien una verdad de Perogrullo.  De las narraciones sobre la historia de la relación de Dios con su pueblo Israel, Jesús aprendió cosas como estas que figuran en su Sermón de la Montaña, en el evangelio de Mateo:

Sabéis que se dice «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo».  Sin embargo yo os digo:  Amad a vuestros enemigos y rogad a Dios por los que os persiguen, para que lleguéis a ser hijos de vuestro padre celestial, que Él hace amanecer su sol sobre malvados y buenos y llover sobre justos e injustos.  Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis?  ¿Acaso los funcionarios del régimen de ocupa­ción no hacen eso mismo?  Y si saludáis solamente a vuestros correligionarios, ¿qué hacéis de más?  ¿Acaso no hace todo el mundo eso mismo?  Sed entonces vosotros justos como vuestro padre celestial es justo [5].

¿Cómo sabe Jesús que la justicia de Dios tiene ese carácter sorprendente, donde derrocha el don de su divina providencia sobre toda la humanidad, sobre malvados y buenos, sobre justos e injustos?  ¿Cómo sabe Jesús que Dios manifiesta ser justo precisamente cuando actúa así en lugar de con una retribu­ción exacta a cada cual según sus merecimientos?  Supongo que se podría afirmar teológicamente que en cuanto Hijo de Dios e integrante de la Santísima Trinidad, Jesús tenía información privilegiada.  Pero no hace falta alegar eso porque hay otra respuesta mucho más obvia: Jesús conocía perfectamente la colección de escritos sagrados de su pueblo Israel donde se aprende, precisa­mente, que Dios amó a un pueblo que no supo amarle; y que Dios intentó rechazar categóricamente y castigar hasta el extermino, pero se acabó arrepin­tiendo y perdonó y se reconcilió con Israel.

En el evangelio de Lucas estas ideas de Jesús vienen expresadas de otra manera:

Así como queréis que se comporten con vosotros los demás, comportaos también vosotros con ellos.  Y si amáis a los que os aman, ¿qué gracia tiene para vosotros?  Los que van mal encaminados también quieren a los que los quieren a ellos.  Y si sois bondadosos con los que son bondadosos con vosotros, ¿qué gracia tiene para vosotros?  Los que van mal encaminados hacen eso mismo.  Y si prestáis a aquellos de quien esperáis recibir, ¿qué gracia tiene para vosotros?  Los que van mal encami­nados también prestan a los que son como ellos para que se lo devuelvan.  Mejor, amad a los que os detestan y sed bondadosos y prestad donde nada podéis esperar a cambio.  Y será inmensa vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, que es clemente con los ingratos y perversos [6].

Curiosamente, la forma más típica de enseñar Jesús fue también contando historias.  Y la historia más inolvidable de Jesús sobre el perdón divino es la parábola que se conoce como «del hijo pródigo», pero a la que prefiero referir­me como «La parábola del padre que no quiso castigar a sus hijos».

Se trata de un padre con dos hijos.  Uno de ellos le dice que está harto de esperar que el viejo estire la pata para heredar y quiere cobrar ya lo que le correspondería ese día tan anhelado que nunca llega.  El padre no lo deshereda ni lo echa a patadas de casa sino que le da lo que este hijo ingrato le pide.  El hijo se marcha y no se sabe nada de él por mucho tiempo.  El padre, sin embar­go, está todos los días pendiente de quién llega por el camino, por si acaso no será su hijo que vuelve.  Hasta que un día vuelve y entonces el padre sale corriendo a su encuentro y lo abraza y se queda llorando sobre su cuello.  Después avisa a todo el pueblo que habrá una fiesta en su casa esa noche por el regreso del hijo y que todos están invitados.  Entre tanto el otro hijo estaba trabajando en el campo y al llegar al pueblo, le avisan que hay fiesta en su casa porque ha llegado su hermano.  Pero él no quiere entrar ni sumarse a la fiesta.  Su padre sale a intentar convencerle.  Y así todo el pueblo es testigo atónito del bochorno de esa discusión familiar y de la forma insultante que este otro hijo también trata a su padre.  Porque está claro que para él también ha sido y sigue siendo demasiado larga la espera a que el viejo estire la pata [7].

Jesús contó esa historia para venir a decir, inolvidablemente, que así, como ese padre incapaz de poner orden en su propia familia, así es Dios con todos nosotros.

¿Cómo es la justicia de Dios?  No es la justicia de desheredar y desentender­se de sus hijos cuando lo ignoran y lo insultan.  La justicia de Dios es —según Jesús— la justicia del corazón de un padre que se descubre incapaz de dejar de amar.

Tenemos entonces, en estas historias inolvidables de la Biblia, una imagen alternativa de la justicia.  No es la imagen típica que conocemos nosotros de la diosa Justicia, que tiene una venda sobre los ojos —para no hacer acepción de personas— y la báscula alzada en una mano —donde el mal padecido se resarce castigando al malhechor con otro mal, perfectamente equivalente.

La justicia de las narraciones de la Biblia no es ciega.  Tiene los ojos bien abiertos.  Es una justicia relacional, que mira a los ojos a ambas partes con igual amor, igual perdón, igual misericordia.  Que los ve en su plena humanidad y los valora por sobre todas las cosas.  No es una justicia de principios abstractos, sino la justicia de restaurar las relaciones, de hacer todo lo necesario para que se pueda vivir en reconciliación y armonía.  Y no tiene una báscula con un plato de cada lado, sino una báscula de muelle —o acaso digital— donde no se añade peso por el otro lado hasta llevar el fiel a cero, sino que si se quiere volver a cero hay que quitar peso del único plato.  El mal no se equilibra con un mal equivalente, sino que se quita con el perdón, se elimina con el amor; se transfor­ma hasta que ya no pesa más, mediante la capacidad de reconstruir la vida sin vivir condicionados por el mal del pasado.

Una pedagogía narrativa

Llegamos así a mi propuesta de una pedagogía apropiada para educar para la justicia y el perdón.  Y vengo a proponer que la pedagogía que descubrieron los sabios escribas de Israel hace miles de años puede ser todavía hoy ideal para todo lo que sea educación en valores.

Una pedagogía narrativa.  Donde desde pequeños se nos ha inculcado hasta lavarnos el cerebro con el mito de la violencia justiciera, la violencia justificada que devuelve siempre mal por mal hasta aniquilar a los injustos, lo que hace falta es empezar a contar historias de perdón y reconciliación.  Historias que enciendan una luz en nuestra imaginación y en nuestros corazones para que seamos capaces de imaginar otra forma de ser justos.  Les dejo, para terminar, con una historia así que no se me borra de la cabeza y de la memoria en todos los años que han pasado desde que primero la leí poco después de que cayera el régimen de apartheid de opresión blanca sobre la población negra de Sudáfrica.  Desconozco la procedencia exacta de esta historia, que sin embargo tengo entendido que es verídica.

Desmayarse al son de Amazing Grace

Imaginemos esta escena de un juicio en Sudáfrica hacia el año 1996.  Una débil ancianita de raza negra se incorpora lentamente. Tiene algo más de 70 años de edad.  Ante ella al otro lado de la sala, hay varios agentes de seguridad, policías blancos, uno de los cuales, el Sr. van der Broek, acaba de ser juzgado e implicado en los asesinatos del hijo y del marido de la mujer hace varios años.
Fue en efecto el Sr. van der Broek, queda ahora establecido sin lugar a dudas, quien había venido a la casa de la mujer años atrás, se había llevado a su hijo, le había disparado a bocajarro y luego quemado el cuerpo del joven en una hoguera mientras él y sus subordinados bromeaban y se reían.
Pocos años después, van der Broek y sus secuaces habían vuelto para llevarse también a su marido. Pasaron muchos meses sin que ella supiera nada de él.  Por fin, casi dos años después de la desaparición de su marido, van der Broek vino a por la mujer.  ¡Con cuánta claridad recuerda ella aquella tarde, cuando fue conducida al lugar junto al río donde le mostraron a su marido, atado y lleno de golpes pero aún fuerte en el espíritu, que yacía sobre un montón de leña!  Las últimas palabras que oyó de sus labios mientras los agen­tes echaban gasolina sobre su cuerpo y le prendían fuego fueron: «¡Padre, perdónalos!»

Y ahora la mujer se incorpora en el juzgado y oye las confesiones que pronuncia el Sr. van der Broek.  Un miembro de la Comisión Sudafricana para la Verdad y la Reconciliación se vuelve hacia ella y le pregunta:

—Y bien: ¿qué desearía usted?  ¿Cómo ha de ejecutarse la justicia en este hombre que ha destruido su familia con tanta brutalidad?

—Desearía tres cosas —empieza la anciana con calma pero sin titubear—.  En primer lugar, quiero ir al lugar donde quemaron a mi marido para poder recoger el polvo y dar una inhumación honrosa a sus restos.

Hace una pausa, luego continúa:

—Mi esposo y mi hijo eran toda la familia que yo tenía.  Desearía, por tanto, que el Sr. van der Broek sea de ahora en adelante hijo mío.  Quiero que venga a verme al gueto dos veces al mes para pasar el día conmigo y que yo pueda así dedicarle todo el amor que todavía me pueda quedar.

—Y por último —añade—, desearía una tercera cosa.  Quisiera que el Sr. van der Broek sepa que le doy mi perdón porque Jesucristo murió para perdo­nar.  Este mismo fue el deseo de mi marido.  De manera que ruego que alguien me eche una mano para que pueda cruzar esta sala con el fin de estrechar al Sr. van der Broek entre mis brazos, besarle, y hacerle saber que de verdad ha sido perdonado.

Mientras los alguaciles ayudan a la ancianita a cruzar la sala, el Sr. van der Broek, sobrecogido por lo que acaba de oír, se desmaya.  Mientras se desploma los que están presentes, amigos, parientes, vecinos, todos ellos víctimas de décadas de opresión e injusticia, empiezan a cantar suavemente pero con in­tensidad el viejo himno góspel, Amazing Grace, que empieza con las palabras: «¡Sorprendente gracia, dulce de oír, que a un desahuciado como yo salvó!»

 


1. Mis traducciones del hebreo.

2. Walter Brueggemann, Unsettling God: The Heart of the Hebrew Bible (Minneapolis: Fortress, 2009), pp. 19-56.

3. Alan Kreider, Journey Toward Holiness: A Way of Living for God’s Nation (Scottdale: Herald Press, 1987).

4. Sobre esta sociedad diferente establecida por un Dios diferente, ver Norman J. Gottwald, The Tribes of Jahweh: A Sociology of the Religion of Liberated Israel 1250-1050 B.C.E. (Maryknoll: Orbis, 1979).

5. Mt 5,43-48.  Mi traducción del griego.

6. Lc 6,31-35.  Mi tr. del gr.

7. Kenneth E. Bailey, Poet & Peasant (Grand Rapids: Eerdmans, 1976), pp. 158-206.

 
  Copyright © 2012 Dionisio Byler