Colección de lecturas
 

PDF La mujer y su participación eclesial

La mujer y su participación eclesial
Las colaboradoras de Pablo [1]
por Juan Driver

Introducción

La reforma protestante del siglo XVI, iniciada por Lutero, fue principalmente una reforma de doctrina y, como consecuencia, la interpretación bíblica entre los evangélicos tradicionales ha sido en gran parte también de tipo doctrinal. Incluso, algunos se preocupan más por una doctrina sana que por vivencias sanas y relaciones reconciliadas.  Esto ha tendido a resultar en una visión de la Biblia como una colección de verdades eternas igualmente aplicables a todas las culturas en todos los tiempos, llevando, a veces, a una interpretación bíblica que tiende a prescindir de consideraciones teológicas, pastorales, culturales, sociales, económicas, históricas, etc. Se tiende a leer la Biblia como un  libro plano, sin tomar en cuenta contextos originales con sus diferentes situaciones.

Este proceder ha sido especialmente evidente en el caso de palabras paulinas en cuanto a la participación de la mujer en la comunidad cristiana.  Se han señalado textos como 1 Cor 14:34-35 donde Pablo escribió: «Vuestras mujeres callen en la congregación; porque no les es permitido hablar (…) es indecoroso que una mujer hable en la congregación»,  y en 1 Tim 2:11-15, «La mujer aprenda en silencio (…) porque no permito a la mujer enseñar (…) sino estar en silencio»,  para formalizar una doctrina sobre la participación de la mujer en la iglesia.

Como consecuencia, se tiende a pasar por alto a las vivencias paulinas reflejadas en los saludos de Pablo a sus colaboradores y colaboradoras en la misión evangelizadora y pastoral en que han estado activos, relatadas en Romanos 16.  En este capítulo encontramos una mina de información sobre la composición y vida de las congregaciones primitivas en la ciudad de Roma que surgieron como resultado, no solo del testimonio paulino, sino también del de sus colaboradores y colaboradoras.

Los biblistas han venido tomando mucho más en serio textos como Romanos 16 en su estudio de la vida de las comunidades eclesiales del primer siglo con la extraordinaria participación de la mujer en su vida y misión, y en su evaluación de las actitudes paulinas ante esa participación.  Pero por otra parte, la iglesia en general sigue tendiendo a pasar por alto este texto, asignándole relativamente poca importancia  para nuestro tema.

Romanos 16:1-16 [2]

Diez de las veinte y nueve personas mencionadas en Romanos 16:1-16 son mujeres.  El pasaje nos ofrece detalles personales e históricos que no sólo nos ayudan a comprender este texto, sino también nos permite notar las esperanzas de Pablo para las comunidades eclesiales y su actitud hacia la participación de sus colaboradores y colaboradoras en esta misión.  Entre las mujeres mencionadas, solo conocíamos el nombre de Priscila, mencionada, juntamente con su esposo, en Hechos 18:2,18,26; 1 Cor 16:19 y 2 Tim 4:19.

En primer lugar, Pablo recomienda a la portadora de la carta (escrita en Corinto), «nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea», a los hermanos y hermanas en las varias comunidades domésticas que componían la Iglesia Cristiana en la ciudad de Roma.  Su designación como «hermana» es notable porque aunque miembros masculinos de grupos religiosos se llamaban «hermanos» en el mundo antiguo muy raras veces se empleaba la forma femenina para referirse a una mujer.  Designar a creyentes femeninas explícitamente como «hermanas» aparentemente era una práctica exclusivamente cristiana y una indicación de su inclusión plena en la definición de la comunidad cristiana como familia [3].

Y además,  la presenta como líder de la iglesia en Cencrea en dos maneras.  La llama «ministro», que en este caso parecería ser una traducción mejor del término griego, diákonon, que «diaconisa».  En realidad,  el uso de diaconisa aquí tiende a reflejar una actitud negativa, de parte de los traductores, hacia el ministerio de la mujer.  Cuando el término diákonon se refiere a un hombre, siempre se emplea el término «ministro» o «servidor».  En el primer siglo no hubo un término griego femenino para «diaconisa».  Esta surgió más tarde cuando cristianos desarrollaron este oficio para mujeres, llamándolas «diaconisas».   Así que para describir la función de Febe, los términos mejores son «ministro» o «servidora» de la iglesia en Cencrea [4].

Este término indica que Febe ocupaba una posición significativa de liderazgo en la iglesia. Este mismo término es utilizado unas siete veces para referirse al ministerio de Pablo (1 Cor 3:5; 2 Cor. 3:6; 6:4; 11:23; Ef 3:7; Col 1:23,25).  Seis veces se emplea para describir colaboradores masculinos de Pablo (1 Cor 3:5; Ef. 6:21; Col 1:7; 4:7; 1 Tes 3:2; 1 Tim 4:3); y tres veces se emplea para personas que colaboran con obispos, episcopoi, en el liderazgo de la iglesia (Fil 1:1; 1 Tim 3:8,12).  Así que, Pablo utiliza el mismo lenguaje para definir el papel de Febe que el que utiliza para referirse a su propio ministerio de liderazgo, al igual que el de sus colaboradores.

Y en segundo lugar, la llama «protectora de muchos y de mi mismo» (BJ).  (La versión Reina y Valera de 1960 lo traduce, «ha ayudado a muchos y a mi mismo».)  El término, prostatis,  era común en el mundo antiguo, pero se emplea solo aquí en el Nuevo Testamento.  Significaba un benefactor que beneficiaba con su protección a otros en la comunidad, proveyéndoles el liderazgo que necesitaban.  La forma verbal se emplea tres veces in el Nuevo Testamento (1 Tes 5:12; 1 Tim 3:4-5; 5:17) para referirse al liderazgo en la iglesia.  Esto incluía presidir en los varios aspectos de la vida congregacional, incluyendo las comidas comunes, Agape, y la Cena del Señor.

En un mundo donde las mujeres generalmente se identificaban mediante su relación con el género opuesto, ej., hija, esposa, viuda, en relación con su padre, esposo y esposo fallecido, Pablo identifica a Febe por su función en la iglesia, mas bien que por su género.

En esta lista Pablo saluda a cinco grupos distintos en Roma, iglesias domésticas esparcidas por la ciudad.  Estos incluyen a la iglesia que se reunía en la casa de Prisca y Aquila (5), los de la casa de Aristóbulo (10), los de la casa de Narciso (11), Asíncrito, Flegonte, Hermas, Patrobas, Hermes y los hermanos que están con ellos (14), Filólogo, Julia, Neréo y su hermana, Olimpas y todos los santos que están con ellos (15).  Y entre las personas aparentemente ya conocidas por Pablo en algún contexto están Prisca y Aquila, Epeneto, María, Andrónico y Junia, Amplias, Urbano, Estaquis, Apeles, Herodión, Rufo y su madre.

Prisca y Aquila eran los hermanos mejor conocidos por Pablo.  Expulsados de Roma por el Emperador Claudio se refugiaron en Corinto donde Pablo se asoció con ellos  (Hch 18:18,26).  Lucas emplea la forma diminutiva y familiar de su nombre, Priscila, y juntamente con Pablo menciona su nombre primero (Hch 18:18,26; 2 Tm 4:19), probablemente reconociendo la confianza que existía entre ella y Pablo y el papel importante que ella desempeñaba en la iglesia en su casa.  Pablo los describe como «colaboradores en Cristo Jesus» (3).  Y a menudo Pablo utilizaba el término synergós para referirse a otros líderes en el ministerio del evangelio.  Estos incluyen a Urbano (9), Timoteo (21), Tito (2 Cor 8:23), Epafrodito (Fil 2:25), Clemente (Fil. 4:3), Filemón (Flm 1), Demas y Lucas (Flm 24), y varios más (Col 4:11).  Y Pablo y Apolos también eran «colaboradores» (1 Cor 3:9).  De modo que, en este grupo de personas activas en el ministerio de liderazgo en las comunidades eclesiales, se le incluye a Priscila sin ninguna distinción debido a su género.

Entre los nombres más interesantes en esta lista son los de Andrónico y Junia.  Aunque las traducciones tradicionales empleen la forma masculina, Junias, los mejores manuscritos utilizan la forma femenina, Junia. Se trata de marido y mujer, mas bien que de dos hombres, como tradicionalmente se ha pensado.  La forma femenina del nombre, Junia, era bastante común en la literatura antigua, apareciendo unas 250 veces mientras que la forma masculina no aparece en la literatura de la época.  En la iglesia primitiva se entendía que se trataba de una mujer.  Los principales comentaristas de la Epístola a los Romanos entre los padres de la iglesia interpretaban el nombre como referencia a una mujer.  Estos incluían a Orígenes, Jerónimo y a Juan Cristósomo, conocidos por su actitud negativa hacia la mujer.  No fue hasta que Aegidius, cuyas fechas son 1245-1316, que apareció la idea que Junia debía entenderse como Junias, o sea hombre.  Luego, Lutero, en 1515-1516 prestó su apoyo a la opinión de que se trataba de un hombre.  El uso continuado de la forma masculina del nombre desde la Edad Media es, sin duda, una indicación más de cierto prejuicio masculino a través de la historia humana, al igual que en la tradición eclesiástica occidental.

Lo que ha contribuido a este «problema» seguramente es el hecho que Pablo describe a los dos como «muy estimados entre los apóstoles», además de ser «mis parientes y mis compañeros de prisiones, (…) y antes de mi en Cristo» (7).  El término «apóstol» aquí seguramente ha de entenderse en el sentido amplio de los dones del Espíritu (1 Cor 12:28,29; Ef. 4:11), como era el caso de muchos más en la iglesia primitiva, ya que evidentemente no pertenecían a los Doce. ¡Sin embargo, el prejuicio masculino ha sido tan notable que en el principal léxico del Griego del Nuevo Testamento, se declara que esta persona tendría que ser hombre, Junias, porque se le llama apóstol! [5]

Es evidente que las mujeres eran prominentes y ocupaban posiciones de importancia en el ministerio de las comunidades primitivas en Roma.  La tercera parte de las personas saludadas en este texto son mujeres.  A muchas de ellas se las describen por los roles o las funciones que desempeñan en las comunidades.  Febe es «ministro» y «protectora» (1,2).  Prisca es colaboradora y anfitriona en la iglesia en su casa (3,4).  Junia es apóstol (7).  María, Trifena, Trifosa (posiblemente hermanas) y Pérsida todas han «trabajado mucho en el Señor» y la madre de Rufo ha sido «madre» para todos los que la necesitaban (6,12,13).  El término griego traducido «trabajar mucho» es kopiao, utilizado regularmente por Pablo para designar la obra en un ministerio que corresponde al evangelio.  Con frecuencia, Pablo lo utiliza para referirse a su propio ministerio apostólico (1 Cor 4:12; 15:10; Gal 4:11; Fil 2:16; Col 2:29; 1 Tm 4:10; cf. Hch 20:35).  Y lo utiliza también para referirse al ministerio de otros líderes y personas de autoridad en la iglesia (1 Cor 16:15-16; 1 Tes 5:12; 1 Tm 5:17).  Queda claro, entonces, que Pablo emplea el verbo traducido «trabajar mucho» para referirse a ministerios reconocidos en la iglesia.  Así que, podemos concluir que María, Trifena, Trifosa y Pérsida son cuatro mujeres que desempeñan ministerios significativos en la iglesia [6].

En esta lista tanto hombres como mujeres se describen con términos como «colaboradores/as», «apóstoles», «parientes» (conciudadanos), «compañeros de prisiones» y «amados».  Y tan solamente a las mujeres se las llama «ministros», «protectoras», las que «trabajan mucho», «hermana» y «madre».  Y solo dos términos son aplicados exclusivamente a hombres en esta lista — «aprobado» (Apeles, 10) y «escogido» (Rufo, 13).

Romanos 16 nos provee la mejor lista primaria bíblica documentando la variedad de papeles influyentes que jugaron las mujeres en la iglesia primitiva.  A pesar de ser menos, las mujeres en esta lista desempeñan papeles hasta más dramáticas e influyentes que los hombres.  Es evidente que en la misión paulina hubo una igualdad extraordinaria entre las mujeres y los hombres en el liderazgo eclesial.  Este texto nos dice también que el patriarcalismo tradicional carecía de importancia en estas comunidades.  Se las identifica a Prisca, Junia y Julia, no en calidad de ser la mujer de su marido, sino en relación con su compromiso y protagonismo en la vida de las comunidades.  Tampoco se identifican a las otras mujeres relacionándolas con sus padres o esposos, sino por su participación en la vida y ministerio de la iglesia.  No es su marido, sino su ministerio, que les otorga su identidad.

Esta lista también nos dice algo en cuanto a la composición étnica y socio-económica de las iglesias en Roma.  Los nombres en la lista que son típicamente judíos son: Prisca y Aquila, Andrónico y Junia, Aristóbulo, Herodion, María y, probablemente, Rufo (cf., Mc. 15:21).  La mayoría de los nombres son propios de personas de descendencia gentil.  Algunos aparentemente disponían de ciertos recursos económicos como Prisca y Aquila, Andrónico y Junia, Epeneto, Aristóbulo, y Narciso, pues contaban con recursos para viajar y en sus casas se reunía una comunidad eclesial.  Pero la mayoría de los nombres eran comunes entre esclavos y libertos y libertas en Roma.  Estos incluirían a Amplias, Urbano, Estaquis, Trifena, Trifosa, Pérsida, Rufo, Asíncrito, Flegonte, Hermes, Patrobas, Hermes, Filólogo y Julia, probablemente marido y mujer, y Nereo.  Muchos de estos nombres aparecían en listas de los esclavos en las familias nobles en Roma.  Todo esto nos presenta con el cuadro de una iglesia compuesta mayoritariamente de las capas bajas de la sociedad romana y de una sensibilidad notable hacia los socialmente marginados y despreciados, incluyendo a esclavos y mujeres.

Los cristianos en Roma estaban organizados en, por lo menos, cinco iglesias domésticas.  Se trataba de distintas congregaciones.  Al igual que los cristianos a través del imperio, los cristianos en Roma se reunían en la casa de alguno de sus miembros.  El tamaño de cada comunidad dependía de la capacidad de la casa para hospedarlos. Si las comunidades se formaban mayormente de familias extendidas, incluyendo a vecinos cercanos y personas asociadas por razones de trabajo, amistad, o parentesco, o si la comunidad se componía de una familia anfitriona con una casa suficientemente amplia para recibir a otros que se reunían en su casa, no sabemos a ciencia cierta.  Sí sabemos que su carácter, al igual que su modo de organización era fundamentalmente familiar, con relaciones caracterizadas por la igualdad entre los diversos grupos étnicos, sexos, condiciones sociales y económicas, etc.,  En la iglesia se pudo superar todas esas barreras que separaban a los diversos grupos de la sociedad antigua.  En este contexto la advertencia paulina que aparece en la conclusión de esta lista en Romanos 16:16 es completamente comprensible y tiene sentido.  «Saludaos los unos a los otros con ósculo santo.  Os saludan todas las iglesias de Cristo».  Esta forma de saludar, común en muchas partes del Oriente y tradicionalmente practicada en círculos familiares en nuestros contextos latinos, sirvió para unir a toda la familia de la fe, tanto dentro de las comunidades como entre las iglesias de una forma única.

Las Colaboradoras en Filipos

El relato bíblico de la formación de una congregación cristiana en Filipos se halla en Hechos 15:35-16:40.  Luego de estar participando activamente en la vida y misión de la iglesia en Antioquía, de Siria, Pablo y Bernabé hicieron planes para volver a visitar a las iglesias en Asia Menor que habían surgido como resultado de una gira anterior.  Pero antes de poder partir, hubo un desacuerdo y malentendido tan fuertes entre los dos en relación con la posible participación de Juan Marcos que se separaron.  Pablo tomó a Silas como compañero de viaje y luego partieron para visitar a las iglesias.  Por el camino el joven Timoteo se unió al grupo y pudieron visitar a todas estas congregaciones.

Luego, intentaron entrar en Bitinia, una región en el norte de lo que es ahora Turquía, que colinda con el Mar Negro.  Pero les parecía que el Espíritu de Dios les indicaba lo contrario.  Continuando hacia el noroeste llegaron a Troas, una ciudad portuaria en el Mar Egeo.  Fue allí que Pablo tuvo una visión de un hombre llamándoles a pasar a Macedonia y ayudarlos.  Sin dudar, entendieron que era el llamado de Dios a la evangelización en esa región.  Es difícil leer este pasaje sin notar cierta ironía en los eventos a continuación.  Pablo no dudaba que fuera un «hombre» que les invitaba a Macedonia.  Pero cuando llegaron a Filipos, fueron «mujeres» las primeras en oír y responder al evangelio y convertirse en protagonistas en la formación de la primera comunidad cristiana en la ciudad y en el continente europeo.

Filipos era una colonia romana, una de esas «pequeñas Italias» esparcidas a través del Imperio para imponer su influencia y ejercer control en todas las tierras conquistadas por los legionarios romanos.  Una mentalidad imperial y autoritaria predominaba en la ciudad.  El latín era el idioma del gobierno.  Un importante segmento de la población se componía de ex-combatientes de las legiones romanas al igual que funcionarios gubernamentales.  En este ambiente el judaísmo gozaría de muy poca atracción entre toda esa gama de religiones practicadas a través del Imperio (16:20-21).  Con razón, un aire casi impenetrable de superioridad y auto satisfacción se imponía en Filipos.

Finalmente Pablo y su comitiva descubrieron, alejado de la población romana con sus actitudes anti-judías, en un barrio periférico a la orilla del río cercano, un grupo de mujeres judías devotas y, por lo menos una mujer pagana procedente de la ciudad asiática de Tiatira, entre ellas que, si bien, no era una convertida al judaísmo, por lo menos se sentía atraída al culto de Yahvé.  Y entre todas estas mujeres, es ella la que se convierte en la principal protagonista de los eventos siguientes.  Lucas sencillamente relata que «estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía» (16:14).  El uso del tiempo imperfecto del verbo aquí probablemente significa que se trataba de un proceso que duró más que un solo sábado, y que incluiría unas cuantas reuniones.

Ella terminó pidiendo el bautismo, tanto para ella misma como para su familia extendida, que habría incluido a toda una serie de personas – familiares, sirvientas y sirvientes, asociados en el trabajo, vecinos, vecinas, y otras personas allegadas. Luego viene una frase clave en el relato: «nos rogó diciendo: si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos» (16:15).  Uno está tentado a imaginar que detrás de la frase, «si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor» está el meollo mismo del evangelio, que Dios salva a los que no pueden por su propia cuenta, que Dios restaura y transforma comenzando con los que más necesitan, a los marginados, débiles, alienados, despreciados, mujeres, niños, viudas, huérfanos, extranjeros, etc.  La invitación a participar en una iglesia doméstica ubicada en la casa de una mujer, posiblemente viuda, pagana e inmunda por su trabajo le coloca a Pablo en un aprieto.  No podía decir que no, sin negar el evangelio que predicaba.  Por eso, Lucas añadió, «¡y nos obligó a quedarnos!».

Se ha especulado que Lidia era una mujer pudiente, de clase media o alta, que estaba en condiciones únicas para invitarles a Pablo y a su comitiva a hospedarse en su casa, y que se limitaría a un acto de hospitalidad hacia los tres visitantes.  Después de todo, era vendedora de púrpura, una tinta sumamente costosa y codiciada por la realeza y otra gente rica.

Por otra parte, podría tratarse de una industria casera, de las cuales habrían muchas esparcidas por el Imperio Romano.  El proceso de extraer esta tinta implicaba apretar a miles y miles de moluscos marinos, mediante una técnica que incluía el uso de los ácidos hallados en la orina animal, obligándola a radicarse en las afueras de la ciudad.  Como Simón el curtidor, cuya casa estaba radicada «junto al mar» en Jope (10:6), Lidia, por su ocupación, podría haber pertenecido a esa clase de personas «inmundas» y marginadas.

En su descripción de estos eventos, Lucas parecería estar empleando cierta ironía y humor.  Como hemos señalado, la visión en Troas era la de «un hombre» y cuando la invitación llega a cumplirse se trata de «mujeres» reunidas a la orilla del río.  Y es una mujer, Lidia, que toma la iniciativa que termina no solo en su bautismo, sino en el bautismo de unas cuantas personas más que formaban parte de su familia extendida, y que, de hecho, llegan a ser una iglesia doméstica.  Los tres visitantes son invitados a unirse a ella si la juzgan fiel, y Lucas termina diciendo, «y nos obligó a quedarnos» (16:15).

En su descripción de los eventos en Filipos el énfasis de Lucas no cae ni en la sanidad de la muchacha , ni en el motín que siguió, ni en el encarcelamiento de Pablo y Silas, ni siquiera en la conversión del carcelero, ni en el hecho que esto marcaba los comienzos del cristianismo en el continente europeo.  Se centra, mas bien, en la formación de una «familia de fe» en la casa de una mujer marginada en un barrio periférico.  Era una comunidad abierta e inclusiva en su composición y evangelizadora en su propósito.   Evidentemente Lidia era una mujer emprendedora, «dotada por el Espíritu de Dios» con los dones de liderazgo.  Durante toda su estadía en la ciudad, Pablo y sus compañeros fueron parte de esa congregación que se reunía en la casa de Lidia (16:40).  Durante su estadía en la ciudad, Pablo y sus colegas participaban del ágape celebrado en la comunidad donde una mujer, Lidia, sería la que partía el pan y servía el vino de la comunión.

La estadía de Pablo y sus compañeros en Filipos incluyó la sanidad de la muchacha con espíritu de adivinación, habilidad explotada por hombres con intereses exclusivamente económicos.  El motín provocado por sus dueños finalmente terminó en su encarcelamiento y en la conversión del carcelero con toda su familia (16:29-34).  Posteriormente, Pablo y Silas fueron vindicados con el reconocimiento de sus derechos civiles aunque fueran cristianos (16:39).  Y luego, retornaron a la comunidad que se reunía en la casa de Lidia donde encontraron la comunión, consolación y fueron enviados en su misión evangelizadora.  Si una iglesia doméstica se formó en la casa del carcelero y su familia, o si ellos se unieron a la que estaba en la casa de Lidia, no sabemos.  Si sabemos que Pablo y su comitiva dejaron atrás una iglesia visible y viable, radicada en la casa de Lidia, que ejercía el ministerio de liderazgo tan necesario para crecimiento en su vida y misión.

La relación de Pablo con la congregación en la casa de Lidia no terminó aquí.  Probablemente volvió a visitarlos un par de veces más (20:1,3-6).  Pero la mejor pista que tenemos para conocer la vida de la iglesia en Filipos es por medio de la Epístola de Pablo a los Filipenses, escrita desde su prisión en Roma, muy especialmente para agradecerles su generosidad hacia él, expresada mediante sus oraciones, su apoyo espiritual, sus aportes económicos, la comunión que gozaban y otros lazos más que les seguían uniendo.

En su epístola Pablo nos ofrece una ventana para poder apreciar algo de la dinámica espiritual que inspiraba la comunidad en la casa de Lidia.  «Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, (…) por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora. (…) Todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia. .. Bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación.  Y sabéis también vosotros, o filipenses, que al principio de la predicación del evangelio, (…) ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos» (1:2,4,5,7b; 4:14,15).  La comunión (koinonía) es uno de las principales características de la iglesia en el Nuevo Testamento.  Y es notable que en la carta a los Filipenses, con escasamente cuatro breves capítulos, Pablo emplea este término en una de sus formas seis veces (1:5,7, 2:1, 3:10, 4:14,15).  Su uso desproporcionado, en relación con la iglesia en Filipos, es evidente cuando recordamos que el término solo se emplea unas cincuenta veces en todo el Nuevo Testamento.

En cuanto a las formas que tomó el liderazgo en esta iglesia, encontramos unas pistas muy claras en la carta de Pablo.  Cuando leemos la carta recordando sus comienzos en la casa de Lidia, nos damos cuenta que hubo un liderazgo compartido entre mujeres y hombres para la edificación de la iglesia. Los saludos de Pablo van «a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos (presbíteros o ancianos) y diáconos (ministros)» (1:1).  Este grupo incluía, además de Lidia, a Evodia y a Síntique, a Sícigo [7], compañero fiel, Clemente y otros colaboradores de Pablo «cuyos nombres están en el libro de la vida» (4:2,3).

Generalmente cuando leemos este texto (Fil. 4:2) nos concentramos en el «problema» de estas mujeres, Evodia y Síntique, con sus diferencias y el malentendido que ha resultado.  Para Pablo aquí, diferencias de criterios con los malentendidos, roces, y falta de amor y unidad de sentir, son problemas serios a ser resueltos, no importa que estos sean entre miembros de la congregación o entre los que ejercen el liderazgo en la iglesia.  En contextos de orientación patriarcal se tiende a enfocar esta situación como «problema entre mujeres».  Nos olvidamos que Pablo y Bernabé tuvieron sus disgustos tan grandes que se separaron.  Y este malentendido ocurrió justamente antes de emprender el viaje que le llevaría a Pablo a Filipos.  De modo que ni Pablo, ni siquiera las iglesias fundadas por Pablo, eran perfectas.  Por su aprecio posterior por Juan Marcos (Col 4:10; 2 Tim 4:11) podemos esperar que Pablo y Bernabé pudieran resolver sus diferencias personales.  Lo que podemos concluir de este caso es que las diferencias y los malentendidos ocurren en las iglesias, entre hombres en posiciones de liderazgo, y aun a veces hasta entre las mujeres, y que Jesús mismo es el modelo para las relaciones entre todos los miembros de la iglesia, incluyendo, y sobre todo, a los líderes (1:27; 2:1-11).

Mientras tanto, queda claro que Evodia y Síntique participaron en el ministerio de la iglesia.  Pablo pedía ayuda para «éstas que combatieron juntamente conmigo en el evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida» (4:3).  La iglesia en Filipos tuvo un buen comienzo, gracias al protagonismo de las mujeres.  La mujer ocupa un lugar visible y significativa entre los asociados de Pablo en el ministerio.  Las mujeres predicaban y oraban y servían la Cena de Señor en la iglesias paulinas [8].  Pablo también se refirió a otra iglesia doméstica en la casa de una mujer llamada Ninfas, situada en la ciudad de Laodicea (Col. 4:15).

La importancia de las iglesias domésticas no debe subestimarse.  Surgieron desde Jerusalén, donde la naciente iglesia se reunía en la casa de la madre de Juan Marcos y llegando hasta Roma donde conocemos por lo menos cinco.  Durante los primeros 200 años de vida de la joven iglesia cristiana se extendieron a través de todo el Imperio Romano – Colosas, Laodicea, Smirna, Grecia, et al.  Pablo mismo las establecía y participaba en ellas.  Eran los lugares primarios donde las barreras raciales, sociológicas, económicas, entre esclavos y libres, entre cultos y analfabetos, entre hombres y mujeres, etc., fueron efectivamente superadas.  En su seno las mujeres llegaron a ser participantes plenos.  Las mujeres participaban en todas las actividades de las iglesias en las primeras generaciones cuando las iglesias domésticas formaban el centro de su vida y culto y en éstas se esperaba la plena participación de las mujeres.  A pesar de la acostumbrada supervisión masculina de una época patriarcal, de todos modos la vida doméstica dependía de las iniciativas femeninas. Se esperaba que la mujer manejara con cierta independencia la vida domestica, con o el sin esposo. Recordamos que Pablo saludó «a Apia y a la iglesia en tu casa» (énfasis mío, Flm 2).  La casa, donde se reunía la iglesia, era el espacio de las mujeres [9].

Se ha señalado que el notable crecimiento de la iglesia se debía en gran parte a ellas.  «La casa de las mujeres», situada en el patio interior de las viviendas tradicionales era el lugar donde la evangelización más efectiva se llevaba a cabo.  Paralelamente con este contexto familiar en que se organizaban las iglesias primitivas tenemos el lenguaje familiar con que se describían las relaciones transformadas que caracterizaban su vida.

La iglesia doméstica era la forma normal de la comunidad cristiana durante los primeros siglos.  El lugar de culto cristiano más primitivo que se ha descubierto data de la cuarta década del tercer siglo y constaba esencialmente de un ambiente ampliado dentro de una  vivienda familiar común.  Pero tras los cambios introducidos bajo el Emperador Constantino a principios del siglo IV, cuando donó un templo pagano para el uso de los cristianos en Roma (la Basílica de San Juan Letrán), las congregaciones poco a poco abandonaron su matriz familiar y luego comenzó una nueva era de grandes templos, de reuniones multitudinarias, de predicadores elocuentes y populares y de sermones aplaudidos por los oyentes.  A esta altura, la participación pública de la mujer en el culto de la iglesia fue circunscrita, «¡porque ofendía las sensibilidades romanas!»  ¡Es para llorar!

Conclusión

A esta altura en nuestra investigación y reflexión uno está tentado a preguntar, ¿De dónde habrá sacado Pablo, el ex-rabino judío, esta visión de la coparticipación social y ministerial de la mujer en la iglesia, tan contraria a su cultura y tradición rabínica?  ¿De donde habrá surgido la inspiración y la autoridad espiritual para formarse, estos nuevos cristianos, en comunidades de contraste en que mujeres participan en forma plena, en su contexto grecorromano en el siglo I?  Sin ir más lejos en nuestra búsqueda, digamos que vino de Jesús de Nazaret, por revelación y mediante el testimonio de los apóstoles, en los Evangelios, y facilitado por el poder de su Espíritu en su medio.

Ellos recordaban lo que Jesús había dicho y hecho para acabar con la dominación patriarcal. En el Evangelio de Marcos hallamos un texto que trata la cuestión del costo del discipulado.  Pedro exclamó exasperado, «¿Quién, pues, podrá ser salvo?» y luego añadió, «nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido» (10:26,28).  La respuesta de Jesús es clave, y también es clara.  «De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mi y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna» (10:29-30).

Notablemente, en la descripción de la nueva familia que Jesús promete a sus seguidores faltan los padres.  Según Jesús, el patriarcalismo ha sido superado en una nueva familia espiritual.  Tan solo Dios es Abba, padre tierno, bondadoso y amoroso, en quien se puede confiar absolutamente y para todo.  En la familia de Dios de la nueva era, la dominación patriarcal queda superada, permaneciendo como características de esta familia la ternura maternal, el amor mutuo y fraternal y la condición de niño (Mt. 23:9; Mc 10:30).

En Mateo 4:21-22 hallamos otra indicación de esta superación de jerarquía patriarcal, con sus estructuras de dominación, en la nueva era mesiánica que amanece con Jesús.  «Jesús (…) vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre (…) y ellos dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron».  Aquí, otra vez, la implicación es clara.  Ser seguidor de Jesús en la nueva familia de Dios significa dejar a padre (con los títulos honoríficos y las estructuras de dominación que esto significaba) y su barca (con las lealtades absorbentes y absolutas exigidas en la esfera socio-económica) [10].

Recordemos que los Evangelios Sinópticos fueron escritos precisamente para los nuevos creyentes en las comunidades predominantemente grecorromanas que iban surgiendo como resultado del testimonio misionero de los apóstoles al extenderse el movimiento mesiánico a las ciudades esparcidas por el Imperio Romano.  No debe sorprendernos, entonces, encontrar una plena participación de mujeres en la vida y misión de estas congregaciones, ni tampoco debe sorprendernos las actitudes notablemente abiertas de Pablo, y de otros de trasfondo judío, hacia la plena colaboración  de sus nuevas hermanas en Cristo en estas iglesias.  Pues, en esto, estaban sencillamente siguiendo a Jesús.


1. Conferencia para el Congreso Anabautista del Cono Sur, Uruguay, enero de 2007.

2. Para esta sección véase a John E. Toews, Romans: Believers Church Bible Commentary, Scottdale and Waterloo: Herald Press, 2004, pp. 357-361, y David M. Scholer, “Paul’s Women Co-Workers in the Ministry of the Church”, en Reta Halteman Finger y Kari Sandhass, eds,  The Wisdom of Daughters: Two Decades of the Voice of Christian Feminism,  Philadelphia: Innisfree Press, Inc., 2001, pp. 76-79.  Mi deuda con estas fuentes será evidente.

3. Véase 1 Cor. 7:15; 9:5; Filemón 2; Sant 2:15; Ign. Pol. 5:1; 2 Clem. 12:5; 19:1; 20:2)

4. David M. Scholer, loc. cit., pp. 77-78.

5. David M. Scholer, loc. cit., p. 79.   “Iounias … The possibility from a purely lexical point of view, that this is a woman’s name … (Ancient commentators took Andronicus and Junia as a mararied couple.) is probably ruled out by the context.” (William F. Arndt and F. Wilbur Gingerich, A Greek –English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 2nd Edition, Chicago: University of Chicago Press, 1979, 380.

6. Ibid, 76-77.

7. Es difícil saber si Sícigo es el nombre propio de una persona.  De ser así, sería origen pagano.  El significado del nombre es “compañero de yugo”.  Podría ser una referencia a la congregación como tal, pues Pablo menciona públicamente los nombres de Evodia y Síntique (también son nombres de origen pagano) en una carta dirigida a la congregación entera con la esperanza que toda la comunidad contribuya a su restauración.

8. Fred B. Craddock, Philippians, Atlanta: John Knox Press, 1985, pp. 69-71.

9. Véase a Carolyn Osiek y Margaret Y MacDonald con Janet H. Tulloch, A Woman’s Place: House Churches in Earliest Christianity, Minneapolis: Augsburg-Fortress Press, 2006, pp. 144-163.

10. Véase a Gerhard Lohfink, La Iglesia que Jesús Quería: Dimensión Comunitaria de la Fe Cristiana, Bilbao: Descleé de Brouwer, 1998, pp. 55-60.

 
  Copyright © 2007 Juan Driver