Colección de lecturas
 

PDF La mujer y Jesús

La mujer y Jesús
El testimonio de los evangelios [1]
por Juan Driver

La actitud de Jesús hacia la mujer, tal como queda reflejada en los Evangelios, es realmente notable cuando ésta se considera a la luz de la tradición hebrea junto con las actitudes judías dominantes en el contexto social en que Jesús vivía y los contextos históricos y sociales de los primeros lectores de los Evangelios.

El mundo antiguo se caracterizaba por una cultura decididamente patriarcal y, en general, el Antiguo Testamento refleja esta postura.  Desde la cuna hasta el sepulcro la mujer era dominada por un hombre; primero por su padre, luego por su marido, y en caso que se quedara viuda, por un hermano de su marido o un pariente cercano, y finalmente por su hijo.  De modo que la mujer hebrea pertenecía a los hombres de su familia biológica.  Una ley hebrea antigua describe a la mujer como propiedad del hombre (Ex 20:17; Dt 5:21).  En general las normas colocaban al hombre por encima de la mujer en todos sus derechos y deberes.

Muy especialmente en el periodo postexílico llegó a destacarse una postura netamente jerárquica en las relaciones entre los sexos.  Leyes que cubrían la pureza racial, ritual y sexual colocaban a la mujer en una posición de marcada inferioridad en su relación con el hombre [2].   Los rabinos reflejaban este pensar cuando decían que la única cosa peor que nacer mujer sería ser gentil, o pagano de nacimiento, o esclavo.  La oración diaria de los hombres rezaba, «Bendito eres, O Señor (…) que yo no haya nacido gentil.  Bendito eres, O Señor (…) que yo no haya nacido esclavo.  Bendito eres, O Señor (…) que yo no haya nacido mujer».

Sin embargo, «en cada uno de sus encuentros con mujeres narrados en los cuatro Evangelios, Jesús violó las costumbres de su época.  En realidad, no hallamos paralelo a su forma de relacionarse con mujeres entre las sociedades “civilizadas” desde los mismos comienzos del patriarcalismo más de tres mil años antes…» [3]

De modo que la actitud de Jesús que hallamos reflejada en los Evangelios es tanto más sorprendente.  Pues en este contexto Jesús asumió una actitud notablemente diferente.  Sus acciones y palabras reflejan una orientación notablemente contra cultura con una visión aparentemente inspirada en esa visión alternativa que hemos notado en partes del Antiguo Testamento y reflejada en la tradición en la cual nació Jesús y donde habría recibido su inspiración.

Jesús y la mujer marginada

Las Mujeres en la Genealogía de Jesús (Mt 1:1-17)

La actitud de Jesús hacia las mujeres marginadas, incluyendo a las de reputación dudosa y las que eran prostitutas reconocidas, es realmente sorprendente.  Ya hemos notado la genealogía con que Mateo comenzó su Evangelio, colocando a Jesús en el contexto de la historia de su pueblo.  La genealogía incluye los nombres de cuatro mujeres, además del de su madre, María.  Y cada una de estas cuatro mujeres estaba envuelta en alguna irregularidad en sus relaciones con los hombres.  En el caso de Rahab (Jos 2:1), se trataba de una ramera, que habiendo visto la grandeza del Dios de Israel, recibió a los espías, protegiéndoles de las amenazas de sus compatriotas, y finalmente fue incorporada al pueblo de Israel, tras la conquista.  Tamar (Gn 38), una adulamita y la nuera de Judá que quedó viuda tras la muerte de su marido y fue rechazada por su cuñado que se suponía se casara con ella, y finalmente en un acto de desesperación engañó a su propio suegro, para que se cumpliera su deber levirato con ella.   Rut (Rut 3:6-18), la joven viuda moabita, que optó por el Dios, el pueblo y la tierra de su suegra, Noemí, aparentemente logró conseguir que Booz, un pariente de su difunto marido, cumpliera con ella su deber levirato, iniciando ella una relación conyugal mediante un proceder un tanto atrevido, por no decir inmoral.  Y Betsabé (2 Sam 11:2-5), la mujer de Urías el heteo, fue la víctima de la maniobra asesina y adúltera del Rey David.

Estas cuatro mujeres todas tienen en común su notable marginación.  Todas eran de origen pagano y todas sufrieron las consecuencias de la dominación masculina, de una manera u otra, y por lo tanto serían juzgadas impuras religiosa y socialmente y, como resultado, rechazadas .  El que los nombres de estas cuatro mujeres aparezcan entre las abuelitas de Jesús es sorprendente.  Pero debe alertarnos al hecho de que Jesús, en su vida y ministerio, va a tomar una actitud de notable abertura hacia los marginados, incluyendo a las mujeres.

Jesús y la Mujer Sirofenicia (Mc 7:24-37; cf. Mt 15:21-28)

En los Evangelios encontramos muchas indicaciones del amor de Jesús para con los marginados y desheredados que incluían a los extranjeros y a las mujeres.  En este texto tenemos un ejemplo de ambos.

Episodios como éste tienen que haber sido importantes para Marcos y las comunidades que él representaba durante las décadas desde los fines de los 30 hasta los 60 de la era cristiana.  Los Evangelios sinópticos habrían sido escritos para la instrucción de los convertidos de Pablo y los demás apóstoles en el proceso de superar las paredes que separaban a Judíos y Gentiles.  Se libraba la lucha para superar las barreras nacionalistas y jerárquicas que separaban a los judíos y los gentiles y perpetuaban la dominación masculina de la mujer.  Y evidentemente Marcos quería que sus lectores se dieran cuenta que era Jesús mismo a través de sus hechos y sus dichos que autorizaba estos cambios [4].

Tiro era una ciudad fenicia antigua situada en la costa mediterránea a unos 50 kilómetros al noroeste del Mar de Galilea.  Era famosa desde la época de la reina Jezabel por su altar dedicado a la diosa de la fertilidad, Astarte (1 R 16:31).  En el tiempo de Jesús era centro de comercio y cultura pagana – griega y romana.

El retiro de Jesús fue interrumpido por la impertinencia de una mujer «griega y sirofenicia de nación» con una hija poseída de un «espíritu inmundo», que suplicaba con insistencia su ayuda.

Esta mujer era tres veces marginada.  Primero, era mujer y las costumbres sociales no admitían conversaciones entre mujeres y hombres en estas situaciones.  Segundo, era griega de nacionalidad, pero aun peor, en cuanto a su fe, era pagana.  Y tercero, era de origen sirofenicia.  Por su raza se la  identificaba con los cananeos del periodo veterotestamentario y se la asociaba con la religión pagana de Tiro y Sidón, con una historia que se remontaba a la época de la temible defensora de esta religión, la reina Jezabel.

A primera vista, la respuesta de Jesús nos sorprende.  «Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos». «Perro» era el insulto más grande que los Judíos podían encontrar para dirigirse a los Gentiles en el mundo antiguo. A pesar de todo lo que la mujer tenía en contra, ¿realmente le suena a Jesús esta respuesta?

Es una pena que no podemos captar el tono de voz que Jesús empleaba para su respuesta, o fijarnos en su mirada a ver si no habría una pequeña sonrisa en sus labios o un ligero brillo en los ojos.  ¿Podría haber intentado un poco de humor o probado la sinceridad del pedido?

Pero antes de juzgar la intención de Jesús notemos más de cerca el texto.  Se trata de una analogía más bien que un término peyorativo dirigido a la mujer.  Y segundo, no se emplea «perro», sino  «perillo», con el sentido de cariño que este término implica.  Y tercero, tras la alimentación de los cinco mil y la recolección de las doce cestas de comida que sobraron, Marcos, de forma velada, indica que hubo un sentido escondido que no captaron, («porque aun no habían entendido lo de los panes…» (6:52).  ¿Podría significar que en la provisión pródiga de la gracia de Dios hay más que suficiente?  Da para todo el que necesita.  Cuando Jesús dijo, «deja que primero se sacien los hijos» la implicación es que luego se servirán todos.

Sea como fuera, la respuesta de la mujer nos asombra.  «Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos».  Esta es la única vez en el Evangelio de Marcos que Jesús es confesado Señor (kurie), ¡y surge de los labios de una mujer pagana!  (Y, de paso, la única persona en el Evangelio de Marcos que confiesa que Jesús es «el Hijo de Dios» también era pagano, el centurión romano (15:39).

El que los Judíos gocen de una prioridad histórica, insiste esta mujer pagana, de ninguna manera limita la gracia asombrosa de Dios.  Esta despreciada mujer sirofenicia sabía mejor que los principales maestros en Israel, los Escribas y los Fariseos, que la elección divina no era al privilegio, sino al servicio, como mayordomos de la gracia sin igual de Dios destinada a alcanzar a todos los pueblos de la tierra.

Su respuesta nos asombra.  Tras una respuesta inicial, que dejaba de reflejar su cultura judía, Jesús, respondió con esa compasión, tan característica del reino de Dios, que marcaba todas sus relaciones con los/las marginados/as.  Y al parecer, ¡Jesús se cambió de idea!  Y la mujer volvió a su casa y halló a su hija liberada del poder demoníaco.

En un pasaje paralelo, Mateo (15:21-28) describe a la mujer como cananea, el término peyorativo con que se refería en el Antiguo Testamento a los habitantes paganos de la tierra prometida.  Pero a pesar de su triple marginación ella se dirige a Jesús como «Señor (Kurie), Hijo de David» (Mt. 15:22), reconociendo así la autoridad mesiánica de Jesús, y pide su misericordia para la liberación de su hija, atormentada de un demonio.

De paso, conviene señalar que, en relación con el saludo de la mujer, los biblistas han notado que una de las principales imágenes con que Mateo describe la iglesia en su Evangelio es la del «Verdadero Israel», o «Nuevo Israel».  Al tomar nota que esta mujer cananea confiesa a Jesús como «Señor, Hijo de David», Mateo destaca el papel de esta mujer marginada en la articulación de una nueva visión eclesiológica.  ¡Es teóloga también!

En este caso los mismos discípulos de Jesús piden que la mujer sea despedida sin más.  Y aun Jesús parece reflejar el pensar tradicional, y seguramente la convicción de los discípulos, cuando dice, «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (15:24).  Pero ni el silencio (23), ni el argumento tradicional de la prioridad israelita (24), la detienen. Y con todo, la mujer persiste y Jesús termina declarando a la niña liberada de su opresión demoníaca con las palabras, «Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres» (15:28).

Para los primeros lectores de Marcos y de Mateo, que debatían las cuestiones de la inclusión de los gentiles marginados en las nuevas comunidades mesiánicas y la superación del tradicional patriarcalismo en las congregaciones primitivas, el relato de este ejemplo de Jesús habría comunicado poderosamente la superación de diferencias de raza y nacionalidad y favorecido la participación plena de mujeres y hombres en la vida y misión de la iglesia.

Menno incluyó en sus escritos a esta mujer (y a la mujer pecadora) entre una lista de diez ejemplos de fe auténtica tomados de las Escrituras.   Y aunque Jesús mismo parece haber quedado admirado de su fe, uno se pregunta si ésta es la principal lección que Mateo y Marcos querían comunicar a sus lectores [5].

A la luz del contexto socio-histórico en que se debatían cuestiones de inclusión de gentiles y la superación de barreras entre hombre y mujer, entre esclavo y libre entre culto e inculto, estos episodios ofrecían el ejemplo de Jesús mismo como argumento a favor de la inclusión y la igualdad en la iglesia naciente y en los propósitos de Dios.

Jesús y la Mujer Pecadora en la Casa de Simón el Fariseo (Lc 7:36-50)

Este episodio no debe confundirse con otros, semejantes,  pero con notables diferencias, relatados en los Evangelios.  Estos se hallan en Mt 26:6-13; Mc 14:3-9; Jn 12:1-8.  En Mateo y Marcos es «una mujer» en la casa de Simón el Leproso.  En Juan es María hermana de Lázaro y Marta.

En este episodio, relatado por Lucas, estamos en presencia de una confrontación total entre una visión tradicional de la mujer, representada en el farisaísmo contemporáneo, y una visión alternativa, sorprendente y radicalmente diferente, asumida por Jesús.

Simón el Fariseo representaba lo mejor y lo más serio del compromiso a la tradición religiosa en el Judaísmo contemporáneo.  Para los lectores de Lucas su intención sería clara.  Jesús mismo es la autoridad tras la nueva apertura hacia los marginados, incluyendo a la mujer, y aun hacia las más despreciadas por la sociedad.  Y esta visión está en conflicto abierto con la visión tradicional y patriarcal.

Las palabras con que se introduce a la mujer en el escenario, kai idou, traducidas «entonces» en nuestra versión, implican sorpresa.   Refleja delicadeza al no mencionar su nombre, pero, sí, es una mujer conocida en la ciudad como pecadora.  Esto implica que sería posiblemente la mujer de algún marginado, como cobrador de impuestos, por ejemplo, o una prostituta.

La mujer, con una emoción desbordante, se puso a ungir con perfume los pies de Jesús, mojarlos con sus lágrimas, secarlos con sus cabellos, besarlos repetidamente y luego ungirlos con perfume de nuevo.

La reacción de Simón sería de esperarse.  Escandalizado, reaccionó a su manera, entrando a juzgarle a Jesús en los rincones de su mente.  «Este, si fuera profeta», en la versión de Lucas es probablemente una alusión a una opinión popular que con Jesús estarían en presencia de un gran profeta en su medio (Lc 7:16).  La situación es escandalosa para Simón porque Jesús le permite a una mujer que le toque en público y por encima, esta mujer es una pecadora pública conocida.

En una ironía que a sus lectores no podría pasar desapercibida, Jesús manifiesta sus dones proféticos leyendo a perfección la mente de Simón.  Su ejemplo de los dos deudores va directamente a la raíz de su problema: un celo religioso totalmente carente de experiencia de misericordia que hubiera producido en él un amor compasivo capaz de cuestionar esas estructuras de dominación jerárquica.

Tras la pequeña parábola de Jesús que pinta con cristalina claridad su problema, Simón responde con una frialdad que congela su alma.  «Pienso, (supongo, NBE) que aquel a quien perdonó más» (43).

Y, en cuanto a la mujer, Jesús dice, «sus muchos pecados le son perdonados, porque, amó mucho» (47).  Esto ha llevado a algunos a pensar que en el amor perfecto hay un poder salvífico.  Sin embargo, lo que Jesús dice a continuación aclara la situación, «mas aquel a quien se le perdona poco, ama poco» (47).

La traducción de la Nueva Biblia Española ha captado bien el sentido del texto griego.  «Por eso te digo: cuando muestra tanto agradecimiento es que le han perdonado sus pecados, que eran muchos; en cambio, al que poco se le perdona, poco tiene que agradecer.»

Los primeros lectores del Evangelio de Lucas entenderían con claridad que la autoridad de Jesús mismo está detrás de esta nueva visión alternativa de apertura hacia los marginados de toda índole y de superación de las barreras entre los géneros creadas por las tradicionales estructuras jerárquicas.

Pero hay también una segunda lección para las comunidades lectoras.  La autoridad de Jesús mismo está detrás de la práctica de atar y desatar en las comunidades primitivas.  En respuesta a la duda farisaica, «¿Quién es éste, que también perdona pecados?» (Lc. 7:49), quedó claramente demostrado que Jesús, sí, perdonaba los pecados y que en el Cuerpo de Cristo, y en el poder del Espíritu del Cristo Viviente, la Iglesia sigue restaurando mediante sus acciones compasivas y sus palabras de perdón (cf. Mt 18:15-20).

Jesús y la Mujer Encorvada (Lc 13:10-17)

Otra iniciativa contra cultural de Jesús incluye a la mujer «que tenía espíritu de enfermedad y que andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar» (11) que Jesús sanó en la sinagoga en día de sábado.  En este episodio, mediante los hechos y los dichos de Jesús, notamos la manera en que el reinado de Dios, ese nuevo orden divino libre de dominación comienza ya a desplazar el viejo orden de dominación.  Jesús llama a la mujer «hija de Abraham», expresión inaudita en la antigua literatura judía.  Llamarse «hijo de Abraham» era el mayor orgullo de un hombre judío.  A esta mujer se le otorga status en la comunidad del pacto en plena igualdad de condiciones con los hombres.  Al poner sus manos sobre ella para sanarla, Jesús revocaba el tradicional código de santidad con sus escrúpulos masculinos en relación con la supuesta impureza sexual femenina.  Al sanarla en el día sábado en medio de la sinagoga, Jesús desafiaba abiertamente el monopolio masculino sobre los medios de gracia y acceso a Dios.  Y al señalar que su condición era el resultado de la oposición satánica, Jesús la libraba del poder de ese sistema de dominación cuyo espíritu impulsor era Satanás.  En este drama de liberación del poder satánico, Jesús libraba a la mujer del patriarcalismo y del elitismo religioso masculinos a que la mujer había sido sujetada.  Desde ese momento la mujer encorvada quedaba libre para caminar enderezada y con plena dignidad en un espacio hasta entonces ocupado solo por el hombre.  Este episodio, tal como lo relata el evangelista, es símbolo del amanecer de una nueva era – el reinado de Dios, ese nuevo orden divino libre de dominación.  Con razón, «todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él» (13:17) [6].

Jesús y la Mujer Sorprendida en Adulterio (Jn 8:3-11)

Los especialistas en la crítica textual del Nuevo Testamento señalan que este texto, tanto por su estilo literario, como por el hecho de no aparecer en los manuscritos más antiguos del Evangelio, con toda seguridad no formaba parte original del Cuarto Evangelio.

Sin embargo, no hay duda de su veracidad.  En algunos manuscritos aparece el episodio a continuación de Lucas 21:38, situando, así, este episodio en los predios del templo.  Pero muy especialmente, este relato concuerda perfectamente bien con lo que ya sabemos de la actitud y la práctica de Jesús en relación con los marginados, incluyendo a la mujer.

En juego aquí está la orientación legalista del establecimiento religioso del Judaísmo del primer siglo con su preocupación por una aplicación literal y severa de la ley que choca con la misericordia de Dios reflejada en la compasión de Jesús para con los más necesitados.  También reflejada en este episodio está la oposición entre la orientación patriarcal oficial con su dominación de la mujer por parte del hombre y la visión profética y alternativa que le caracterizaba a Jesús.

La acusación de los adversarios refleja ya sus prejuicios.  «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio» (8:4).  La ley a que ellos apelaban decía: «Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos» (Lev 20:10; cf. Dt 22:22).  Y extrañamente han acusado y traído tan solamente a la mujer, reflejando la duplicidad moral bastante amplia que infectaba (e infecta) las relaciones entre los sexos en la tradición patriarcal.

Ante el pedido de los escribas y fariseos de una opinión, Jesús primero se hizo el distraído, dibujando en el suelo con su dedo.  Luego, ante su insistencia, invitó al que estuviera sin pecado, que arrojara la primera piedra contra ella.  En efecto, poniendo al descubierto al testigo del delito (recuérdese que había «sido sorprendida en el acto mismo»), y la duplicidad moral de los demás, pues «acusados por su conciencia, salían los más viejos hasta los postreros» y nadie se atrevió a lapidarla.

Y Jesús, viéndola en su condición de marginada y víctima, le extendió el perdón divino capaz de transformarla para que no pecara más.

Para los lectores de Juan, en una comunidad en conflicto con el Judaísmo oficial a fines del siglo I, este episodio serviría para reforzar su compasión para con todos los marginados y necesitados entre ellos, y especialmente para la mujer, víctima de la dominación patriarcal.

Jesús y la Mujer Samaritana (Jn 4:7-42)

La historia del encuentro de Jesús con la mujer samaritana nos recuerda, una vez más, de lo radicalmente contra cultural que era la actitud de Jesús hacia los marginados, en este caso los extranjeros samaritanos, y hacia la mujer.

En el primer caso, fue la Samaritana que señaló esta diferencia.  «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?  Porque Judíos y Samaritanos no se tratan entre sí» (4:9).  Los Judíos odiaban a los Samaritanos por su origen pagana (2 R 17:24-41).  Sin embargo, Jesús en ocasiones hablaba bien de los Samaritanos (Lc 10:33; 17:16).

En el segundo, fueron  los mismos discípulos de Jesús que articularon los prejuicios tradicionales.  «En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?» (4:27).  En ese contexto diríamos que los discípulos tenían razón.  Era una cosa inaudita que un rabino hablase familiarmente con una mujer en público.

Uno se imagina que casi sesenta años más tarde, cuando el Evangelio de Juan era leído en la comunidad cristiana, a partir de la última década del primer siglo en adelante, los creyentes tendrían la ocasión de ver sus propias actitudes y prejuicios reflejados en los de los discípulos de Jesús en el espejo de este texto, y en el poder del Espíritu del Cristo Viviente, dejarse ser transformados.

La Samaritana era tres veces perdedora.  Era Samaritana odiada, era mujer marginada y sería, por su historia matrimonial,  pecadora despreciada.  Cinco veces había sido repudiada.  Cinco maridos la habían tomado bajo su protección en matrimonio para luego descartarla.  (En su cultura la iniciativa le correspondía al hombre, y no a la mujer.)   Y ahora, no es más que la concubina del hombre que la ha tomado como suya.  Y sin embargo, Jesús no duda en entablar conversación con ella, y así dignificarla en medio de su marginación extrema.

Jesús no dudó en compartir una visión teológica con ella que, hasta nosotros, tras casi dos milenios de historia de interpretación bíblica, todavía hallamos compleja.  (Por ejemplo, el simbolismo del agua, el papel vivificante del Espíritu, el carácter del culto auténtico, el alcance universal de la intención salvífica divina, etc.)  A partir de ese momento, ella tiene derecho a gozar de acceso al agua de vida eterna, a pesar de su marginación extrema.  Ella pasa a ser hija amada de Dios, con pleno derecho a adorar a Dios «en espíritu y en verdad», a pesar de su género, su raza y su marginación moral.

Intérpretes bíblicos no han dejado de ver en la malaventurada historia matrimonial de la mujer, cinco maridos, y ahora uno que realmente no lo es, una alusión a la creación del pueblo samaritano mediante el traslado de cinco pueblos paganos por orden del rey de Asiria a ocupar un territorio despoblado (2 R 17:24ss).  Pero sea como fuera, la situación desgraciada de la mujer no fue impedimento para que Jesús tuviera compasión de ella. De una mujer, cinco veces repudiada y testigo en que nadie tendría confianza, se convirtió en el instrumento escogido para la transformación de su pueblo.

«Entonces la mujer dejó su cántaro (¿para que Jesús bebiera?), y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que ha dicho cuanto he hecho.  ¿No será éste el Cristo? (…) Y muchos de los Samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio (…) Y creyeron muchos más por la palabra de él» (4:28,29,39,41).

Uno está tentado a pensar que la extensión de la iglesia a Samaria y la acogida extraordinaria que recibió el evangelio en esa ciudad se debería en parte, por lo menos, a los comienzos iniciados por esta mujer (Hch 8:1,4.8,25).

Las discípulas de Jesús

Es bien conocido que un grupo de doce discípulos fueron llamados a seguir a Jesús durante su ministerio.  Lo que no es tan conocido es que hubo otro grupo de discípulas que también siguieron a Jesús durante su ministerio.  Y, según Lucas, ambos grupos, hombres y mujeres, compartieron el ministerio de Jesús.  Las mujeres fueron protagonistas en el seguimiento de Jesús en igualdad de condiciones con los hombres.  Aparentemente estas mujeres fueron protagonistas en el seguimiento de Jesús en igualdad de condiciones con los hombres.

«Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes» (Lc 8:1-3).

Los relatos de las visitas de Jesús a la casa de María y Marta (Lc. 10:38-42 y Jn. 11) nos enseñan, entre otras cosas que una mujer, igual que un hombre, puede ser plenamente discípula de Jesús.  Se suele ver en la queja de Marta en Lucas 10:40-42, una versión del debate eterno sobre la importancia relativa entre una vida dedicada al servicio activo de Dios y los semejantes y una espiritualidad contemplativa.  Sin embargo, en el contexto judío de la época «sentarse a los pies» de un rabino era un término técnico para referirse a la postura de un discípulo del rabino.  De hecho, la misma frase se emplea en el caso del endemoniado gadareno, sanado por Jesús.  «Sentado a los pies de Jesús» le pidió permiso para seguirle.  Pero Jesús, en cambió, le envió como testigo a su propio pueblo con un mensaje evangelizador contando «cuan grandes cosas ha hecho Dios contigo» (Lc. 8:38).  En efecto, con su respuesta a Marta, Jesús está afirmando el pleno derecho de una mujer a ser su discípula, en igualdad de condiciones con los hombres.  «Una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada» (Lc. 10:42).

En Juan 11:27 es Marta la que confiesa que Jesús es el Mesías.  «Sí, Señor (…) tu eres el Cristo, el Hijo de Dios que has venido al mundo».  Esta es la misma confesión que en cada uno de los cuatro Evangelios (Mt 16:16; Mc 8:29; Lc 19:20 y Jn 6:69) es hecha por Pedro, en nombre de la comunidad de discípulos.  Así que en la comunidad juanina se vería a Marta, al igual que a Pedro, actuando como vocera/o para el grupo de los/as seguidores/as de Jesús [7].

Evidentemente hubo diferencias en las actividades de los dos grupos.  Hubiera sido difícil para una mujer sencillamente salir de su casa y su familia para seguir a un rabino itinerante, y más todavía, ser asimilada en un grupo mixto con hombres que no eran sus esposos.  Esto posiblemente explica porque Lucas señala sus situaciones desesperadas de marginación, de algunas de ellas por lo menos, que condujeron a su seguimiento de Jesús.  También hubiera sido imposible haber enviado a mujeres solas con una misión de enseñanza y predicación como fue el caso con los hombres.  Las costumbres de la época no hubieran permitido que hombres ni siquiera prestaran atención a un mensaje comunicado por mujeres [8].

Pero, a pesar de todos estos inconvenientes, este discipulado común les llevó a ambos grupos a acompañar a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén.  Y de acuerdo con el testimonio unánime de los cuatro evangelistas, las mujeres le siguieron hasta la cruz y permanecieron cerca hasta llegar a ser las primeras testigos de la resurrección.   «También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén». (Mr 15:40-41; cf. Mt 27:55-56; Lc 23:49; Jn 19:25).

Luego de un largo silencio en el cuerpo principal del texto (desde Lc 8:1-3 hasta Lc 23:49) en cuanto a la existencia y participación de este grupo de discípulas, los Evangelios todos señalan su protagonismo.  Las mujeres le han acompañado en el camino del discipulado desde Galilea, le han servido, y la han acompañado hasta la misma cruz.  Y lo han hecho en contraste con el momento de mayor fracaso de parte del grupo masculino que le abandonó [9].

Estas mujeres, discípulas de Jesús, jugaron varios papeles importantes.  Primero, estaban presentes, y aunque no dijeran nada, sirvieron como símbolos de auténtico discipulado, un seguimiento que incluye asumir una cruz.  Y segundo, fueron testigos.  Tres veces se nos señala que las mujeres fueron testigos: vieron la muerte de Jesús (15:40), vieron donde lo sepultaron (15:47) y finalmente vieron la tumba vacía y el mensajero divino de la resurrección (16:1,4-6).

Testigos de la resurrección y participantes de Pentecostés

En el judaísmo del primer siglo el testimonio de mujeres no se consideraba válido.  Pero, en contraste con su contexto, el Nuevo Testamento, sí lo considera válido.  Las mujeres son las testigos primarias de la muerte y la resurrección de Jesús.  Según los Evangelios, fueron estas mujeres las que dieron la noticia de la resurrección de Jesús, junto con su invitación a encontrarse de nuevo en Galilea, con los discípulos (Mt 28:8-10; Mc 16:9-11; Lc 24:8-12).

Según Marcos 16:7 la invitación de Jesús es tanto para las mujeres como para los hombres.  «Pues id, decid a sus discípulos que él va delante de vosotros/as a Galilea; allí le veréis como os dijo».  Aunque no hayan sido mencionadas específicamente desde Lc 8:1-3, estas mujeres que le acompañaron desde Galilea han formado parte del contingente durante todo el camino.  Y ahora lo serán de nuevo en el encuentro en Galilea y también en el aposento alto en Jerusalén [10].

Sin embargo, Marcos 16:7-8 nos señala que las mujeres también fueron falibles.  «Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os digo.  Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.»  Interesantemente, esta versión es «corregida» a continuación en la sección aparentemente añadida al texto original (16:9-20) donde apareció Jesús el Resucitado a María Magdalena y «yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando» (vv. 9-10).

Los primeros lectores de Marcos probablemente entenderían de estos fracasos de parte de los discípulos y de las discípulas que también hay perdón y restauración tras sus fracasos en el seguimiento fiel de Jesús en el camino hasta la cruz misma, y también tras sus fracasos en dar testimonio fiel la resurrección de Jesús.  Y en este caso lo necesitamos tanto hombres como mujeres.

En el segundo tomo de su Evangelio, Lucas describe, a continuación, el protagonismo de estos dos grupos de discípulos/as.  En el aposento alto en Jerusalén se encontraban los once, que Lucas nombra a continuación, y luego añade, «Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos (…) Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos” (Hch 1:14, 2:1).

Todos, igualmente, «fueron llenos del Espíritu Santo» (v. 4).  Y en su interpretación del acontecimiento, Pedro recordó la visión del profeta Joel, «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán. (…) Sobre mis siervos y mis siervas (…) derramaré de mi Espíritu y profetizarán» (vv. 17-18).

Y efectivamente, surge una comunidad carismática, que depende de todos los dones la gracia de Dios, tanto para sostener su vida como para comunicar el evangelio, encargada con la continuación de la misión de su Señor en el mundo.

A continuación encontramos a una comunidad en que los dones del Espíritu son derramados sin distinción sobre mujeres y hombres, pues se trata de «el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno/a en particular como él quiere» (1 Cor 12:11).  Y su mensaje profético es proclamado tanto por las mujeres como por los hombres (Hch 21:8-12; 1 Cor 11:5; et al.).

El que la iglesia, a través de su historia, no haya sido fiel a esta visión de un nuevo orden divino libre de dominación, no debe cegarnos ante la importancia absolutamente fundamental y el significado radical de las actitudes y las actuaciones de Jesús en relación con la mujer.  Estos hechos y dichos no son meras ocasiones para mostrar nuestra admiración y asombro.  Jesús no era meramente «un buen caballero», que siempre actuaba con buenos modales en su relación con la mujer, sino que se trataba de algo sumamente más fundamental.  La restauración de la mujer a su humanidad plena y a su condición de igualdad con el hombre era elemento integral en la llegada de ese nuevo orden divino libre de dominación, el reinado de Dios [11].   Como Jesús mismo decía, «Es necesario que (…) anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado» (Lc 4:43).  Y esto incluye la plena participación de mujeres y hombres en el nuevo orden inaugurado por Jesús.


1. Conferencia para el Congreso Anabautista del Cono Sur, Uruguay, enero de 2007.

2. P. Tribble, “Woman in the Old Testament”, Crim, Bailey, Furnish and Bucke, eds., The Interpreters Dictionary o f the Bible, Nashville: Abingdon Press, Supplementary Volume, pp. 963-966, 1976.

3. Walter Wink, The Powers That Be: Theology for a new millennium, New York: Galilee Doubleday, 1999, p. 69.

4. Véase por ejemplo el comentario interpretativo de Marcos, “Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos” (Mc. 7:19b).  Timothy J. Geddert, Believers Church Bible Commentary: Mark, Scottdale and Waterloo: Herald Press, 2001, pp. 169-174.

5. J. C. Wenger, ed., The Complete Writings of Menno Simons, Scottdale, PA: Herald Press, 1956, pp. 343-391.

6. Walter Wink, Op. Cit., pp. 70-71.

7. Lucía Riba de Allione, “Mujeres discípulas en el Evangelio de Juan: Presencia e igualdad”, Manuscrito inédito, Córdoba, Argentina.

8. Richard y Catherine Kroeger, “The Other Disciples”, en Reta Halteman Finger y Kasri Sandhass,eds, The Wisdom of Daughters: Two Decades of the Voice of Christian Feminism, Philadelphia: Innisfree Press, Inc., 2001, pp. 23-26.

9. Richard y Catherine Kroeger, “The Other Disciples”, en Reta Halteman Finger y Kasri Sandhass,eds, The Wisdom of Daughters: Two Decades of the Voice of Christian Feminism, Philadelphia: Innisfree Press, Inc., 2001, pp. 23-26.

10. Richard y Catherine Kroeger, “The Other Disciples”, en Reta Halteman Finger y Kasri Sandhass,eds, The Wisdom of Daughters: Two Decades of the Voice of Christian Feminism, Philadelphia: Innisfree Press, Inc., 2001, pp. 23-26.

11. Richard y Catherine Kroeger, “The Other Disciples”, en Reta Halteman Finger y Kasri Sandhass,eds, The Wisdom of Daughters: Two Decades of the Voice of Christian Feminism, Philadelphia: Innisfree Press, Inc., 2001, pp. 23-26.

 
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