Colección de lecturas
 
PDF Ejemplos bíblicos de transformación de conflictos

La familia de Dios:
Ejemplos bíblicos de transformación de conflictos [1]
por Dionisio Byler

Lo primero que tengo que decir es que no soy un experto en el tema de la resolución de conflictos ni en la intermediación de conflictos [2]. Sé que en ese campo hay muchas personas que están contribuyendo mucho, entre ellos no pocos menonitas. Si en algo se podría decir que me he especializado, tendría que ser el estudio bíblico. De manera que ofrezco la presente aportación con humildad, reconociendo que este es un campo donde más me tocaría aprender que contribuir. Lo único que os ofrezco hoy son mis comentarios sobre algunas narraciones de Génesis, con la confianza de que tal vez descubramos que aquí también la Biblia nos pueda resultar útil, aunque sospechando que sus autores probablemente jamás imaginaron que se daría este uso a estas historias [3].

Abram y Lot

Abram y Lot, tío y sobrino, han emigrado juntos a Palestina, dejando atrás en Irak el resto de su familia [4]. Aunque durante tres generaciones se mantendrá un profundo y estrecho vínculo entre la rama iraquí y la rama palestina de la familia, hemos de suponer que el vínculo familiar entre Abram y Lot es especialmente fuerte, puesto que tío y sobrino han afrontado juntos la emigración. Cada uno, tío y sobrino, tiene sus propios rebaños, que prosperan enormemente en Palestina. Y ahora el relato bíblico nos cuenta que surge un conflicto entre los pastores del ganado de Lot y los del ganado de Abram. El motivo lo explica perfectamente Gn 13,6. Y la tierra no podía sostenerlos para que habitaran juntos, porque sus posesiones eran tantas que ya no podían habitar juntos (BA).

Aquí hay que hacer un paréntesis para explicar que los patriarcas se dedicaban a un tipo de ganadería que hasta hace bien poco también era frecuente en España, y que es la ganadería trashumante. En la época posterior a la siega del trigo el ganado ovino podía alimentarse de los rastrojos, permaneciendo más o menos cerca de casa. Pero en la primavera y hasta la siega, era necesario llevarse el ganado a veces muy lejos de casa en busca de otros pastos. Tan lejos que durante meses enteros se podía perder el contacto. Es importante tener esto en cuenta, porque aunque los patriarcas no eran nómadas, sí es verdad que al ser inmigrantes recientes no poseían tierras en Palestina; y por la naturaleza de su negocio, mudarse de un lugar a otro no les suponía necesariamente una perjuicio importante.

Llegamos así a Gn 13,8-9, donde Abraham dice a Lot: Te ruego que no haya contienda entre nosotros, ni entre mis pastores y tus pastores, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Te ruego que te separes de mí: si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; y si a la derecha, yo iré a la izquierda (BA). Como sabemos, Lot escogió toda la zona sur del valle del río Jordán para su ganado, y vivió desde entonces en la ciudad de Sodoma.

Es decir que Abram, a quien correspondía tomar la iniciativa por ser el mayor de los dos, propone la manera más sencilla y eficaz de resolver el conflicto amigablemente. Además nos llevamos la impresión de que Abram y Lot llegan a este acuerdo dialogado en cuanto primero surge el problema. Muchas veces lo que hace especialmente endiablada la resolución de un conflicto es que se espera demasiado antes de intervenir, pensando que quizá se vaya a resolver solo.

Es así como Abram y Lot se separan. Pero se separan amigablemente, ambas partes perfectamente conformes con la solución convenida. Aquí no hay vencedores ni vencidos, sino que todos salen ganando. Abram y Lot volverían a encontrarse, sus caminos se volverían a cruzar, quizá incluso con cierta frecuencia. Y siempre conservarían ese fuerte y especial vínculo familiar que les había impulsado a emigrar juntos.

Esta es la situación ideal. Nos demuestra una vez más que los conflictos en sí mismos no son malos, según cómo se resuelvan. Un conflicto puede ser la ocasión para la maduración personal o para aprovechar para hacer cambios necesarios, que beneficien a todas las partes. Ojalá todos los conflictos se pudieran resolver tan rápidamente, tan amigablemente, tan equitativamente y con el mismo beneficio ulterior para todas las partes.

Sara y Hagar

Llegamos así al siguiente conflicto en esta familia, que es el conflicto entre Sara y Hagar. Este conflicto es mucho más complicado por la desigualdad de poder entre las partes, que constituye un foco de tensión permanente, durante muchos años. De hecho, lo primero que sabemos de la relación entre Sara y Hagar, en Génesis 26, es precisamente ese dato de que la relación es una de abuso sistemático, la relación ama-esclava. Es una relación en la que una de las partes tiene voz y autoridad; la otra parte sólo puede callar y obedecer. Descubrimos de inmediato que el trato de la esclava incluye el abuso sexual, donde Hagar es obligada por su dueña a acostarse con su esposo, para dar a luz un hijo que no será considerado suyo, sino de su señora [5]. Pero Hagar ve en su embarazo un factor equilibrante de poder respecto a su ama y empieza a dar voz a su autonomía como ser humano con su propia dignidad, sus propias opiniones y sus propios sentimientos. Lo que desde la perspectiva de la esclava es dignidad humana, sin embargo, desde el punto de la señora es insolencia y falta de respeto. El resultado es que llueven sobre Hagar peores abusos y castigos que antes. La relación es tan opresiva e intolerable que al fin Hagar se fuga. En el desierto le habla Dios, la consuela y le hace promesas de un futuro diferente; y entonces Hagar vuelve con su señora y da a luz a Ismael. Posteriormente, en Génesis 21, Sara también concibe y da a luz a Isaac.

Pero Ismael, acostumbrado a ser un hijo, no un esclavo, ve en Isaac un hermano menor, no un amo; y Hagar, habiendo probado el dulce sabor de la igualdad como reproductora —ya que no como persona— sigue sin doblegarse a una condición de abusos y malos tratos en el seno de la familia.

Al final Abraham tiene que intervenir. Abraham emancipa a Hagar y reconoce a Ismael como su hijo. Pero Abraham reconoce también que la relación entre Sara y Hagar no tiene solución. Por eso Abraham crea, en efecto, un divorcio en la familia. Las dos mujeres con sus respectivos hijos tendrán que vivir por separado. Hagar y Sara jamás volverán a tener ningún trato de ningún tipo ni jamás volverán a verse las caras. Ismael e Isaac sólo se vuelven a ver una única vez; cuando el entierro de Abraham.

Observemos entonces, en primer lugar: A veces la separación —el divorcio— es la única manera de romper con una dinámica tan envenenada que todo el mundo vive sumido en infelicidad. El divorcio —romper definitivamente la relación— no puede ser nunca la primera opción en ningún conflicto. Pero a veces es la única manera de permitir que ambas partes recobren una vida propia, libre de los condicionamientos inaguantables que conlleva una relación que jamás va a poder ser armoniosa. Yo tengo que suponer que en un grupo tan diverso e internacional de menonitas como este aquí presente, habrá diversidad de opiniones acerca del divorcio y la formación de familias nuevas por separado. Pero os dejo esta idea: que cuando hubo que escoger entre dos males, Abraham prefirió el divorcio definitivo —prefirió que dejaran de ser una sola familia— antes que dejar permanentemente sin solución este conflicto insoportable en el seno de la familia. Os sugiero, además, que Abraham intuyó correctamente, que la familia que se mantiene unida subyugando a uno de sus miembros con abusos intolerables, ya no es una familia que merezca la pena mantener unida. Ya no es una familia de la que se pueda decir que allí se encuentra la bendición de Dios [6].

Y por extensión diría lo mismo acerca de algunos conflictos en la Iglesia. Tengo bastantes años vividos en la viña del Señor como para haberme hartado de ver situaciones donde la única solución digna, que hace honor a nuestro Dios —que al fin y al cabo es un Dios de amor y de paz— es que la iglesia se divida y que cada grupo goce de entera libertad para vivir como familia de Dios, sin más interferencias por parte de los que no comparten su particular visión. Las divisiones ya no me escandalizan, no por lo menos donde el resultado es que unos y otros disfrutan de libertad para vivir con gozo y unidad interna la vocación a que se sienten llamados como familia de Dios. Más me escandaliza la falsa apariencia de unidad, donde la politiquería eclesial crea vencedores y vencidos, dando cabida a autoridades encumbradas a la vez que a miembros humillados que aguardan con rencor su oportunidad para hacerse con el poder.

Observemos, en segundo lugar, que en la resolución de este conflicto sí hay alguien que gana. La relación era una relación abusiva e injusta y exige cambios que afectarán de diferente manera a cada cual: Hagar obtiene su emancipación y la de su hijo; gana poder y autonomía. Sara pierde una esclava; pierde poder y ya no podrá dar rienda suelta a su autoritarismo esclavista.

Observemos, en tercer lugar, que el conflicto sólo pudo ser superado por la intervención e intermediación de un tercero. Hay conflictos que los propios involucrados jamás podrán resolver; la relación está demasiado viciada, los propios protagonistas carecen de imaginación para generar cambios lo bastante profundos y que a la vez sean aceptables para ambas partes. En este caso ha bastado un miembro de la propia familia; lo cual dista mucho de ser lo ideal. Normalmente toda la familia acaba tan contaminada por el conflicto, que no queda nadie en el seno de la propia familia capaz de conservar la equidistancia y la claridad emocional como para ofrecer una solución aceptable. Es mucho más frecuente que tengan que intervenir una o más personas de fuera del entorno familiar. Si el conflicto es en la iglesia, lo más probable es que deban intervenir personas de fuera de la congregación en este proceso de intermediación y arbitrio de soluciones definitivas.

Y observemos, en cuarto lugar, que a lo largo de este conflicto Dios interviene reiteradamente. Dios habló a Hagar para consolarla y ayudarle a hacer lo mejor para su hijo cuando huía de su ama. De hecho, Dios habló con la esclava mucho antes de hablar con la dueña. Y posteriormente Dios salva la vida de Hagar e Ismael y cumple las promesas que había hecho a Hagar cuando no era más que una esclava despreciada. Dios también interviene con Sara, dándole una oportunidad para madurar como persona. En la medida que su trato abusivo se debía a su propio complejo de inferioridad por su esterilidad, Dios la sana y le da un hijo. Y le da ahora una segunda oportunidad para madurar como persona, al guiar a Abraham a emancipar a su esclava, liberando así también a Sara de una relación cuyos vicios inherentes eran más fuertes que su capacidad de cambiar por cuenta propia.

Jacob y Labán

Isaac vuelve a Irak para casarse con su prima Rebeca y el matrimonio tiene hijos mellizos. Del conflicto entre Jacob y Esaú hablaremos más adelante. El caso es que una vez más, cuando se agudiza hasta lo insoportable la rivalidad entre los hermanos —y antes de que uno de ellos cometa una locura— el otro se marcha. Jacob vuelve a Irak, donde su tío Labán. Allí se casa con sus primas Lea y Raquel, que además de darle hijos adoptan como suyas los hijos que Jacob tiene con sus esclavas. Y todos prosperan: Labán, desde luego, gracias al trabajo excelente que realiza para él Jacob. Pero Jacob también prospera por cuenta propia.

De hecho, la propia prosperidad de Jacob será el siguiente punto de conflicto familiar, narrado en Génesis 31. Como experto ganadero que es, Jacob consigue manipular las cruzas de las ovejas de tal manera que las mejores ovejas de Labán siempre acaban pariendo corderos del color que han acordado que le corresponderán a él como paga de su trabajo. Labán no sabe cómo lo hace, pero sí sospecha que su yerno le está estafando, de manera que en diez oportunidades distintas Labán le cambia las reglas a Jacob acerca de cuáles corderos serán su paga. Podemos imaginarnos la escalada de tensión y desconfianza mutua que viene pareja con todo esto. Van pasando los años y Labán y sus hijos están cada vez más convencidos de que Jacob les está estafando, aunque no saben cómo. Y Jacob está cada vez más irritado porque siempre le están cambiando las condiciones de su paga. Jacob sabe bien que lo que él está haciendo entra dentro de la letra de los acuerdos, aunque tal vez no sea del todo fiel al espíritu que cabía esperar en un acuerdo familiar. Desde luego, cuanto más se da cuenta Jacob que Labán y sus hijos desconfían de él, más justificado se siente él para reclamar que se cumplan estrictamente los términos legales de los acuerdos.

Una vez más, la única salida posible parece ser la separación. Después de convencer a sus esposas, que comparten con Jacob la sensación de distanciamiento emocional con su familia, salen a hurtadillas, sin despedirse, mientras Labán está ocupado trasquilando sus ovejas.

Si después de tantos años a Labán ya no le quedaba ninguna duda de que Jacob le estaba estafando, ahora tiene que parecerle que las malas intenciones ocultas en la conducta de Jacob se han manifestado de pleno. Este sobrino al que ha recibido en la familia, con quien ha casado a sus dos hijas, le priva ahora de la posibilidad de una despedida en toda regla de sus hijas y sus nietos, y se lleva en secreto toda la riqueza ganadera que de alguna manera seguía posible imaginar como parte de su propio patrimonio en cuanto patriarca del clan. Para colmo, descubre que le han robado los ídolos familiares. Seguramente la posesión de esos ídolos era uno de los símbolos que acreditaban al patriarca como legítima cabeza de la familia; y su desaparición fue un duro golpe bajo, especialmente rastrero y vil.

Labán junta un buen número de hombres, parientes y allegados suyos, y todos parten en persecución de Jacob. Al cabo de tres días lo encuentran. Mucho más que la situación entre Abram y Lot, este conflicto está profundamente cargado de potencial para la violencia. La relación entre Sara y Hagar era estructuralmente violenta por su propia naturaleza, sin embargo en ningún momento parece haber peligrado la vida de ninguna de las dos. Pero aquí hay un trasfondo de desconfianza y resentimiento que ha ido creciendo con el paso de los años. Y ahora la ira está a flor de piel. Y hay hombres armados presentes, dispuestos a pasar a la acción según cómo vaya la negociación.

Labán empieza aludiendo a sus sentimientos paternales por sus hijas, reprochando que Jacob se marchara en secreto como si se las llevara cautivas, y sin darles a todos la tan necesaria ocasión para despedirse, llorar y reír juntos recordando los años vividos en familia, pasar unos últimos días cargados de nostalgia viendo como se aproxima la hora de la separación. La familia de Jacob sigue siendo la familia de Labán, y éste se muestra dispuesto a aceptar el fondo aunque no las formas de la separación. «Ciertamente te has marchado porque añorabas mucho la casa de tu padre» —justifica Labán a Jacob, recordándole así, a la vez, que el propio Labán y sus hijas también son capaces de sentir añoranza. Pero de inmediato arremete con la acusación del acto que no es posible justificar ni perdonar: el robo de los dioses familiares.

Jacob se siente ofendido por esta acusación, que le parece una más entre todas las muestras de desconfianza que ha tenido que sufrir de su suegro. Jura que si se encuentran los ídolos en el campamento, la persona que los tiene morirá. Y podemos imaginar cómo, a medida que los hombres de Labán proceden metódicamente a revisar todo lo que le pertenece, todo lo que su familia se trae consigo a la emigración, va en aumento la irritación de Jacob —que ignora que Raquel tiene los ídolos— y va creciendo su sentimiento de victimización y agravio. Al final, cuando no son hallados los ídolos, Jacob estalla y por fin empieza a salir a la luz toda la tensión, la desconfianza y las desavenencias acumuladas en el transcurso de veinte años. Ahora por fin Labán escucha lo que había ignorado todos esos años, las cosas que Jacob nunca se había atrevido a decirle: los sentimientos de frustración, injusticia, agravio, de manipulación y engaño, la auténtica rabia que había estado albergando contra él desde hacía largo su yerno, y que al parecer comparten también sus hijas.

Es el momento de máxima tensión. El peligro se siente en la respiración, en los músculos tensos de los rostros de todos. Jacob ha faltado el respeto al patriarca de la familia, levantándole la voz y dejando ver la profundidad y el largo alcance de su rencor. Un rencor rancio, exacerbado por largos años de silencio y disimulo.

Sin embargo Labán no puede dar la orden a sus hombres para que se los traigan a todos a casa por la fuerza. El texto bíblico menciona que esa misma noche se la había aparecido Dios a Labán. Ahora Labán reacciona de una manera inesperadamente magnánima, paciente y pacificadora. Igual que antes, cuando había justificado la marcha de Jacob sugiriendo la motivación de la añoranza de su país:

—Las hijas son mis hijas —dice—, y los hijos mis hijos, y los rebaños mis rebaños, y todo lo que ves es mío. ¿Pero qué puedo yo hacer hoy a estas mis hijas, o a sus hijos que ellas dieron a luz? Ahora bien, hagamos un pacto tú y yo y que sirva de testimonio entre tú y yo (BA).

El pacto que hacen es un acuerdo detallado de las conductas que cada cual espera del otro para que la relación pueda volver a ser armoniosa y de confianza. No importan aquí esos detalles, porque los detalles de los acuerdos dialogados son siempre únicos y especiales, conforme la naturaleza de los conflictos y la personalidad de los protagonistas. Lo que importa es que cada cual jura que vivirá conforme a lo estipulado en este acuerdo dialogado, e invocan a Dios como testigo. Luego lo celebran con una fiesta, ofreciendo un sacrificio y comiendo la carne juntos.

A la mañana siguiente Labán besa a sus hijas y nietos y los bendice y se marcha en paz.

Pero no hemos acabado nuestra historia. Resuelto sin violencia el conflicto con Labán, Jacob ahora tiene que volver a hacer frente a su conflicto con Esaú.

Jacob y Esaú

Aquí tenemos otra relación que arrastra un conflicto de muchos años. Esaú es una persona espontánea, generosa y sentimental, que nunca piensa mal y peca de ingenuo. Jacob es una persona manipuladora, fría y calculadora, que siempre encuentra la manera de aprovecharse de su hermano. Para colmo, la rivalidad entre los hermanos viene alimentada por sus padres, que en lugar de discutir y resolver sus problemas que tienen como matrimonio, proyectan sus desavenencias sobre sus hijos mellizos, mostrando cada cual un marcado favoritismo por uno y por el otro. Isaac y Rebeca, si hubiesen sido todo lo maduros que se esperaría, deberían haber hecho frente a la crisis que atravesaba su matrimonio. Pero no, sino que disimulaban y pretendían hacer ver que aquí todos somos felices y luego metían en medio de su conflicto matrimonial a sus hijos, peleándose los padres a través de los hijos, con consecuencias desastrosas para Esaú y Jacob. Naturalmente, en estas condiciones, la rivalidad y enemistad entre los hermanos va en aumento hasta que por fin Jacob comete una acción tan imperdonable que Esaú jura que lo matará. Jacob huye, poniendo mil kilómetros de por medio, y se va a vivir con su tío Labán. Pasan veinte años, Jacob se casa en Irak, allí tiene muchos hijos y se hace muy rico. Sin embargo, como ya hemos visto, su relación con su tío Labán también acabó mal, y Jacob decide volver a casa.

Para evitar sorpresas desagradables, al principio del capítulo 32 de Génesis Jacob manda mensajeros a Esaú, informándole de su intención de regresar a Palestina. Pero lo que le cuentan al volver sus mensajeros resulta harto inquietante: «Fuimos a tu hermano Esaú, y él también viene a tu encuentro y cuatrocientos hombres con él». Con razón añade nuestro texto que «Entonces Jacob tuvo mucho temor y se angustió». La ira de Labán era peligrosa pero al fin de cuentas la familia de Jacob eran las hijas y los nietos de Labán; Jacob podía contar con una cierta predisposición favorable hacia su familia por lo menos, si no hacia él personalmente. Pero después de veinte años la ira de Esaú era absolutamente impredecible, y el que viniese a su encuentro con todo un ejército era la peor de las señales imaginables en cuanto a sus intenciones.

Entonces sucede lo que sin lugar a dudas es el evento decisivo para la resolución de este conflicto. Jacob clama a Dios. Él, que siempre había conseguido salir bien parado en todas las situaciones; él, que siempre había sabido aprovechar las debilidades de los demás para su propia ganancia; él que siempre había sido el más listo, el más pícaro, el más calculador y controlador, llega por fin a una situación que no domina, donde tiene que admitir que necesita a Dios. Tal vez Jacob no sabe todo lo profundamente que necesita a Dios; seguramente no sabe que necesita una conversión, una auténtica transformación de su persona. Pero clama a Dios.

Esa noche la pasa en vela, luchando con Dios. Tal es su lucha con Dios que el relato lo expresa de manera física, como que Dios se le aparece en persona, en forma de hombre, luchando con él toda la noche hasta la más absoluta extenuación. Y de ese encuentro con Dios y esa lucha con Dios, Jacob sale profundamente cambiado. Seguirá siendo Jacob; seguirá teniendo una asombrosa capacidad para manipular a los demás y sacar provecho de la debilidad de los demás. Pero ahora utilizará esas facultades para resolver su conflicto con Esaú en lugar de empeorarlo.

Jacob emplea tres estrategias para resolver su conflicto con Esaú:

1. El obsequio

Nuestra narración nos cuenta al detalle la magnitud del obsequio que Jacob ofrece a Esaú: Doscientas cabras y veinte machos cabríos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta camellas lecheras con sus crías, cuarenta vacas y diez novillos, veinte asnas y diez asnos (Gn 32,14-15 BA). Cada grupo de ganado iba a cierta distancia del que lo precedía y cuando se encontraban con Esaú, los hombres de Jacob le iban informando que todo aquello era un presente de su hermano.

El tema de dar y recibir presentes tiene en algunas culturas su ritual y su significado muy codificado. Quien acepta un obsequio adquiere una deuda que tarde o temprano tendrá que saldar. Si el trato es entre dos personas de igual rango, el obsequio es una especie de desafío al honor, donde todo el mundo sabe qué es lo que ha sido regalado y todo el mundo observará si lo que se da a cambio es más valioso o menos que el obsequio inicial. En ese intercambio, quien ha dado el obsequio más valioso sale mejor parado, su honor y reputación y generosidad demostradamente superiores a las del otro.

Ahora bien, si quien primero da el obsequio es su inferior en la escala social, el superior, al aceptar el obsequio, acepta tomar bajo su protección al que ha presentado el obsequio.

Jacob ofrece a Esaú, entonces, la posibilidad de desviar su rivalidad a otras lides, que no la batalla: Quizá le ofrece un concurso de honor, generosidad y reputación entre iguales. Pero también puede que Jacob esté ofreciendo a Esaú la posibilidad de verle como un vasallo y aliado, ya no como un enemigo a eliminar.

El caso es que la magnitud del obsequio es tal que es imposible responder, al menos no espontáneamente, con un obsequio igual o mayor. La situación que se crea, entonces, es que si Esaú acepta el obsequio, todo el mundo entenderá que Jacob pasa a ser su protegido. Con gran astucia y un importante sacrificio económico, entonces, Jacob intenta que Esaú y los cuatrocientos hombres que vienen con él le vean como un aliado a proteger y ya no como un enemigo a eliminar. Esaú podía seguir odiándole y podía rabiar por la manipulación, pero su sentido del honor le impediría matarle.

Esta es, entonces, la primera de las estrategias que emplea Jacob para resolver su conflicto con Esaú: al tomar la iniciativa con un obsequio exageradamente valioso, pone a la defensiva a Esaú en el terreno del honor y el prestigio, desviando la rivalidad entre los hermanos hacia cauces menos peligrosos que el de medirse en batalla.

 2. La vulnerabilidad

La segunda estrategia que utilizará Jacob será la de vulnerarse, bajar sus defensas, abrirse al otro. Porque la propia magnitud exagerada del obsequio puede parecer esconder una amenaza. Y Esaú puede estar pensando: «¿No será que alguien tan rico como para permitirse un obsequio así, también tiene recursos para reunir un ejército incluso mayor que mis cuatrocientos hombres?»

Ahora Jacob distribuye delante de sí a sus hijos y las madres, y él viene al final de toda la comitiva, sólo y desarmado. Jacob se ha puesto total y absolutamente a la merced de Esaú, quien había jurado matarle. Presentándole sus niños y sus mujeres indefensos, Jacob viene al encuentro con Esaú como quien no tiene nada que temer de su hermano. Jacob obliga así a Esaú a verle como su familia y no como su enemigo.

Ahora bien, Esaú sabía sobradamente —por algo él y Jacob eran mellizos— que si dejaba que Jacob tomara la iniciativa, él saldría perdiendo. Y probablemente mientras reunía su pequeño ejército y marchaba hacia Jacob se había propuesto actuar decisivamente antes que volver a caer bajo la influencia manipuladora de su hermano. Pero es muy difícil atacar a quien no ofrece resistencia sino que te recibe con toda su familia como un hermano de toda confianza, de quien no hay nada que temer. Esaú, que Jacob sabía bien era tan impetuoso para lo bueno como para lo malo, al final corre hacia él y le abraza y le besa y los dos se echan a llorar como hermanos mellizos que eran, después de veinte años de separación.

3. La humildad

Pero expresarse mutuamente su afecto fraternal no es lo mismo que resolver un conflicto. Hay una antigua disputa entre los dos y Esaú desconfía. Conoce demasiado bien lo calculador y manipulador que es Jacob. Por tanto intenta rechazar el obsequio, con todo lo que su aceptación conlleva. Aceptar el obsequio lleva implícita la resolución del conflicto, pero Jacob le había arrebatado la primogenitura y la bendición paternal. A pesar de ello, ahora estos veinte años Esaú venía ejerciendo a todos los efectos como hijo único. ¿Con qué intenciones aparece de repente en escena Jacob?

Llegamos así a la tercera estrategia que emplea Jacob para resolver su conflicto con Esaú. Una vez más Jacob utiliza su capacidad para manipular a Esaú, y sin embargo ahora la está utilizando una y otra vez para resolver el conflicto y no para empeorarlo ni para sacar ventaja.

Le dice: No, te ruego que si ahora he hallado gracia ante tus ojos, tomes el presente de mi mano, porque veo tu rostro como uno ve el rostro de Dios, y favorablemente me has recibido (Gn 33,10 BA).

Con estas palabras, delante de los 400 hombres de Esaú y delante de su propia gente, Jacob se declara incondicionalmente vasallo de Esaú y le acepta como su señor. Emplea las típicas palabras de súplica ante un rey o ante Dios, «Si he hallado gracia ente tus ojos»; y declara expresamente tenerle la misma reverencia que a Dios. Renuncia así explícitamente a la primogenitura y a la bendición de preeminencia que le había pronunciado Isaac. Por mucho que Esaú desconfíe, Jacob le ha vuelto a ganar la partida. No puede rechazar el obsequio y el trato. Si Esaú insistiera en rechazarlo estaría negando que él, en efecto, es tan justo y misericordioso como los dioses, y digno de ser honrado entre los hombres. Dichas estas cosas, si Esaú se negara a aceptar como vasallo a Jacob, perdería el respeto de sus otros aliados, incluso —peligrosamente— los cuatrocientos hombres que le han acompañado hasta aquí. Y además, por otra parte, Jacob le ha hecho una restauración total, devolviéndole todo lo que le había quitado. El motivo del conflicto ha desaparecido.

Una vez más esta familia ha conseguido resolver pacíficamente sus conflictos. Pero en este caso, el más peligroso de todos los conflictos que hemos visto, el que más a punto estuvo de estallar en violencia fratricida, esa resolución se debe expresamente a que uno de los hermanos sufrió la primera experiencia de conversión que relata la Biblia: un encuentro profundamente transformador con Dios.

Resumiendo:

1. De la historia de Abram y Lot aprendemos que la mejor resolución de conflictos es la que es precoz, en cuanto aparece el problema; y donde no hay vencedores ni vencidos sino que todos salen ganando.

2. De la historia de Hagar y Sara aprendimos cuatro cosas: (a) que hay conflictos tan complicados —especialmente donde hay desigualdad y abusos de poder— cuya única resolución posible es la ruptura, la distancia, el divorcio: donde cada cual pueda rehacer su vida sin el otro; (b) que cuando el conflicto se debe a desigualdad y a abusos de poder, quien abusaba tendrá que perder su poder para abusar, y quien sufría esos abusos deberá ganar dignidad y autonomía; (c) que existen conflictos que sólo se podrán resolver si intervienen terceras personas que puedan ejercer un papel de intermediación y arbitrio; (d) que si podemos verlo, en estos conflictos Dios está presente, para consolar al que sufre y para ofrecer una oportunidad de maduración a quien hace sufrir.

3. De la historia de Jacob y Labán aprendimos que a veces, antes de poder resolver un conflicto, hace falta que cada una de las partes pueda expresar la verdadera dimensión de su dolor y frustración en la relación; y que a veces, para poder recuperar la confianza mutua hay que pactar ante testigos, incluso ante Dios, las conductas que serán aceptables en el futuro y las que no.

4. De la historia de Jacob y Esaú aprendimos la importancia de saber vulnerarse, abrirse plenamente a quien te puede hacer daño, y también la importancia de restaurar lo que se ha conseguido de mala manera, deshacer lo que estaba mal hecho; pero muy especialmente, aprendimos que a veces sólo podremos resolver nuestros conflictos si permitimos que Dios nos cambie. Con que sólo una de las partes se deje cambiar por Dios, ya hay nuevas esperanzas de paz y reconciliación.

 


1. Conferencia para el Congreso Anabautista del Cono Sur, Uruguay, enero de 2007.

2. Agradezco a Henry Góngora (de Bogotá, Colombia), que en el debate posterior a mi presentación de esta conferencia, sugirió que éste título sería mucho más adecuado que el que le había dado: «Modelos bíblicos de resolución de conflictos». Se confirma así mi confesión de falta de pericia especializada en esta área donde, al parecer, se prefiere hablar de transformación de conflictos.

3. El impulso inicial de esta conferencia se debe a la lectura de David L. Petersen, “Genesis and Family Values,” Journal of Biblical Literature 124, No. 1 (2005), pp. 5-23. Sin embargo he desarrollado el tema a mi propia manera y sería injusto imputar a Petersen los defectos que aquí se encuentren.

4. Aunque aquí no es posible desarrollar esta idea y sus posibles consecuencias a favor de la resolución de uno de los conflictos más terribles de nuestra era, el parentesco estrecho que describe la Biblia entre Israel e Irak (los caldeos), entre Israel y el Líbano (los cananeos), entre Israel y Palestina (los filisteos), entre Israel y Siria (los arameos), entre Israel y Egipto, no debe ser ignorado ni infravalorado. Al contrario, tiene que volver a ser un dato esencial de la identidad de los israelíes y de las naciones a su alrededor. Como decía hace ya casi cuarenta años un amigo mío, cristiano palestino: «El conflicto entre Israel y Palestina es una riña entre primos».

5. Phillis Trible, Texts of Terror: Literary-Feminist Readings of Biblical Narratives (Philadelphia: Fortress, 1984) explora a fondo la relación desigual que hallamos en este, que ella designa como uno de los «textos de terror» que dan lugar al título del libro.

6. He expresado mi opinión sobre el divorcio en Dionisio Byler, “Jesús, divorcio, volver a casarse” (Burgos: autoedición, 1996), que se puede leer en http://www.menonitas.org/publicaciones/divorcio.pdf

 
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