Colección de lecturas
 


PDF El bautismo de creyentes

El bautismo de creyentes
Perspectivas históricas y teológicas [1]
por Juan Driver, 2001

El bautismo en el movimiento anabautista del siglo XVI era un componente fundamental dentro de un contexto mucho más amplio. Si bien es cierto que el Anabautismo fue combatido por las autoridades eclesiásticas y seculares con la pena de muerte, no lo hacían por el mero hecho de rebautizar con agua a personas cristianizadas como niños. Se trataba de una cuestión sumamente más fundamental. Era parte de una lucha popular para restaurar al pueblo común acceso a los medios de la gracia de Dios que se habían concentrado en manos del establecimiento eclesiástico, con su monopolio sacramental y clerical. En el Anabautismo histórico este esfuerzo resultó en una nueva vivencia eclesial —basada en una nueva visión de la vida y misión de la iglesia, enraizada en Jesús y en la comunidad primitiva. Mediante el bautismo se creaba una nueva comunidad profética y alternativa. Los votos bautismales a seguir a Jesús eran una alternativa al juramento de lealtad con que los ciudadanos medievales comprometían su lealtad a las autoridades civiles [2].

Y aconteció que estuvieron reunidos hasta que comenzó el temor y los acometió, más aún: penetró en sus corazones. Entonces comenzaron a doblar la rodilla ante el supremo Dios que está en el cielo, y lo invocaron como a alguien que conoce los corazones, y oraron rogando que les permitiera cumplir su divina voluntad y que les mostrara su misericordia. Porque no fueron la carne y la sangre, ni la petulancia, lo que los impulsó; ellos sabían muy bien lo que tendrían que soportar y padecer por esto.

Después de la oración, Jorge Cajakob se puso de pie y rogó a Conrado Grebel que por amor a Dios lo bautizara con el verdadero bautismo cristiano, por su fe y su convicción. Y puesto que se prosternó con ese ruego y ese deseo, Conrado lo bautizó, porque a la sazón no había otro ministro ordenado (verordneter) que pudiera cumplir esa función [3]. Cuando eso hubo ocurrido, los demás expresaron también su deseo. Y así se consagraron juntos, con gran temor de Dios, al nombre del Señor. Uno confirmó (bestätet) al otro en el servicio del Evangelio y comenzaron a enseñar la fe y a sostenerla [4].

Esta descripción del primer bautismo proviene de La Crónica de las comunidades huterianas de Moravia, probablemente basada en la memoria de uno de sus protagonistas, Jorge Blaurock, y fue escrita hacia 1565, unos 40 años después del evento. Es la interpretación más antigua que poseemos y nos ayuda a ver cómo este acto de obediencia a su Señor (y de desobediencia civil) fue comprendido en el Anabautismo primitivo. El documento incluye su apreciación de la obra reformista de Lutero y Zuinglio y en ese contexto nos ayuda a comprender su perspectiva sobre las implicaciones sociales y eclesiales de este paso de fe.

Pero ambos (Lutero y Zuinglio) bautizaban infantes y dejaban de lado el verdadero bautismo de Cristo, que trae consigo la cruz, seguían al Papa en el bautismo de infantes, conservaban de él la hez, la levadura y la causa de todo el mal, más aún, la entrada y la puerta al falso cristianismo. Lo hacían a pesar de que se apartaban del Papa en otras cosas y a pesar de que éste había dejado de lado las Sagradas Escrituras en lo que se refería de infantes, en la misma medida en que lo había hecho respecto al purgatorio, la misa, ... y cosas semejantes [5].

La interpretación de la crónica huteriana, casi nos da la impresión que el paso que condujo a este primer bautismo se dio espontáneamente en un momento de peligro y sin mucha reflexión anterior. Si bien es cierto que el momento fue crítico, en realidad este paso no fue el resultado de un mero impulso pasajero. Se cuestionaban radicalmente las bases político-religiosas mismas de la cristiandad, cosa que los reformadores no estaban dispuestos a hacer. Fue una etapa decisiva en un proceso extenso de reflexión y de obediencia en su seguimiento de Jesús y formaba parte de un contexto mucho más amplio.

I. Contexto histórico del anabautismo

Andrés Carlstadt, uno de los colaboradores de Lutero, pero mucho más radical que su colega, unos tres años antes había comenzado a pensar en el bautismo como rito de incorporación a la comunidad de fe y suprimió la práctica de bautizar a los infantes. Y Tomás Müntzer, otro radical en tierras luteranas, acompañado por otros líderes en Zwickau, donde era pastor, también llegó a opinar que los niños no debieran ser bautizados, basándose en Marcos 16:16: «El que creyere y fuere bautizado se salvará». Aunque no por eso, comenzaron a rebautizar a adultos.

Esto nos ayuda a entender por qué Conrado Grebel y seis hombres más del grupo zuingliano radical en Zurich le escribirían en setiembre de 1524 una carta identificándose como «tus hermanos y siete nuevos jóvenes» (Müntzer contra Lutero) [6]. En la misma carta este grupo de colaboradores de Zuinglio articuló por primera vez, que sepamos, su interpretación del significado del bautismo.

En lo que se refiere al bautismo ... entendemos que ni siquiera un adulto debería ser bautizado sin la Regla de Cristo, del atar y desatar. Las Escrituras nos dicen que el bautismo significa que por la fe y la sangre de Cristo, son lavados los pecados del bautizado; significa que uno está y debe estar muerto para el pecado, que se ha adquirido una nueva vida y un nuevo espíritu y que será salvo con certeza, si por el bautismo interior se vive de acuerdo con el verdadero sentido de la fe. El agua no reafirma y aumenta, pues, la fe, como afirman los eruditos de Wittenberg; ... Tampoco proporciona la salvación [7].

Aparentemente el principal significado de este acto no se hallaba en el bautismoen sí, sino en la creación de una nueva clase de iglesia, una comunidad concreta y libre, independiente de la autoridad civil para su establecimiento, en que los miembros se comprometen mutuamente a dar y recibir consejo fraternal en su seguimiento de Cristo. Además, el simbolismo del lavamiento solo tiene sentido en cuanto la realidad espiritual y moral simbolizada en, «el andar en novedad de vida», también esté presente.

En las discusiones sobre el bautismo con Zuinglio y las autoridades también era importante para los radicales su concepto del orden bíblico: proclamación, fe, bautismo en agua y discipulado. Este argumento llegaría a compartirse entre prácticamente todos los grupos anabautistas del siglo XVI. Además, Grebel por su parte, enfatizaba el protagonismo del Espíritu de Dios en la creación de una fe auténtica como paso previo al bautismo en agua. Entre los textos «favoritas» de Grebel están ejemplos en Los Hechos de los Apóstoles que muestran la estrecha relación entre un «bautismo interior del Espíritu» capaz de producir una «fe venida del cielo» y el bautismo en agua [8].

La sublevación campesina que sacudió a estas tierras estalló en junio de 1524, unos seis meses antes del primer bautismo anabautista en Zurich, en las cercanías de Schaffhausen, en la Selva Negra en el extremo suroeste de Alemania. Para entonces Baltasar Hubmaier era el párroco católico en la ciudad de Waldshut y durante los últimos cuatro meses de 1524 se vió obligado a refugiarse en Schaffhausen. Desde el verano de 1522, cuando había empezado a leer los escritos de Martín Lutero, Hubmaier comenzó un itinerario espiritual que le llevaría finalmente al seno del Anabautismo naciente. Hubmaier jugó un papel principal en la redacción de los «Doce Artículos» de los campesinos cuyos primeros dos artículos decían: «que la comunidad entera tenga el derecho de elegir y nombrar a su pastor, ... El pastor así llamado debe enseñarnos el evangelio puro y simple, sin añadir doctrina u ordenanza humana. ... Estamos dispuestos a pagar el diezmo justo ... a usarse entre los Suyos ... para distribución al pastor y su familia ... Y lo que queda se repartirá entre los pobres» [9], en lugar de engrosar el tesoro de la Iglesias establecida. En los artículos restantes reclamaban la justicia social para el pueblo común que las provisiones de la antigua ley común les garantizaban. Esto representaba un claro desafío ante la autoridad establecida en nombre de una comunidad de fe libre de los controles eclesiásticos y civiles de la cristiandad.

Anteriormente, en 1523 en las cercanías de Zurich, los campesinos, también, inspirados en la predicación de Zuinglio basada en los Evangelios, pidieron la eliminación de las cargas impositivas injustas y diezmos a que fueron sometidos. El pedido fue rechazado sin más por el consejo municipal. Luego se dio paso a discusiones entre Zuinglio y sus seguidores en torno a la celebración de la eucaristía. Pero en 1524 el tema bajo discusión llegó a ser el bautismo de infantes. En este caso, al igual que en los anteriores, la agenda escondida tenía que ver realmente con el carácter y ejercicio de la autoridad espiritual. ¿Seguiría en manos de un élite eclesiástico-secular, o sería restaurada a un pueblo creyente?

Desde principios del año 1524, dos sacerdotes de Zurich, Wilhelm Reublin y Johanes Brötli habían comenzado a predicar en contra de la práctica del bautismo de infantes, rehusando bautizar a los recién nacidos en sus parroquias, sin el permiso previo de las autoridades. El consejo municipal de Zurich empezaba a experimentar dificultades en sus esfuerzos por mantener la uniformidad religiosa en la región, ante la resistencia creciente de la población en las aldeas rurales. Así que, nada pudo hacerse para evitar que la actividad de los sacerdotes disidentes continuara durante todo el verano.

Mientras tanto, la agitación social suscitada por la suspensión de los bautismos de infantes siguió creciendo hasta que el consejo municipal ordenó la resolución del conflicto entre Zuinglio y sus seguidores. Tras un par de intentos fallidos, en que los argumentos de los que se oponían al bautismo de infantes sólo sirvieron para consolidar aún más la opinión popular que respaldaba a los disidentes, Zuinglio tomó la iniciativa para terminar estos esfuerzos de mediación, diciendo, «que sería no sólo imprudente, sino en verdad peligroso, tener más discusiones con ellos» [10].

El consejo dictaminó el 18 de enero de 1525 que todos los niños no bautizados (incluyendo la hija de Grebel) debieran ser bautizados dentro de un plazo de ocho días, y que los padres que rehusaban cumplir con esta ordenanza municipal serían desterrados. Tres días después, los extranjeros, Reublin, Haetzer, Brötli y Castelberger fueron expulsados de la ciudad. Grebel y Mantz fueron ordenados a desistir de las «escuelas» que provocaban tanta «agitación». En realidad estas «escuelas» eran reuniones vespertinas celebradas en los hogares de los interesados en que lectores solían leer la Biblia y los participantes intercambiaban opiniones sobre lo leído. Y es muy probable que también celebraban la cena del Señor en estas reuniones caseras.

El 21 de enero de 1525, a pesar del edicto del consejo municipal, los disidentes se reunieron en una «escuela» en la casa de Felix Mantz, como habían hecho en muchas ocasiones anteriores, para orar y buscar la dirección de Dios en esta nueva y angustiosa encrucijada en que se encontraban. Los detalles están en el relato del cronista huteriano.

Según la interpretación del cronista, este bautismo era una especie de comisión a emprender una misión evangelizadora. A pesar de oposición oficial tenaz y la restauración de la pena de muerte por re-bautizar [11], dentro de seis meses establecieron grupos de Anabautistas a través de buena parte de la confederación suiza y en el sur de Alemania. Al día siguiente, Brötli, bajo sentencia de expulsión, bautizó en las afueras de Zurich a la vista de todos, a un nuevo creyente, rociándole con agua sacada de un charco. En el curso de la semana siguiente en una aldea a ocho kilómetros de Zurich, Grebel, Blaurock y Mantz bautizaron a unos 35 creyentes entre los pequeños agricultores de la zona, con sus esposas y peones.

Reublin y Brötli caminaron unos 30 kilometros al norte a Waldshut y Schaffhausen, centros de agitación campesina, donde el párroco, Baltazar Hubmaier, ya bajo la influencia de la visión reformista de Lutero y Zuinglio, mostraba solidaridad con la causa de los campesinos y simpatías con el círculo radical zuingliano. El 15 de abril (Sábado de Gloria) Reublin bautizó a Hubmaier, junto con unos 60 de sus feligreses. Y al día siguiente, el Domingo de Resurrección, Hubmaier bautizó a unos 300 miembros de su congregación en base a su profesión de fe, con agua sacada del pozo de la plaza del pueblo. Con el tiempo la mayor parte de los ciudadanos de Waldshut, incluyendo el consejo municipal, recibieron el bautismo en manos de Hubmaier, quien, luego, se convertiría en uno de los principales voceros y apologistas del movimiento radical y del bautismo de creyentes en particular.

Mientras tanto, Reublin y Brötli fueron recibidos como pastores en el pueblo cercano de Hallau donde seguían predicando y bautizando con plena libertad. Cuando las autoridades les amenazaron con detención, fueron defendidos por simpatizantes con la causa campesina. La ciudad de Schaffhausen por poco llegaría a reconocer el bautismo de adultos como su posición oficial. Y al extenderse la misión evangelizadora anabautista hacia el este y el sur notamos la misma convergencia entre los primitivos Anabautistas y los campesinos. Así que, el Anabautismo primitivo no era meramente un movimiento sectario de separación del mundo, sino estrechamente relacionado con el más amplio movimiento campesino de reforma social. En los primeros años los centros de mayor crecimiento anabautista en estas tierras se concentrarían en los antiguos focos de resistencia campesina que habían sido aplastados por las fuerzas de las autoridades eclesiásticas y seculares. Allí los campesinos encontrarían nuevo sentido de identidad y oportunidad para realizar su sueños frustrados en las comunidades anabautistas [12].

II. Consecuencias teológicas y eclesiológicas

A. El Bautismo y el Orden Bíblico

Los Anabautistas del siglo XVI asignaban una importancia notable a lo que consideraban ser el «orden bíblico» del bautismo. Un ejemplo es Baltasar Hubmaier que nota en la gran comisión narrada por Mateo y Marcos y en las prácticas de la iglesia primitiva narradas en Los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas [13]el siguiente orden, con alguna variación: (a) la palabra proclamada y oída; (b) una respuesta de fe obediente; (c) bautismo en agua; y (d) seguimiento de Jesús con las obras correspondientes [14]. Esto lo escribió Hubmaier apenas seis meses después de celebrarse el primer bautismo en Zurich en enero de 1525. Este orden caracteriza esencialmente la tradición anabautista-menonita. La proclamación del evangelio y una respuesta obediente de fe se desembocan en el deseo de bautizarse, y así comprometerse a participar en la vida y la misión de la comunidad de fe y a ser discípulos de Jesús.

Pero habría que reconocer que en la tradición menonita posterior no siempre hemos mantenido todos estos elementos en un equilibrio sano. A veces, en nuestros esfuerzos por combatir la teología y las prácticas de las iglesias que bautizan a infantes, hemos subrayado la necesidad de creer con una fe auténtica antes de bautizarse, con tanto énfasis, que este aspecto ha ocupado el centro de nuestra preocupación en menosprecio de los elementos eclesiales, misionales y éticos. Y gracias a influencias culturales y a movimientos de avivamiento y carismáticos, a veces hemos sobrevalorado los aspectos subjetivos e individualistas a costa de las dimensiones objetivas y corporativas del bautismo. Finalmente, influenciados por tendencias protestantes racionalistas, y en debates con movimientos de orientación pentecostal, no hemos siempre tomado en cuenta «el bautismo del Espíritu» venido del cielo y capaz de producir la clase de transformación que necesariamente antecede el bautismo en agua. De modo que, la tradición radical anabautista nos sirve de desafío a los Menonitas modernos, al igual que a otras denominaciones cristianas.

Asignar carácter normativo al orden bíblico del bautismo tiene algunas implicaciones tanto para nuestra teología como para nuestras prácticas bautismales.

1) Esto implica que asignamos importancia normativa a la secuencia temporal con que los relatos bíblicos narran la práctica del bautismo e interpretan su significado. Implica la presencia experimental de una fe activa en la persona que antecede su bautismo, seguida por una participación en la vida y misión de la iglesia y un andar en el camino de Jesús.

2) Tomar en serio el orden bíblico del bautismo también implica asignar autoridad normativa, tanto a las prácticas, como a las palabras neotestamentarias. Por lo tanto, no sólo por su secuencia temporal es normativa esta visión del bautismo, sino también por ser autoritiva la forma que toma en la práctica. Esto significa que debemos evaluar nuestros conceptos y prácticas bautismales por los patrones concretos neotestamentarios.

3) Enfatizar este orden bíblico del bautismo es reconocer que hay una visión global neotestamentario del bautismo. Por ejemplo, hay una serie de imágenes empleadas en el Nuevo Testamento para interpretar el significado teológico del bautismo. Estas incluyen participación en la muerte y resurrección de Jesús, lavamiento de nuestros pecados, regeneración o nuevo nacimiento, revestirse de Cristo, renovados por el Espíritu, ser salvados por el arca, éxodo de esclavitud egipcia, liberación en el contexto de una nueva humanidad. Estas imágenes ayudan a comunicar una visión global del significado del bautismo. Nuestra interpretación del bautismo debe concordar con la visión bíblica de la gracia de Dios, de la fe, de la iglesia, y del seguimiento de Jesús. Por esto cuestionamos prácticas bautismales que no reflejan esta amplia visión bíblica.

4) En este orden bíblico del bautismo las dimensiones «objetivas» y «sujetivas» se mantienen con integridad. Las influencias del pietismo, movimientos de avivamiento, y el individualismo occidental moderno han contribuido a una preocupación exagerada, a veces, por lo sujetivo, en que el individuo y su experiencia ocupan el centro de atención. En el orden bíblico del bautismo se comunica la dimensión «objetiva» en que el bautismo llega a ser vehículo para la comunicación de la gracia de Dios y la persona halla salvación en la comunidad de fe y cumple su misión en su seguimiento de Jesús.

B. El Bautismo como Signo de Salvación y Misión

Aunque Menonitas tradicionalmente han rechazado la visión sacramental del bautismo, toman muy en serio la importancia de las realidades simbolizadas por el bautismo. Los primeros Anabautistas estuvieron dispuestos hasta a morir por el bautismo. No vieron este sacramento como una gracia ex opera operato. Su concepto de gracia fue amplio. Lo entendieron como compromiso solemne y absoluto de lealtad a Jesucristo. En su reinterpretación del significado «sacramental» del bautismo, Marpeck incluyó tanto la dimensión objetiva como la sujetiva. Detrás de la práctica bautismal estaba la comunidad de los regenerados que administraba el bautismo. Por lo tanto, el bautismo era más que un mero rito formal. Al otorgar el bautismo, el pueblo de Dios daba testimonio de su reconocimiento de la presencia de los frutos del Espíritu de Cristo en los que bautizaba [15]. Para Marpeck, el bautismo era un sacramento en el sentido de ser una expresión visible de su compromiso a seguir fielmente a Cristo en su vida y del testimonio de parte de la comunidad de la presencia de signos de este seguimiento. Pero el bautismo es también objetivo en el sentido de ser signo de la iniciativa misericordiosa de Dios. El fruto del bautismo del Espíritu viene de Dios y es signo de su gracia. Aunque esto no siempre ha sido tan claro en algunos momentos de la historia de los menonitas, la tradición anabautista-meno­nita primitiva reconocía que la posibilidad misma de poder volver a Dios en arrepentimiento y fe es una dádiva de la gracia de Dios en Cristo y que el bautismo en agua presupone el bautismo del Espíritu.

Según la tradición anabautista la gracia de Dios no se expresa tan solamente por medio de una declaración forense de perdón, sino en su poder transformador que regenera y renueva a los seres humanos y que un día dará lugar a la creación de «nuevos cielos y nueva tierra». Por esto, los Anabautistas esperaban que la gracia de Dios produjera una transformación visible de carácter y conducta en ellos y comunión restaurada con Dios y con sus semejantes, incluyendo a sus enemigos, en medio de un mundo incrédulo. En esto, los Anabautistas se distinguían, tanto de los Protestantes de su época, como de los Católicos.

En la tradición anabautista, el bautismo simboliza la acción transformadora del Espíritu Santo en el creyente. En el bautismo, el creyente da testimonio de su experiencia de la gracia transformadora de Dios. En el bautismo, la comunidad que la otorga añade su testimonio, confirmando la presencia eficaz y transformadora del Espíritu de Cristo en el nuevo creyente. Y en el bautismo, Dios continuamente reafirma su iniciativa misericordiosa cuyo propósito es salvar y restaurar, no sólo a los seres humanos sino la creación entera.

C. El Bautismo como Incorporación a una Comunidad Misional

Hubo una correspondencia directa entre la práctica anabautista del bautismo y su visión eclesiológica. Su concepto de bautismo conduce con una definición de la iglesia esencialmente misional. Aun antes de secarse el agua bautismal en las cabezas de los participantes en el primer bautismo anabautista en Zurich, se comisionaron (bestätet) unos a otros «en el servicio del evangelio». Esta visión del bautismo como signo de participación de una comunidad de discipulado y de misión no se limitaba a los Hermanos Suizos. Hans Hut, el fogoso evangelista en tierras alemanas, solía bautizar a los creyentes e instruirles en relación con su participación en la iglesia y en su tarea misionera. Esto incluía exhortaciones a obedecer los mandamientos del Señor y a predicar el evangelio. En el rito bautismal estaba incluida la gran comisión con instrucciones a seguir proclamando el evangelio y bautizando [16].

Entre los textos misioneros más citados por los Anabautistas primitivos estaba el Salmo 24:1: «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en el habitan». Esta visión, junto con la gran comisión que Jesús había dado a sus seguidores, era toda la autorización que necesitaban los Anabautistas primitivos para iniciar su misión, aun cuando les fuera prohibida por las autoridades, tanto Protestantes como Católicas. Entre los alegados errores de los Anabautistas estaba ésta: «cualquiera que tenga una fe verdadera puede predicar, aun cuando nadie le haya comisionado para hacerlo: pues Cristo ha dado poder a cada uno de los humanos cuando dijo: Id y predicad a las naciones.» [17]

La iglesia debe la vida misma a la obra del Espíritu del Cristo viviente, que la convoca y la sostiene. Para su existencia no depende del poder político para establecerse. Tampoco depende de bases étnicas, ni familiares, ni nacionales para asegurar su supervivencia.

El bautismo es signo de incorporación en la comunidad de los redimidos que depende del poder del Espíritu Santo para su vida. En esta comunidad las divisiones de familia, de raza, de sexo y de clase son todas superadas y las desavenencias son reconciliadas en el Espíritu de Jesucristo. Por eso la iglesia es una comunidad cualitativamente diferente de todas las demás sociedades humanas. Los poderes seculares generalmente ven en la iglesia una agrupación social más, un aliado que contribuye al bienestar común. La iglesia libre, sin embargo, resiste todo esfuerzo secular por domesticarla.

En la cristiandad tradicional el bautismo asegura la uniformidad religiosa y nacional y tiende a asegurar la continuidad de las estructuras socio-económicas, clasistas y nacionalistas seculares. La existencia de las iglesias establecidas, católicas y protestantes, está garantizada por dinámicas biológicas, sociológicas o políticas. En cambio, la iglesia libre depende de la evangelización, y en último caso, sólo de la gracia de Dios, para su continuidad. No sólo somos salvados por la fe, como insistía Lutero. En la visión anabautista, la iglesia debe su existencia y su supervivencia mismas a la fe, es decir, a la fidelidad de Dios. La iglesia libre es esa comunidad minoritaria y misional que vive y sobrevive por el favor de Dios y a favor del mundo amado por Dios.

Los reformadores, siguiendo a Agustín, decían que la iglesia verdadera era invisible, compuesta de los elegidos conocidos sólo por Dios. Los Anabautistas, sin embargo, con su práctica de bautizar tan solamente a los creyentes, insistían que la iglesia verdadera es una comunidad concreta y visible en el mundo. Pilgram Marpeck fue un escritor anabautista que sacó estas consecuencias eclesiales visibles y corporativas del bautismo. Escribió:

Por lo tanto, todo aquel que quiere ser miembro de la iglesia de Cristo debe entrar por el bautismo, por la fe en Cristo, y debe vivir una nueva vida de obediencia a la Palabra ... En suma, esta es la verdadera iglesia de Cristo, no importa dónde se encuentre en el mundo, ni cuán pocos miembros tenga en el mundo. Ellos viven una vida concreta, eso es, en su bautismo, su enseñanza, en su disciplina, y en la comunión de Cristo, y andan en la justicia y la verdad [18].

Con su visión del bautismo, los Anabautistas valoraron, no sólo la fe del creyente individual, sino también la fe de la comunidad creyente. Por eso insistieron que la fe de la iglesia debe ser tal que invita y anima a las personas para que lleguen a la fe de Jesucristo. La fe de la iglesia antecede y anima a la fe en el individuo, pero no puede tomar su lugar. En contraste, las iglesias que bautizan a los infantes tradicionalmente han justificado la práctica en base a la fe sustituta de la iglesia, esperando que algún día el niño bautizado haga suya esa fe presente en la comunidad que lo bautiza.

En nuestra tradición más reciente, hemos tendido a enfatizar casi unilateralmente las dimensiones personales del bautismo y la fe del individuo que le capacita para recibir el bautismo. Una nueva visión de la iglesia como comunidad misional y del bautismo como iniciación en una comunidad de fe nos conduciría a una nueva apreciación de las dimensiones eclesiológicas de la fe, que son personales y eclesiales. En el bautismo, la fe de la iglesia llegará a ser también la fe de uno.

D. El Bautismo como Compromiso al Discipulado y a Relaciones de Sostén Mutuo

En un momento crítico para el naciente movimiento anabautista sus líderes se reunieron en Schleitheim en la frontera entre Suiza y Alemania y acordaron siete artículos de fe para orientarse. Sobre el bautismo dijeron que:

[El bautismo] debe ser concedido a todos aquellos a quienes se haya enseñado el arrepentimiento y la enmienda de su vida, y crean realmente que sus pecados son borrados por Cristo, y a todos aquellos que desean andar en la resurrección de Cristo y estar sepultados con él en la muerte, para poder resucitar con él; a todos aquellos que, siendo de esta opinión, lo deseen, y lo soliciten de nosotros. ... Nos atendremos a esto con simplicidad y, sin embargo, con firmeza y seguridad [19].

No sólo apuntaba el bautismo a una nueva vida de discipulado sino también era ocasión para comprometerse a ayudar a los hermanos a ser fieles en su seguimiento de Jesús. De hecho, comprometerse al seguimiento de Jesús habrá sido el aspecto más característico del bautismo anabautista. En este contexto podemos entender la importancia que asignaron a la disciplina fraternal.

Varios meses antes de celebrarse los primeros bautismos en Zurich, Conrado Grebel y sus compañeros escribieron lo siguiente a Müntzer.

En lo que se refiere al bautismo ... entendemos que ni siquiera un adulto debería ser bautizado sin la Regla de Cristo, del atar y desatar. Las Escrituras nos dicen que el bautismo significa que por la fe y la sangre de Cristo, son lavados los pecados del bautizado; significa que uno está y debe estar muerto para el pecado, que se ha adquirido una nueva vida y un nuevo espíritu y que será salvo con certeza, si por el bautismo interior se vive de acuerdo con el verdadero sentido de la fe [20].

Baltasar Hubmaier incluyó en su orden de bautismo los votos asumidos por los bautizandos a recibir amonestación fraternal de parte de sus hermanos. «¿Si tú llegaras a pecar y tu hermano lo sepa, le permitirás amonestarte una y dos veces, y la tercera vez delante de la iglesia, y de buena voluntad y obedientemente aceptarás esta amonestación fraternal? Si así fuera, dirás, “Lo haré”.» [21]

Al incluir en el rito bautismal el compromiso serio a practicar una disciplina y sostén mutuos, Hubmaier refleja también su concepto de la iglesia y del pecado. La iglesia se compone de aquellos que han sido perdonados por Cristo y se han comprometido a vivir como discípulos de él. Por lo tanto se adopta la «regla» de Cristo para la corrección mutua de su pueblo. En el bautismo el creyente declara su intención de vivir bajo la «regla» de Cristo. Por eso la autoridad para ejercer la disciplina en la comunidad de Cristo viene del compromiso asumido en el bautismo. En esta comunidad de fe, la gracia de Dios se manifiesta mediante este proceso de perdón y reconciliación. Para los Anabautistas, el bautismo y la disciplina no eran dos realidades eclesiales totalmente distintas. Desafortunadamente, en la iglesia posterior la separación de estas dos prácticas de la iglesia o han conducido a conceptos individualistas del bautismo o a formas legalistas de practicar la disciplina, o a ambos.

La regla de Cristo era vista como la alternativa en la iglesia a las formas coercitivas y violentas de ejercer la disciplina en el ámbito secular. Lejos de ser castigo, la regla del amor de Cristo tiene como meta la restauración del hermano y de la hermana.

El bautismo de los Anabautistas no sólo los comprometía a asumir responsabilidades mutuas en sus relaciones espirituales, sino también en sus relaciones económicas. De acuerdo con el testimonio de una congregación de los Hermanos Suizos en Estrasburgo en el año 1557, se les acostumbraba preguntar a los candidatos para el bautismo: «si en caso de necesidad estarían dispuestos a entregar todas sus posesiones para el servicio de la hermandad y a no desamparar a cualquier miembro en necesidad, si pudieran ayudarle» [22].

Conclusión:

La distancia que nos separa del primer bautismo anabautista del siglo xvi nos permite apreciar aún más su legado. Se destaca lo siguiente:

1) Se vislumbra una nueva clase de iglesia. La iglesia verdadera es una comunidad visible y concreta y libre en ambos sentidos. Libre del control y de la intervención de autoridades seculares y libre en el sentido en que la participación de sus miembros es libre y voluntaria y sin coacción externa.

2) Hay una visión global de la gracia de Dios. La dimensión objetiva de la gracia, al igual de la sujetiva, es simbolizada en el bautismo anabautista.
3) Se abre el panorama a una salvación más holística. Detrás del bautismo anabautista estaba su visión de salvación en términos de rehabilitación personal, en el seguimiento de Jesús en «novedad de vida», y en términos de transformación social, en relaciones socio-económicas caracterizadas por justicia y paz.

4) Hay una apreciación mayor de la dimensión misional de la iglesia. De todas las alternativas reformistas del siglo XVI sólo los radicales recuperaron una visión bíblica y misional capaz de confrontar a las autoridades eclesio-seculares y evangelizar con integridad.

5) Esta misión comunitaria es compartida por todo el pueblo. En su bautismo los miembros son comisionados a la misión evangelizadora, en su sentido más amplio, sin requerir otra ordenación más.

Los Anabautistas primitivos serían la primera comunidad eclesial en más de 1000 años (desde Constantino) en relacionar de manera explícita y estrecha sus votos bautismales y la vocación misional de la iglesia. Y a diferencia de las órdenes misioneras dentro del Catolicismo Romano donde la comisión misional está limitada a los que han recibido «órdenes» de la iglesia, los Anabautistas fueron la primera comunidad eclesial en aplicar la gran comisión a todos los miembros de la comunidad de fe en base a sus votos bautismales.

 


1. Conferencia leída en un acto del Día de la Reforma, en las Facultades de Teología de Asunción del Paraguay.

2. H. Wayne Pipkin, “The Baptismal Theology of Balthasar Hubmaier”, in H. Wayne Pipkin, ed., Essays in Anabaptist Theology, Elkhart, IN: Institute of Mennonite Studies, 1994, p. 102.

3. Debe señalarse que en el grupo había por lo menos cuatro hombres con ordenación sacerdotal: Jorge Blaurock, Guillermo Reublin, Juan Brötli, y Simón Stumpf. El texto implica que todavía no había una persona comisionada para cumplir funciones pastorales en la nueva comunidad en vías de constituirse en Iglesia libre. Además de ser rebautizador, el nuevo movimiento anabautista también era reordenacionista. Su visión de la ordenación, al igual que del bautismo, no era sacramentalista, sino simbólica y guardaba una estrecha relación con la realidad simbolizada. Tanto la ordenación como el bautismo sólo tienen sentido en la contexto de una comunidad de seguidores de Jesús.

4. John Howard Yoder, copilador, Textos escogidos de la Reforma radical, Buenos Aires: Editorial La Aurora, 1976, pp. 150-151.

5. Ibid., p. 149.

6. Ibid., p. 142.

7. Ibid., p. 138

8. C. Arnold Snyder, Anabaptist history and Theology: An Introduction, Kitchener, Ont: Pandora Press, 1995, pp. 54-55.

9. Citados en Juan Driver, La fe en la periferia de la historia: Una historia del pueblo cristiano desde la perspectiva de los movimientos de restauración y reforma radical, Guatemala: Ediciones Semilla-Clara, 1997, pp. 162-163.

10. George H. Williams, La Reforma Radical, México: Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 147.

11. John H. Yoder, Textos escogidos de la Reforma Radical, Buenos Aires: Editorial La Aurora, 1976, p. 151. Para justificar estas medidas represivas extremas se echaba mano del código imperial justiniano, que establecía la pena de muerte para combatir el rebautismo entre los donatistas en Africa del Norte en el siglo V. La ofensa no se consideraba como una simple ofensa religiosa por bautizar, ser bautizado, o por asistir a reuniones anabautistas. Las autoridades consideraban la ofensa como un acto de sedición, una desobediencia a las leyes establecidas o, en el caso de reincidir, perjurio. Así que, una ofensa religiosa se convertía en un delito civil en los ojos del estado.

12. Véase a C. Arnold Snyder, Anabaptist History and Theology, Kitchener, Ont: Pandora Press, 1995, pp. 53-60 y Juan Driver, La fe en la periferia de la historia, Guatemala: Ediciones Semilla-Clara, 1997, pp. 161-166.

13. Los pasajes tratados son: Mateo 28:18ss; Marcos 16:15s; Hechos 2:36ss; 8:4ss; 10:44ss; 16:13ss; 18:8ss; 19:1ss; I Corintios 1:13ss; I Pedro 3:20ss; Hebreos 10:22s. La costumbre de recopilar concordancias de textos que trataban prácticas bautismales en la iglesia primitiva parece haber sido extendida entre los primeros Anabautistas. Cuando Hans Kruisi, líder anabautista de los campesinos en Suiza oriental fue detenido y ejecutado por las autoridades imperiales el 27 de julio de 1525, llevaba consigo una concordancia de textos sobre fe y bautismo preparado por Conrado Grebel. Entre ellos están los siguientes textos tomados de los Hechos de los Apóstoles: 2:38; 8:35-37a; 9:17b-19a; 10:34,44-48; 16:17-34; 19:1b-4a,5; 22:16. Leland Harder, ed., The Sources of Swiss Anabaptism, Scottdale, PA: Herald Press, 1985, pp. 425-428.

14. Hubmaier, “On the Christian Baptism of Believers,” en H. Wayne Pipkin y John H. Yoder, trad. y ed., Balthasar Hubmaier: Theologian of Anabaptism, Scottdale, PA: Herald Press, 1989, pp. 129-136. Observamos un énfasis similar en los escritos de Pilgram Marpeck y Dirk Philips. Véase Marlin E. Miller, Theology for the Church, Elkhart, IN: Institute of Mennonite Studies, 1997, pp. 166-188.

15. Rollin Stely Armour, Anabaptism Baptism: A Representative Study, Scottdale, PA: Herald Press, 1966., p. 140.

16. Franklin H. Littell, The Origins of Sectarian Protestantism: A Study of the Anabaptist View of the Church, New York: The Macmillan Company, 1964, p. 112.

17. Donald F. Durnbaugh, La iglesia de creyentes: Historia y carácter del protestantismo radical, Guatemala: Ediciones Semilla-Clara, 1992, p. 267.

18. William Klassen y Walter Klaassen, trad. y ed., The Writings of Pilgram Marpeck, Scottdale, PA: Herald Press, 1978, p. 300.

19. John H. Yoder, copilador, Textos escogidos de la Reforma Radical, Buenos Aires: Editorial La Aurora, 1976, pp. 158-159.

20. Ibid., p. 138.

21. Hubmaier, “A Form for Water Baptism,” en H. Wayne Pipkin y John H. Yoder, trad. y ed., Balthasar Hubmaier: Theologian of Anabaptism, Scottdale, PA: Herald Press, 1989, p. 389.

22. Donald F. Durnbaugh, La iglesia de creyentes: Historia y carácter del protestantismo radical, Guatemala: Ediciones Semilla-Clara, 1992, p. 307.

 
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